miércoles, 24 de junio de 2015

En un café se vieron por casualidad

 ¿Dónde estás? Geográfica y temporalmente… ¿Por qué acá y no en otro tiempo y espacio? ¿Por qué tus amigos son esos y no otros?

 Pensá un minuto en todo lo que tuvo que pasar para que estés ahí. Una mudanza, un cambio de colegio, un cambio de carrera, una enfermedad, un trabajo… todo eso pudo repercutir directamente en que tu historia hoy sea otra. Elegir un colegio, una universidad o que te hayan contratado en ese lugar hizo que conozcas a un determinado grupo de personas con las que te relacionaste cuya probabilidad de que conozcas de otra forma seguramente era muy baja. Más aún, cualquier actividad que hayas decidido realizar que incluya otras personas seguramente hizo que conozcas gente. Incluso el lugar donde vivís hace que te relaciones con determinadas personas. ¿Qué influencia tiene esto?

 Tus amigos, esos que saben todo de vos, salieron de ahí. Cualquier amigo que tengas “del colegio” está íntimamente relacionado con el hecho de haber ido a dicho colegio. Y así con todo. Y haber ido a ese colegio pudo ser el resultado estadístico más probable o una casualidad. El hecho de que te relaciones con unas personas y no con otras depende de decisiones que tomaron tus padres o tomaste vos basándote en mil vectores distintos. La cuestión es… ¿sos consciente de la cantidad de cosas que tuvieron que pasar para que seas la persona que sos?

 ¿Cómo se conocieron tus viejos? ¿Tus abuelos? ¿Tus bisabuelos? Según los datos de mi blog, 75% de las veces que pasaron por acá fueron desde Argentina. Los argentinos somos en un 51% descendientes de italianos solamente. Nuestros antepasados vinieron al país escapando de la guerra… por lo cual sin guerra no hubiéramos nacido. A eso van mis primeras preguntas… ¿qué tantas cosas ajenas a la decisión de nuestros antepasados interfirieron directamente sobre nuestra propia existencia? Si mañana te casaras con tu pareja actual o cualquier persona que ya conocés de cualquier ámbito, ¿qué tanto tuvo que ver la casualidad con que se hayan conocido?

 Cualquier vínculo que tengas no solamente tiene que ver con el hecho estadísticamente improbable de que hayas nacido (estadísticamente improbable por la acumulación de casualidades que tuvo que haber para que se conozcan y tengan hijos todos tus antepasados) y que hayas estado exactamente en ese lugar y tiempo en el mismo lugar que esa otra persona. También depende de que esa serie de casualidades se hayan acumulado para que la otra persona coincida con vos en ese lugar y momento y la última casualidad que haya hecho que establezcan una primera conversación. Esto se potencia muchísimo si no se trata de algo común como alguien que conociste en el colegio, sino que se trata de alguien que conociste en una parada de colectivo o en una fiesta. Estuviste exactamente ahí y pudiste no haber estado por cientos de buenos motivos.

 O quizás… quizás estoy desvariando. Quizás es cierto eso del hilo rojo, y que estamos destinados a encontrarnos. Me parecen igualmente románticas ambas ideas. Quizás somos el resultado matemático de una infinidad de coincidencias de todo tipo, la respuesta estadística improbable y única entre millones. Quizás somos héroes trágicos, e incluso cuando pretendemos alejarnos del destino que nos es propio nos enfrentamos a él cara a cara. Quizás con esto se piense en un mundo rosado donde el amor une como una telaraña a las personas… pero no es mi visión. Estando destinados a encontrarnos o siendo casualidad, también nos encontramos con gente que nos lastime y nos agobia. Sin embargo… tal vez todos esos hilos (o esas casualidades) nos lleven irremediablemente a la encrucijada de crecer o perecer.

Y debo decir que confío plenamente en la casualidad de haberte conocido. (...) Que no fuiste el amor de mi vida, ni de mis días, ni de mi momento. Pero que te quise, y que te quiero, aunque estemos destinados a no ser.

miércoles, 17 de junio de 2015

Recuerdo que juntos pasamos muy duros momentos

 Amigo... qué palabra. En línea general detesto pronunciarla. Supongo que porque en lo referente a las relaciones hace algunos años siento aversión por los títulos. "Amigo", "mejor amigo", etc. También me pasa con los títulos en la pareja, pero creo que de eso voy a hablar en otro momento.

 ¿Qué es un amigo? Es una pregunta de mierda, porque nadie puede sacar el diccionario del bolsillo (o de la biblioteca) y decir "es esto, esto y esto". A lo sumo podemos acercarnos a una definición pensando en qué tienen en común todas esas personas a las que consideramos amigos. Esa gente que nos es "afín", que sentimos que podemos compartir determinadas cosas.

 Cuando éramos chicos, cualquiera con el que pudiéramos jugar un rato era nuestro amigo: ahí estaba toda la coincidencia que necesitábamos, satisfacía nuestras necesidades. A medida que fuimos creciendo empezamos a escuchar de los grandes eso de que "amigos se cuentan con los dedos de una mano". Probablemente no lo entendimos, porque cualquiera podía ser nuestro amigo, aunque diferenciábamos una relación más cercana con uno o dos, a ese le decíamos "mejor amigo". Hay gente que conserva el mismo desde los 2 años y gente que lo pierde por un motivo u otro, o que gana un hermano de la noche a la mañana por un evento fortuito. Socialmente parece que los años pesaran bastante, ya que también se escucha que "las amistades se construyen con los años". En lo personal creo que en lo referente a las relaciones humanas vale poco el tiempo en relación a las experiencias: una experiencia lo suficientemente fuerte acompañado puede pesar mucho más que años de tibias trivialidades compartidas. Un gesto sincero puede pesar más que unas cuantas bromas durante meses.

 La amistad, como toda relación, creo que se basa en la confianza. ¿Qué clase de amigo es ese en el que no podés confiar? ¿Qué clase de amigo es alguien con quien no podés darte la libertad de ser vos mismo? Si no se confía nada se puede construir, porque no vale la pena construir nada; todo tiene la estabilidad de un castillo de naipes, ante cualquier dificultad por mínima que sea todo se vendría abajo. Será por eso que hay “códigos” establecidos. Mi viejo decía “códigos tienen los mafiosos, los decentes tienen valores”. Algo de razón tendría, porque en esta sociedad que dejó los valores guardados en la guantera solamente de códigos se habla.

 ¿Por qué códigos? Quizás porque en la postmodernidad en la que vivimos, donde todo parece superficial y vago, parecemos no notar qué es lo que puede molestar al otro. Hay cosas que uno creería que no merecen ser aclaradas, pero las pruebas empíricas demuestran lo contrario. Los hombres ya no tienen honor ni palabra, o al menos uno nunca puede fiarse de eso (o quizás soy yo el desconfiado al que le cagaron la cabeza). Los códigos a los que aludimos de forma mecánica tienen que ver con las cosas que pensamos o sabemos que pueden molestar a ese amigo. Amigo al que se supone que queremos, y que no queremos ni molestar ni lastimar.

 Sin embargo, (y tratando de sacudirle la tristeza a mis párrafos) hay quienes no necesitan ni códigos ni aclaraciones, que comparten nuestra felicidad y nuestra angustia con la misma fidelidad. Hay quienes con pocas palabras o con ninguna, con señales de humo o con el mínimo gesto están ahí y entienden qué nos pasa. Hay quienes, aún desde su imposibilidad de sostenerse a sí mismos, prestan el hombro para sostenerlo a uno. Hay quienes realmente sufren cuando no encuentran la forma de calmar nuestro dolor. Quizás se trate un poco de todo eso, quizás sea algo mucho más profundo. En cualquier caso, agradezco que estén ahí.


Es bueno haber tenido un amigo, aún si vamos a morir.

martes, 26 de mayo de 2015

El maldito amor que tanto miedo da

 Sería difícil incluso calcular cuántas veces pude haber oído o leído que el amor nos hace idiotas, que el hecho de enamorarse hace que nos pongamos tontos. Yo no sé si nos hace idiotas o no, pero, al menos al principio, nos hace mentirosos. No de forma consciente (la mayor parte del tiempo) pero sí sistemática, no sólo a la persona que nos atrae sino también al resto, y hasta a nosotros mismos.

 Conocemos a alguien (o al menos eso creemos) que de pronto, por un motivo u otro, llama nuestra atención. Destaca entre el resto por tener esas características que tanto nos gustan, que tanto nos conmueven, que tanto nos atrapan. Características que no son tan comunes de ver en conjunto (o viviríamos enamorados de todo lo que se mueve). Averiguamos lo que podemos sobre los gustos de esa persona para descubrir que tenemos muchas cosas en común o bien que no son tantas. Esto es en gran medida indistinto, puesto que nuestra psicología muchas veces anula el pensamiento emergente de “no es para vos” porque, nos guste reconocerlo o no, enamorarse o al menos “engancharse” es un sentimiento agradable.

 Comienza una carrera entonces para intentar generar en esa persona lo que nos generó a nosotros. Y ahí es donde empiezan las mentiras exactamente (hacia el resto, porque hacia uno ya empezaron hace rato). En ese momento alterás de forma consciente o inconsciente tu forma de actuar, de hablar y de ser con respecto a esa persona. Incluso te mentís de nuevo pensando que no tiene relación una cosa con la otra, y que te hubieras comportado de la misma forma si no te gustara. Tirás por la ventana todas las veces que dijiste a tus amigos que tenían que ser ellos mismos, porque vos dejás de serlo. Empezás a hacer todo en función de seducir a la persona que te llamó tanto la atención.

 Somos contradictorios: por un lado pretendemos que nos quieran como somos, sentirnos apreciados en nuestras virtudes y defectos, sentirnos libres de ser nosotros mismos y por el otro pretendemos ser alguien más para agradarle a otra persona. Persona que a su vez ansiamos querer también con sus virtudes y defectos, y que queremos que con nosotros se sienta libre de ser exactamente quien quiere ser. Porque si el amor existe está ahí, en la libertad de ser débiles y la confianza de que el otro no se aproveche de esa debilidad. Entonces… ¿por qué tanto miedo? ¿Por qué pensamos que esa persona que tenemos enfrente debe ser la indicada si no pensamos que pueda querernos con nuestros ángeles y nuestros demonios?

 A todo esto sumémosle el cóctel de nuestros traumas. Esas relaciones pasadas que no funcionaron por distintos motivos. Algunos muy puntuales y otros bastante comunes. Algunos de los que aprendimos y otros que quizás después de un tiempo todavía no entendimos bien qué pasó. Esto, independientemente de que a veces nos pone tristes, también contribuye a la serie de miedos que te afectan cuando querés impresionar a la otra persona. La propia inseguridad que hace querer aparentar ser alguien “más perfecto” es la misma que nos perturba cada vez que algo no sale como esperamos. Y la que posteriormente se transforma en celos. Pero no te engañes, los celos no son culpa de lo que hace la otra persona, son culpa de tu inseguridad. Se supone que, como mínimo, si querés a alguien confiás. Si no confiás… si no podés confiar… ¿qué sentido tiene? ¿Qué amor hay ahí? Amor no es poseer, como si de un muñeco se tratara. Lo peor es la profecía autocumplida: esa misma inseguridad de pensar que la relación se va a acabar por un motivo hace que se derrumbe como un castillo de naipes por otro. Si no podés confiar en que la persona que tenés al lado se va a quedar aunque pestañees un segundo… ¿cuánto amor confiás que tiene? ¿Está con vos porque vos te ocupás de retener en vez de estar por propia voluntad?

 Animarse a amar, e incluso a querer, es animarse a darle a alguien más la posibilidad de que te rompa. Y lo sabés bien, porque más de una vez terminaste roto. Pero lo volvés a intentar, nuevamente… con la esperanza de que alguna vez valga la pena (o más bien valga la alegría).


Don't be afraid, it's only love. Love is simple.

jueves, 14 de mayo de 2015

Estuve ciego, sordo, mudo y tan lejos de la verdad

 Siempre pensé que pretender que una persona de 17 o 18 años sepa a qué se quiere dedicar durante los siguientes 40 años corresponde a un pensamiento un poco psicópata. No sólo estamos hablando de personas que no alcanzaron la adultez, sino de personas que un año atrás les costó decidir entre una empresa de viajes y otra y entre boliches para su fiesta de egresados. Y eso no está mal. Pero ¿por qué alguien que conoce apenas las materias del secundario y el relato de algunos profesionales sabría cuál es su vocación?

 Siempre uno de mis mayores miedos fue llegar a los 60 con la certeza de que mi vida laboral fue una mierda, algo que no disfruté nunca, independientemente del éxito (o no éxito) monetario. Ahora los profesores (algunos al menos) dedican horas de sus clases a la casándrica* tarea de decirle a sus alumnos que pueden equivocarse al elegir la carrera y después corregirse, o que no tienen que elegir pensando en plata. Los alumnos, como los perritos que están en algunos autos, agitan la cabeza de forma autómata, pero los miedos siguen ahí. Que si esto está bueno, que si convence a mis viejos, que si me va a dar de comer.

 Lo bueno es que en muchos casos la experiencia te convence de que tenían razón. En algún momento te cae la ficha de que laburar en un cubículo de 2x2 en algo que odiás para ganar plata con la que sobrevivir un mes más en el que vas a seguir laburando en algo que odiás es bastante irracional. Y en algún otro te cae la ficha de que el planeta no se detuvo por ningún recursante ni por ninguno de 20, 25 o 30 que empieza una carrera. De hecho al mundo le chupa un sobrado huevo. Lo peor que te puede pasar al respecto es que a tu alrededor sean todos pendejos que, recién salidos del secundario (o casi) ponen a prueba tu paciencia todo el tiempo. En ese caso, buena suerte.

 Por otro lado están tus viejos, a los que se puede separar fácilmente en dos categorías: los que te apoyan en lo que se te ocurra que quieras estudiar y los que te dicen “esto no”. Claramente en una división así de arbitraria caben tantos grises como padres, pero a efectos prácticos me viene bien. El primer grupo no merece mucho análisis ni produce (en general) muchas dificultades al casi-adulto. El segundo… es complicado. Obviando el extremo de “vas a estudiar lo mismo que yo” (caso en el que te recomendaría mudarte) suelen hablar de “carreras serias” y plata. A riesgo de ser una mala influencia para mi eventual lector, voy a darte un consejo que a mí me hubiera sido útil: no los escuches. ¿Por qué? Mirá a la mayoría de las personas de entre 40 y 60 años… ¿se ven felices? Muchos de ellos son los que nos gobiernan… ¿confiás en ellos? Son una generación frustrada, que en muchos casos estudiaron (si pudieron hacerlo) lo que estudió papá o lo que papá y mamá quisieron que estudien. Incluso obviando todo esto hay un hecho ineludible: lo que elijas lo vas a estudiar y laburar vos, no ellos. Vos vas a dedicar las próximas cuatro décadas de tu vida a lo que sea que elijas. Ojo, no lo hacen “de malos”, quieren tu bien. Piensan realmente que eso es lo que corresponde, lo que está bien, las “carreras serias” y la plata segura. No quieren que te cagues de hambre porque te quieren, y eso está bien. Simplemente el mundo dio varias vueltas y el paradigma (gracias a Dios) cambió bastante.

 En lo referente al trabajo, no lo hagas por plata si no la necesitás (si no la necesitás para comer, no para comprarte todo el local de Kevingston). Conviene siempre trabajar en algo en lo que puedas aprender más que en algo en lo que te paguen muy bien. Aprovechá mientras no te tengas que mantener (si tenés esa suerte) y buscá un laburo que tenga que ver con lo que querés ser en la vida. Salvo que tu meta en la vida sea ser dueño de una cadena de comida rápida, laburar en ese rubro lo único que va a darte es plata. Decime hippie si querés, pero no creo que tardes mucho en darte cuenta de que podés hacer cosas mejores con ese tiempo.

 Siempre pensé que la vocación tiene que ver con la misión que uno tiene, el motivo por el que estamos acá. ¿Qué te motiva? ¿Qué te hace único? ¿Qué te apasiona? Si la vocación que elegiste no te ayuda directamente a cumplir tu mayor sueño… ¿qué clase de vocación es? Si el trabajo que estás haciendo no te hace crecer como profesional ni como ser humano ni te acerca a la persona que querés ser ¿por qué lo hacés? ¿Realmente estás dispuesto a sacrificar tus horas de vida en un trabajo para que te den un sueldo con el cual sobrevivir un mes más… odiándote? ¿No tenés los pantalones para arriesgarte a ser feliz?

 Yo egresé en el 2012 con la idea frustrada de ser locutor (frustrada por algún profesor, algunos amigos y los médicos que postergaron una operación que me permitiera respirar mejor) y con la idea de que ser ingeniero era algo que me iba a gustar (porque siempre fui bueno con los números) y me iba a dar una salida laboral segura (porque hay pocos). Pasé el ingreso de la UTN con bastante facilidad y entré en Ingeniería Mecánica. El primer año normal, metí 5 de 8 materias y ya algo me decía que no era para mí. Empecé el segundo año y antes de llegar a la mitad estaba convencido. Fui a un psicólogo en busca de orientación vocacional… y entre varias características descubrí que el periodismo podía ser lo que buscaba. Empecé este año… y me encanta. Realmente creo que puede ser mi profesión, disfruto haciendo cada trabajo. Me publicaron dos notas: Flor de reclamo ( http://www.diariopublicable.com/s…/3639-flor-de-reclamo.html) y "El FpV se está disolviendo en sus propias internas" (http://www.diariopublicable.com/politica/3629-el-fpv-se-esta-disolviendo-en-sus-propias-internas.html), ambas con experiencias increíbles de por medio. Y lo llamativo del asunto es que no podría haber estudiado periodismo apenas salí del secundario, porque era otra persona. Tenía una personalidad distinta. Tenía que equivocarme previamente para tener ese tiempo de madurar algunos aspectos que ahora me hacen la diferencia a la hora de enfrentarme a distintas cosas. No siento haber perdido el tiempo. Lo hubiera perdido de seguir estudiando ingeniería para vivir una vida de hacer algo que no disfruto. En cierta medida salvé mi vida (dándome la oportunidad de que valga la pena).

Serás lo que debas ser, o no serás nada

*Casandra fue sacerdotisa de Apolo, con quien pactó, a cambio de un encuentro carnal, la concesión del don de la profecía. Sin embargo, lo traicionó y Apolo la maldijo: seguiría teniendo su don, pero nadie creería jamás en sus pronósticos. Tiempo después, ante su anuncio repetido de la inminente caída de Troya, ningún ciudadano dio crédito a sus vaticinios.
Perdón pero el término encajaba tan bien que una vez que se me ocurrió no pude sustituirlo.

jueves, 30 de abril de 2015

Señor, no vaya a confundir la soberbia con la autoestima

 Es difícil hacer algo lo suficientemente bien y no creérsela ni un poco. Puede negarlo cualquiera, pero francamente no le creería. Principalmente porque en esencia no me parece mal, es esperable. Tampoco le creo demasiado al que dice que no le importa nada la mirada del otro. Lejos de parecerme una actitud determinada y madura, me parece de lo más infantil, porque solamente en el otro podemos notar que nos estamos equivocando o que estamos haciendo las cosas bien. Nuestra opinión es la más subjetiva siempre. Maduro me parece hacerle a las opiniones ajenas un merecido análisis para poder sacar lo valioso, lo que realmente ayude a crecer.

 Y entre que te salgan las cosas bien y la mirada ajena, siempre aparece la palabra "figurar". "Este busca figurar", "Este busca fama", "Este quiere que lo miren". ¿Lo correcto entonces sería hacer las cosas mal? "No, lo correcto es no demostrarlo". Quiero ver cómo hacen para hacer cosas que solamente se pueden hacer bien en público (dar el asiento, por ejemplo) o saber si evitan hacer cosas buenas cuando hay alguien delante. ¿Suena un poco tonto, no? Sin embargo nos manejamos así. Creemos que el que hace algo bien, por hacerlo notorio, es malo. Asumimos que su motivación es mala.

 Incluso la religión cristiana inculca "que tu mano derecha no se entere de lo que hace tu mano izquierda". Entiendo perfectamente el sentido porque, en los versículos alrededor, queda muy claro: no es necesario hacer espamento cada vez que cumplís con la ley. La cuestión es que, por un motivo u otro, la gente a la que admiramos en muchos casos es famosa, se hizo famosa por sus actos. Se hizo admirable. Imaginen si Martin Luther King Jr. hubiera pensado "No debería encabezar esto, la gente va a pensar que solamente busco fama". ¿Sigue sonando estúpido? Lo es. Es ridículo que pensemos que la motivación de alguien para todo es llamar la atención. Es subestimar de forma horrible a un ser humano. 

 Pasa todos los días. Cualquier persona famosa que hace algo bueno de forma pública se lo acusa de careta, de querer publicidad. No obstante al ser algo público inspira. Despierta. Nos hace ver que un cambio es posible. Muchas veces nos invita a participar, a hacernos parte. Si alguien reconocido muestra que hace casas para la gente sin techo puede que algunas personas lo vean y piensen "yo también podría hacerlo". Me acuerdo una situación puntual: Escuchando Perros de la Calle un día llamó a la radio alguien de un lugar de residencia contando que el techo de una habitación común (supongamos que el comedor) del lugar (donde vivía mucha gente) se había caído y no podían seguir así. Andy Kusnetzoff se comunicó con una empresa proveedora de materiales de construcción y el dueño (o responsable o encargado, no aplica) simplemente dijo “decime qué necesitás y adónde lo mando”. Sencillo, simple. Van a decirme (y con razón) que con esto se hizo publicidad. Sí, sin duda, pero las cosas llegaron, el problema se resolvió. Es un trato ganar-ganar, y no por ello hay que verlo meramente como publicidad.

 Pero el que nada hace ni nada quiere hacer solamente ve negro. No hace ni pretende dejar que los demás hagan, para no ser puesto en evidencia. Si él hace se nota que yo no hago, entonces mejor que no haga. O mejor aún, manchar lo que hace con una motivación egoísta para dejarlo además mal parado. Y la comodidad se perpetra.

 Hay quienes rehúyen del protagonismo toda la vida, y me parece bien. Hay quienes lo buscan todo el tiempo, y no necesariamente me parece mal. "Ser conocido por trabajo es lo que todos anhelamos, pero la exageración al reconocimiento público tiene más sinsabores que cosas agradables. ¡Vos no podes querer ser famoso! ¡Es como querer ser pelotudo!" dijo Ricardo Darín, seguramente con mucha razón. En una conferencia de prensa con Esteban Lamothe (actor que hace de Alejo en la película Abzurdah) nos contaba que la gente le decía genio hasta que se negaba a sacarse fotos (por motivos muy válidos, como estar tratando de cuidar a su hijo y pasar un rato con él), cuando pasaba a ser un pelotudo engreído. El reconocimiento forma parte de la realización personal, pero la exageración es peligrosa, te expone, te quita humanidad. Parafraseando a Robert Plant, diría que ninguna conversación sobre reconocimiento y una buena acción tiene sentido. Lo hacés y punto, no importa por qué. El mundo no gira por intenciones, y sabe Dios que yo no soy quién para juzgarlas.


La soberbia mira desde más arriba y no llora penas ajenas, en cambio el autoestima se transmite y contagia a cualquier persona buena.

lunes, 27 de abril de 2015

Una amiga me recordó: Lo que hacés lo pagarás

 Está hecho. No tiene vuelta atrás. En parte, sabés que es mejor así. Diste el paso y las consecuencias parecen venir en avalancha. La mayoría las viste venir, pero algunas ni las sospechaste. Para el caso es igual, porque hay que hacerles frente de todas formas. De eso se trata, de ponerle el pecho. 

 A veces toca dar el salto. Llega el punto exacto donde no podés evaluar más posibilidades, no podés tener en cuenta más escenarios, no podés seguir pensando en todo lo que podría o no pasar. Todas esas cosas que te queman la cabeza las tenés que dejar a un costado para avanzar. Y en realidad el momento en el que esto pasa es porque ya no importan las posibilidades, ya no importan los escenarios, ya no importa lo que podría pasar. Lo que te carcome por dentro es mucho más grande y mucho más fuerte que todo eso. No podés seguir así. Llega ese instante en el que o se hace algo o se explota, donde se habla o se calla para siempre. Donde se decide de una vez y para siempre, porque las consecuencias van a cambiar el rumbo de forma definitiva y va a haber algo que ya no va a volver a ser de la misma forma nunca más. 

 Esos momentos los comparo con el momento en el que te ponen los arneses en la montaña rusa. Hiciste una fila de quince minutos, de media hora o de dos y ahí estás, preparado para un viaje que va a inyectar en tu cerebro una dosis soberbia de adrenalina. Y vos sabés que va a ser así y la tensión aumenta antes de que empiece, ya en el momento en el que te sentás. Venís jugadísimo. Es como cuando te subiste al trampolín… no vas a volver a bajar por la escalera que subiste. Esa tensión genera una impaciencia monstruosa, al punto que es preferible terminar con ella avanzando que seguir sufriéndola. Y esperar la reacción que a esa acción sucede. 

 Creo que lo más gratificante de eso es la libertad del instante entre que la tensión de avanzar termina y las consecuencias llegan. Cuando escuchás que los carritos de la montaña rusa empiezan a andar. Ese momento exacto en el que el miedo quedó pintado ante nuestro ataque de valentía y nos entregamos no con resignación sino abrazando lo que pueda llegar. Y solamente podemos hacerlo porque antes soltamos, antes decidimos que la carga era más de la que podíamos seguir sosteniendo. El miedo, la resignación y las ideas que te consumen la cabeza quedaron atrás. Así tenía que ser.

 Siempre estuve en contra de pensar que el fin justifica los medios porque me parece una idea cobarde. Es el ímpetu de no hacerse cargo de los medios utilizados solamente porque consideramos que el fin fue justo. Ya con eso basta para lavarse las manos. En cambio creo que si elegimos un medio tiene que convencernos y tenemos que poder defenderlo. Y, si fue equivocado, asumirlo. Asumir la reacción que nuestra acción provocó. Pero a diferencia de la física, en la vida la reacción no suele ser equivalente y casi nunca es sólo en sentido inverso. Por el contrario, las reacciones o son menores o son exponencialmente mayores y se disparan hacia todos lados. Tus acciones pueden tener repercusiones que no solamente te afecten a vos, sino también a muchas otras personas. Te conviene estar de acuerdo con ellas.

martes, 14 de abril de 2015

Pierdo la vida en una vuelta de ruleta, pierdo la bocha por hacer una de más

 Maldita o bendita costumbre la de siempre apostar una vez más. Bueno, en términos prácticos suena siempre a pérdida insensata, a que se pierde la casa y el auto. Y de hecho muchas veces pasa, muchas veces en vez de gambeteada maestra, de esas que el público recuerda por años, es solamente una de más y el público abuchea y te trata de morfón. Y al igual que en el fútbol, tu público -empezando por vos- es resultadista. Si sale bien sos un maestro, lo bien que hiciste en seguirla porque ibas a demostrar maestría. Si sale mal sos un muerto, te tendrías que haber dado cuenta de que tenías que soltar la pelota antes y tenías más chances.

 Lo bueno es que en la vida la mayoría de las apuestas son equivalentes a usar dinero ficticio. Probás y te tirás a perder todas las fichas que te consumieron más tiempo que plata real. Sí, realmente conseguir una buena cantidad de fichas tiende a consumir mucho tiempo independientemente de si son pagas o no. Lo bueno es que estas apuestas siempre cuentan con un premio consuelo que llaman experiencia. En palabras del Ringo Bonavena, "un peine que te dan cuando te quedaste pelado". Algo de razón lleva, pero puede pasar que te compres una peluca o que veas a alguno que todavía anda con pelo, y alguien lo pueda usar. 

 Y en eso sí que somos expertos, en ignorar la experiencia ajena. Alguien ya se partió la cabeza contra esa pared y vos la mirás y decís “no, pero mi cabeza es más dura”. Un par de puntos y un chichón importante más tarde te das cuenta de que te convendría haber hecho caso. Mi viejo decía “mirá los errores ajenos, que no vas a tener tiempo de cometerlos a todos” en un intento para que yo evite al menos sus equivocaciones. Sin embargo el hecho de cometer los propios errores tiene su magia y su gusto, el aprendizaje es distinto. El problema es que el aprendizaje en esencia sirve para enfrentarse a situaciones del futuro, porque el pasado no se puede cambiar. Si aprendés algo que te costó  lo que ya no vas a recuperar o sobre lo que no vas a volver a enfrentar, de poco te sirve a vos. Capaz es eso lo que nos falta evaluar a la hora de querer cometer nuestros propios errores.

 Lamentablemente tampoco puedo dejar de pensar… ¿Y si es otra pared? ¿Y si me pongo un casco? ¿La varianza va a estar de mi lado? Vivir es arriesgarse constantemente, “el que no arriesga no gana” y si nada pretendés ganar… ¿Qué estás haciendo? Demasiada seguridad anula. Muchos de los grandes inventos de la historia fueron de gente completamente osada. Y muchas de las grandes historias también nacieron de gente osada. Gente que arriesgó su patrimonio, su trabajo e incluso su propia vida. Algunos hasta perdieron todo eso y aún consiguieron el objetivo colectivo. Algunos se perdieron en la historia, y otros la escribieron. Pero sin duda pocos quisieron ser recordados como gente pasiva o cobarde, porque la historia contra ellos no tiene clemencia. 

 ¿Entonces todo es apostar sin fijarse las consecuencias? Yo creo que no. Hablando de póker uno calcula las posibilidades que tiene de ganar a través de un método matemático, y en eso basa su jugada. Eso hace que sea más o menos seguro, pero lo cierto que es que en el momento de la verdad la varianza es la que actúa. Con un porcentaje apenas mayor al 1% se puede ganar y con uno cercano al 90% se puede perder. Y quizás ni siquiera se trate de eso, sino de qué hacer una vez que se hizo all in e incluso con las posibilidades a nuestro favor se falla. Entonces recuerdo a Rudyard Kipling en un poema que alguna vez me llevó a las lágrimas: “Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta, y perder, y comenzar de nuevo por el principio, tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, y lo que es más, serás un hombre, ¡hijo mío!”

No sé si nací para correr, pero quizás nací para apostar