Creo que fue en la secundaria cuando leí Bodas de Sangre, ya no me acuerdo si porque quise o porque me lo mandaron a leer. En las primeras dos páginas plantea (aunque es un tema recurrente en la obra) la fragilidad de los cuerpos, tan expuestos al desastre como si los años que llevan encima no hubieran valido nada. En otro posteo hablo específicamente de cómo esa conciencia me afecta en cuanto a mi propia fragilidad.
Quedamos en vernos a las 8, 8 y cuarto todavía no está. Bueno, siempre llega tarde, no será para tanto. Es una lástima que tampoco atienda al WhatsApp, y que su última conexión haya sido hace más de una hora. ¿Me habré confundido con la dirección? No, acá está, se la dije bien y acá dice que nos encontramos a las 8. Compruebo hasta el día para que el miedo quede en segundo plano un rato más (como otra pestaña en mi navegador cerebral). Sin embargo, lo puedo escuchar susurrarme "che, ¿no le habrá pasado algo?". Primero despacito, la racionalidad controla la pelota porque todo apunta a lo evidente: sólo se le hizo un poco tarde, con esta ciudad de locos es normal. Pero minuto a minuto va ganando más terreno, hasta gritarme en el oído "por favor, que no haya pasado nada". El alma se me escapa de a poco y la desesperación se me traduce en el cuerpo aunque peleo por no sacarla afuera, porque estoy en público. Al final la persona llega, me vuelve el alma al cuerpo y, aunque la puteo un poco, no puedo estar más contento.
Lucho con eso cada vez que me pasa, trato de ser racional, pero conforme pasa el tiempo voy perdiendo la pulseada. Después puedo ser feliz tranquilo, puedo seguir con mi vida y tolerar el sudor frío cuando la calma ya volvió. Me siento un estúpido, dándole valor a un miedo que ya sé que se equivocó muchas veces. Sé que en mayor o en menor medida mi sentimiento se repite todos los días en muchas personas, porque entendemos todos que el mundo es un lugar hostil y entendemos que las personas que amamos, al igual que nosotros, están en un riesgo constante. Admiro mucho a los que pueden mantener la cabeza fría en momentos así, a mí me cuesta en general. Sé lo que es sentir que se te escapa el alma y sentir que te vuelva al cuerpo.
Sé también que, atrás de cada uno de nosotros que putea y que abraza mientras agradece que su mundo sigue bien, hay gente que el sentimiento de calma no les llega nunca. Personas que no aparecieron ni 8 y media, ni a las 9, ni a las 11. Personas que quedaron plantadas para siempre en una esquina, aunque después hayan ido a otra parte. El alma no les volvió, se quedó pululando en busca del otro, como el perro Hachiko en la estación del tren. Lo terrible del miedo es que a veces no se equivoca.
martes, 22 de mayo de 2018
martes, 8 de mayo de 2018
No saber por dónde empezar
"Ok, vamos a sentarnos a escribir. Voy a escribir sobre... ¿qué? Bueno, pensemos. ¿Esto? No, no me convence. ¿Esto otro? No. Esto, dale. ¿Cómo empiezo? No, así no. Así. ¿Y ahora cómo sigo? No, lo dejo a un costado. Empiezo con otra cosa..."
Si no me equivoco es Stephen King el que dice que hay que escribir dos mil palabras por día, de lo que sea. No sorprende que tenga alrededor de 60 novelas escritas, sin contar colecciones de relatos. La mayoría de los que hablan sobre el oficio de escribir comparten, sin embargo, en que hay que escribir para aflojar la mano. Son pocas las veces que puedo evitar la secuencia de no saber por dónde carajo empezar. Tengo problemas con la hoja en blanco, pero tengo más problemas aún con seguir sin saber dónde voy a terminar o por dónde quiero pasar.
Hoy se me ocurrió la brillante idea de revisar cosas viejas que hubiera escrito, que hubiera dejado por la mitad a ver si puedo darles una vuelta de tuerca y terminarlas. Resulta que en la computadora guardo cosas que escribo desde los 10 años. Sé que es una boludez juzgar a mi yo de 15 años por las pavadas que escribía, ¿pero mi yo de 18? ¿El de 20? La madre que me parió, leo pedantería a cada párrafo. Leo un estilo que pretende ser épico o interesante desde lo rimbombante de las palabras más que desde el contenido. Me odio un poco.
Siento que no puedo avanzar entre las ideas de mierda. Siento vergüenza, me pregunto si habré avanzado algo aunque sea. Me río de mis propias ocurrencias o motivaciones. Me leo hablándome a mí mismo de otras edades desde una edad que yo tampoco ya tengo. Me veo en opiniones que conservo y en otras que ya no tengo. Me alegro al menos en descubrir la lógica de por qué pensaba de determinada manera y qué me hizo cambiar de opinión (eso me ayuda a perdonarme un poco).
Qué difícil escribir ahora pensando que en dos años me va a dar indigestión leerme. Lo dije hace poco y lo repito: aunque me haga cargo de todo lo que hay en este blog, no me animo a leer los primeros escritos. Tengo terror. No sé si me da más miedo encontrarme en ideas de mierda o en una escritura de mierda. O ambas.
Pensándolo bien, y desde otro lado, también debe ser una cagada mirar para atrás y descubrirse genial. Descubrir que se alcanzó un nivel altísimo, de excelencia. ¿Cómo escribir pensando que ya escribiste lo mejor que podías dar? ¿Qué pasa si no estás ni a tu propia altura? Al final es una suerte que no me pase.
Si no me equivoco es Stephen King el que dice que hay que escribir dos mil palabras por día, de lo que sea. No sorprende que tenga alrededor de 60 novelas escritas, sin contar colecciones de relatos. La mayoría de los que hablan sobre el oficio de escribir comparten, sin embargo, en que hay que escribir para aflojar la mano. Son pocas las veces que puedo evitar la secuencia de no saber por dónde carajo empezar. Tengo problemas con la hoja en blanco, pero tengo más problemas aún con seguir sin saber dónde voy a terminar o por dónde quiero pasar.
Hoy se me ocurrió la brillante idea de revisar cosas viejas que hubiera escrito, que hubiera dejado por la mitad a ver si puedo darles una vuelta de tuerca y terminarlas. Resulta que en la computadora guardo cosas que escribo desde los 10 años. Sé que es una boludez juzgar a mi yo de 15 años por las pavadas que escribía, ¿pero mi yo de 18? ¿El de 20? La madre que me parió, leo pedantería a cada párrafo. Leo un estilo que pretende ser épico o interesante desde lo rimbombante de las palabras más que desde el contenido. Me odio un poco.
Siento que no puedo avanzar entre las ideas de mierda. Siento vergüenza, me pregunto si habré avanzado algo aunque sea. Me río de mis propias ocurrencias o motivaciones. Me leo hablándome a mí mismo de otras edades desde una edad que yo tampoco ya tengo. Me veo en opiniones que conservo y en otras que ya no tengo. Me alegro al menos en descubrir la lógica de por qué pensaba de determinada manera y qué me hizo cambiar de opinión (eso me ayuda a perdonarme un poco).
Qué difícil escribir ahora pensando que en dos años me va a dar indigestión leerme. Lo dije hace poco y lo repito: aunque me haga cargo de todo lo que hay en este blog, no me animo a leer los primeros escritos. Tengo terror. No sé si me da más miedo encontrarme en ideas de mierda o en una escritura de mierda. O ambas.
Pensándolo bien, y desde otro lado, también debe ser una cagada mirar para atrás y descubrirse genial. Descubrir que se alcanzó un nivel altísimo, de excelencia. ¿Cómo escribir pensando que ya escribiste lo mejor que podías dar? ¿Qué pasa si no estás ni a tu propia altura? Al final es una suerte que no me pase.
miércoles, 25 de abril de 2018
Volver en el peor momento
Crucé la puerta y la lluvia empeoró a la vez. Chequeé la hora y ya era tarde. Para colmo, sin un mango para volverme en taxi. Guardé los papeles en la mochila, adentro de una bolsa de plástico para que no se arruinen. Salí a enfrentarme con el agua y esperar el colectivo.
Por suerte vino rápido. Tenía unos veinte minutos para repasar la mentira punto por punto, alguna vez escuché que la clave está en los detalles. Desde que lo aplico no falla. La cuestión, creo yo, es que los detalles vienen bien para cambiar el rumbo de la conversación.
Ok, estuve con los chicos desde que salí del trabajo hasta recién. Jugamos al truco, tomamos birra. Facundo nos contó que quiere cambiar de trabajo y el Chino está saliendo con una amiga de la hermana. Es bueno mechar verdades en el medio, no importa que eso me lo hayan contado por WhatsApp, da fuerza a la historia y previene que alguno de los dos se mande una cagada si los encontramos por la calle. Otra clave es depender sólo de uno mismo.
Si diez minutos pueden cambiarte todo, tres meses ni te cuento. El monoambiente que antes era suyo ahora es nuestro, ahora huele a vainilla, ahora es nuestro lugar y aunque sea más chico que mi habitación entra todo lo nuestro. Ella me espera en casa con la cena lista, porque hoy es jueves y le toca. Yo le llevo una historia para la entrada y un chocolate para el postre.
En el fondo me jode tener que mentirle, porque para colmo soy horrible para disimular mis caras. Si lo sabrá mi ex... me repitió "estás raro" una semana seguida hasta que me ganó por cansancio. Tengo que cambiar de tema rápido y listo.
Entre el beso de bienvenida y el "probá esto" ni se acuerda de preguntarme nada y yo no insisto en contarle tampoco. "Hoy cumplimos dos meses juntos, ¿te acordás? No importa, te entiendo, no te preocupes".Yo me quedo paralizado, intento disimular que sabía, que por eso el chocolate, que estamos grandes para regalarnos cosas por fechas en particular y más aún por cumplir meses. Ella se ríe, me da la razón y un libro que le comenté hace unos días que quiero comprar. "Me hacés muy feliz", me dice. Le digo que ella a mí también. Eso es verdad pero no ayuda.
Volvimos en el peor momento. Los análisis salieron mal, la médica me lo dijo con todo el profesionalismo, como si en las venas tuviera líquido refrigerante. Como si adelante no tuviera un tipo que está camino a morirse y le miente a la novia para disimular que no pasa nada.
Por suerte vino rápido. Tenía unos veinte minutos para repasar la mentira punto por punto, alguna vez escuché que la clave está en los detalles. Desde que lo aplico no falla. La cuestión, creo yo, es que los detalles vienen bien para cambiar el rumbo de la conversación.
Ok, estuve con los chicos desde que salí del trabajo hasta recién. Jugamos al truco, tomamos birra. Facundo nos contó que quiere cambiar de trabajo y el Chino está saliendo con una amiga de la hermana. Es bueno mechar verdades en el medio, no importa que eso me lo hayan contado por WhatsApp, da fuerza a la historia y previene que alguno de los dos se mande una cagada si los encontramos por la calle. Otra clave es depender sólo de uno mismo.
Si diez minutos pueden cambiarte todo, tres meses ni te cuento. El monoambiente que antes era suyo ahora es nuestro, ahora huele a vainilla, ahora es nuestro lugar y aunque sea más chico que mi habitación entra todo lo nuestro. Ella me espera en casa con la cena lista, porque hoy es jueves y le toca. Yo le llevo una historia para la entrada y un chocolate para el postre.
En el fondo me jode tener que mentirle, porque para colmo soy horrible para disimular mis caras. Si lo sabrá mi ex... me repitió "estás raro" una semana seguida hasta que me ganó por cansancio. Tengo que cambiar de tema rápido y listo.
Entre el beso de bienvenida y el "probá esto" ni se acuerda de preguntarme nada y yo no insisto en contarle tampoco. "Hoy cumplimos dos meses juntos, ¿te acordás? No importa, te entiendo, no te preocupes".Yo me quedo paralizado, intento disimular que sabía, que por eso el chocolate, que estamos grandes para regalarnos cosas por fechas en particular y más aún por cumplir meses. Ella se ríe, me da la razón y un libro que le comenté hace unos días que quiero comprar. "Me hacés muy feliz", me dice. Le digo que ella a mí también. Eso es verdad pero no ayuda.
Volvimos en el peor momento. Los análisis salieron mal, la médica me lo dijo con todo el profesionalismo, como si en las venas tuviera líquido refrigerante. Como si adelante no tuviera un tipo que está camino a morirse y le miente a la novia para disimular que no pasa nada.
martes, 17 de abril de 2018
Lo único inevitable
Te vas a morir, antes o después. La conciencia de la muerte es una de las características más identitarias del ser humano. No sólo sabés que puede pasar ante el peligro inminente, lo sabés en cualquier momento en que lo pensás. Es lo único que sabemos que es inevitable: nuestro fin.
Para muchos, cumplir años es sinónimo de estar un año más cerca de morir (más bien es tomar conciencia de ello, a lo sumo). Para otros, entre los que me incluyo, vale la pena el festejo porque implica que sobreviví un año más. Un año más la muerte me pasó por al lado sin tocarme.
Tendría unos quince años cuando alguien contó en una mesa que a un amigo suyo lo encañonaron, le robaron y, cuando ya había entregado todo, lo gatillaron. La bala no salió y los motochorros escaparon. Detengámonos un minuto. La bala no salió. Traten de intuir, activando la empatía, lo que pudieron ser las horas, los días siguientes de ese chico que en ese momento no tendría más de veinte.
La vida es asquerosamente frágil. Muchas zonas vitales están expuestas todo el tiempo. Decimos sin miedo, desafiantes, que mañana un loco toca un botón y desaparecemos todos, pero muy pocas veces medimos qué implica lo que estamos diciendo. Qué implica, por ejemplo, que de golpe y porrazo se caiga una maceta en la cabeza de un desgraciado, y le ponga los proyectos (y los cariños) en pausa eterna.
Una amiga, hace un tiempo, me preguntaba por qué soy tan cariñoso a la hora de saludar. La respuesta es sencilla, porque tengo miedo. Tengo terror de que sea la última vez que nos veamos y lo último que hayas recibido de mí haya sido un beso seco, al pasar, un "saludo general", un movimiento de mano a la distancia. Por eso también estoy contento de verte de nuevo.
Es un miedo de mierda, no te permite ni enojarte. Porque incluso ahora que estoy enojado odiaría que lo último que haya recibido de mí la persona con la que me enojé sea un visto en WhatsApp. Es fija que después de publicar esto le hable, que me trague el orgullo que nunca supe tener, a pesar de que me duela. Porque incluso aunque no me muera mañana, sabiendo que mi fin se acerca cada vez más (tal vez despacio, tal vez rápido) no puedo permitirme estar lejos de los que quiero. Porque nada nos salva de la muerte.
¿Qué nos salvará de la vida? Probablemente cosas como ésta:
viernes, 13 de abril de 2018
Diez minutos de más
Siempre trato de salir diez minutos antes de la oficina, como quien no quiere la cosa. Ojo, que no es maldad ni vagancia, ni esquivar un bulto de último momento. Es el subte. Esos diez minutos hacen la diferencia entre poder sentarme o viajar enlatado. Después queda desear muy muy fuerte que no se suba ninguna embarazada, ningún viejo (la mitad de las veces pasa, igual, y cedo más por culpa que por educación).
Diez minutos no parecen nada, pero cuando lo medís en situaciones así te das cuenta de que te puede cambiar el día. La lluvia es otro ejemplo: si salgo ahora llego seco, si salgo en diez me agarra a traición y llego hecho sopa, a punto caramelo para una gripe. El viernes pasado se me combinó todo: tuve que quedarme diez minutos de más por esos proyectos que nacen hoy pero tienen que estar para ayer y la tormenta se largó cuando había hecho una cuadra.
Me apreté en el vagón con una mezcla a partes iguales de agua y frustración. Al menos el calor humano previno la neumonía los cuarenta minutos hasta que me tocó bajar. Cuando salí lloviznaba un poco, pero ya sin molestar. A la vuelta de mi casa, veinte minutos desfasado de lo convencional, apareció adelante mío con un buzo con capucha que le quedaba grande. Nos despedimos cuando teníamos 16 y estamos al borde de los 23.
Nos vimos a la vez y nos
reconocimos al instante. Fue tan evidente que no pudimos ni hacernos los
boludos y seguir de largo. Creo que a ella hasta se le escapó un gritito, o
capaz fui yo. Ella me reconoció aunque ahora tengo barba y anteojos, yo la
reconocí aunque haya crecido unos centímetros, se haya cortado el pelo y se le
hayan terminado de desarrollar las tetas (o capaz se las hizo, no le pregunté).
Quisimos ensayar un
saludo casual y al paso pero no nos salió. Nos quedamos mirándonos de arriba
abajo. Ella reaccionó primero y amagó a abrazarme mientras me preguntaba "¿cómo estás?", yo reaccioné cuando ya la tenía encima, mientras respondía con el cariño de un autómata. Cuando pude hablar le pregunté qué hacía acá, si se había mudado a la otra punta del país hacía tanto. Resulta que se hartó y se mudó acá a una cuadra, que no tenía idea de que yo me había mudado también desde la provincia, que quería recibirse de diseñadora y allá no era tan fácil.
Habremos pasado unos quince minutos abajo de un techito hasta que nos decidimos por fin a tomar un café en un barcito de la zona. No me animé a invitarla a casa. Nos conocíamos de chicos y habíamos salido unos meses, con ese amor intenso adolescente, pero el trabajo del padre se la llevó a seguir con su vida en otro lado. En ese momento nos pareció una buena idea prometernos no intentar hablar para no sufrirlo más de la cuenta. No supimos más del otro.
Y ahora la tenía enfrente, con el pelo cortito y los mismos ojos curiosos de siempre. Yo, haciendo más esfuerzo por no parecer imbécil que por parecer interesante. No nos insinuamos en ningún momento, no paramos de hablar en ningún momento. Pasamos tres horas hasta que el bar cerró y la acompañé. Nos saludamos con un abrazo e hice las dos cuadras a casa pensando en por qué en ningún momento le conté que llevaba dos años en pareja.
sábado, 31 de marzo de 2018
Segunda temporada
Volví. ¿Por qué? Porque
uno vuelve, tarde o temprano, a todo lo que alguna vez disfrutó. A veces con
resultados interesantes, porque vuelve renovado y con cosas nuevas, a veces con
resultados nefastos porque esas cosas nuevas no vienen bien ni son aceptadas. O
porque el mundo en el que las disfrutamos ya no existe más.
¿Por qué dejé en su
momento? Una mezcla, supongo, entre paja y no tener mucho para decir. O no
tener las formas. O una manía terrible de querer escribir cada vez más en vez
de escribir cada vez mejor. Veneno puro para el que elige formato web.
Tengo miedo de leer lo
que escribí antes y encontrarme con un yo al que golpearía (al menos un
coscorrón). Tarde o temprano igual voy a tener que hacerlo. No obstante, me
hago cargo de todo desde ahora, aunque es probable que ya no piense como el que
era al escribirlo. Empecé el blog siendo alguien que no sabía qué estudiar y
ahora ya estoy recibido y estudiando más cosas. Aunque en el fondo sigo siendo
alguien que no sabe qué (más) estudiar.
¿Qué vas a encontrar acá?
Lo que se me pueda llegar a ocurrir. Periodismo seguro que no, aunque sea el
oficio que elegí. No esperes frases chequeadas ni entrevistas o personajes
reales. Este es mi lugarcito para mentir a gusto y quiero sacarle jugo a eso.
Las verdades las dejo para otros proyectos. Dicho esto, creerme una sola
palabra queda completamente a tu responsabilidad.
Tengo terror a escribir
cosas que podrían poner Stamateas o Bucay en sus escritos, si estás buscando
autoayuda podés seguir de largo. Todo lo que sé sobre ayudarse de verdad a uno
mismo puede resumirse en “dejá de autocompadecerte, imbécil”.
¿Voy a subir
semanalmente? Ni idea. Bienvenidos, de todas formas, a una segunda temporada.
PD: ¿Dejé la decisión de volver a la arbitrariedad de mis seguidores de Twitter? Dejé la decisión de volver a la arbitrariedad de mis seguidores de Twitter.
Tras pensarlo muy brevemente me pregunto si debería volver con el blog— Grego (@GregoCatalan) 24 de marzo de 2018
Mis sinceras disculpas a las 4 personas que votaron que no. Me puse democrático.
lunes, 6 de junio de 2016
No podemos cambiarlos, mejor que no existan más
Originalmente titulado "Las mentes abiertas de América Latina"*
Con unos cuantos debates encima cualquiera puede fácilmente llegar a una comprobación fáctica: todos creemos tener la razón. Puede demostrarse de una forma muy simple. Uno cree tener la razón y al momento de notar el error, la opinión cambia en el acto y se forma otra. El error propio está, entonces, siempre en el pasado y el acierto en el presente.
La máxima aspiración está en aceptar de forma constante la posibilidad de estar incurriendo en una equivocación con todos y cada uno de nuestros razonamientos. Esta duda perpetua puede asociarse con “tener la mente abierta” y es algo de lo que muchos se jactan, principalmente los que esgrimen argumentos liberales o progresistas. Con unos cuantos debates encima cualquiera puede notar que no es más que una fantasía.
“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”, dijo Voltaire alguna vez, uno de los mayores exponentes de la ilustración. Desde entonces, y tal vez desde siempre, quizás haya sido el único en pensar así (y quizás ni siquiera). La frase real versionada por los open-minded del momento diría más algo como “no estoy de acuerdo con lo que dices, así que voy a atribuirte todas las características más nefastas y a gritar hasta que te calles”.
Será que levantar algunas banderas da legitimidad. Hablar de derechos humanos, feminismo y bienestar social por lo que parece da lugar a iniciar una cacería de brujas contra todo aquel que no coincida en absoluto con nuestro discurso. Mientras, los más tímidos se sumergen despacio en la espiral del silencio.
Son realmente llamativos. Defienden la libertad de expresión diciendo “Je suis Charlie” y defendiendo a Revista Barcelona –lo cual está muy bien- pero después se burlan, insultan y hasta agreden a alguien por algo tan íntimo como sus creencias religiosas. “Los hombres creían ser hijos de Dios y el hombre que siente semejante filiación puede llegar a ser siervo, esclavo, pero jamás será un engranaje”, escribió Ernesto Sábato en La Resistencia. La máquina de la intolerancia funciona a plena potencia.
Lector, no sea ingenuo. Usted puede haberse formado durante años y puede tener argumentos muy sólidos tras habérselos cuestionado repetidas veces. Sin embargo, no lo intente. Hágame caso. Es un despropósito intentar debatir con personas que se creen los heraldos de la verdad y en realidad son cazabrujas modernos. Además, ellos tampoco pretenden debatir. He llegado a leer cosas como “es imposible discutir con alguien que no haya leído a (Eduardo) Galeano” entre otros requisitos que había que completar para discutir con otra persona. Permítame el resumen: es imposible discutir con quien no piense igual.
Tal vez se cuestione: “¿las personas paradas en la esquina opuesta del pensamiento no son igual de cerrados?”. En muchos casos, la pregunta no merece respuesta porque se responde sola. Pero, al menos, tienen la decencia de no considerarse abiertas de mente ni hablar de libertad expresión ni derechos. Mantienen cierta coherencia. Incluso cuando uno no piensa igual, cabe destacárselos. Si me permiten valorarles algo, claro, antes de llevarme a la hoguera.
Con unos cuantos debates encima cualquiera puede fácilmente llegar a una comprobación fáctica: todos creemos tener la razón. Puede demostrarse de una forma muy simple. Uno cree tener la razón y al momento de notar el error, la opinión cambia en el acto y se forma otra. El error propio está, entonces, siempre en el pasado y el acierto en el presente.
La máxima aspiración está en aceptar de forma constante la posibilidad de estar incurriendo en una equivocación con todos y cada uno de nuestros razonamientos. Esta duda perpetua puede asociarse con “tener la mente abierta” y es algo de lo que muchos se jactan, principalmente los que esgrimen argumentos liberales o progresistas. Con unos cuantos debates encima cualquiera puede notar que no es más que una fantasía.
“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”, dijo Voltaire alguna vez, uno de los mayores exponentes de la ilustración. Desde entonces, y tal vez desde siempre, quizás haya sido el único en pensar así (y quizás ni siquiera). La frase real versionada por los open-minded del momento diría más algo como “no estoy de acuerdo con lo que dices, así que voy a atribuirte todas las características más nefastas y a gritar hasta que te calles”.
Será que levantar algunas banderas da legitimidad. Hablar de derechos humanos, feminismo y bienestar social por lo que parece da lugar a iniciar una cacería de brujas contra todo aquel que no coincida en absoluto con nuestro discurso. Mientras, los más tímidos se sumergen despacio en la espiral del silencio.
Son realmente llamativos. Defienden la libertad de expresión diciendo “Je suis Charlie” y defendiendo a Revista Barcelona –lo cual está muy bien- pero después se burlan, insultan y hasta agreden a alguien por algo tan íntimo como sus creencias religiosas. “Los hombres creían ser hijos de Dios y el hombre que siente semejante filiación puede llegar a ser siervo, esclavo, pero jamás será un engranaje”, escribió Ernesto Sábato en La Resistencia. La máquina de la intolerancia funciona a plena potencia.
Lector, no sea ingenuo. Usted puede haberse formado durante años y puede tener argumentos muy sólidos tras habérselos cuestionado repetidas veces. Sin embargo, no lo intente. Hágame caso. Es un despropósito intentar debatir con personas que se creen los heraldos de la verdad y en realidad son cazabrujas modernos. Además, ellos tampoco pretenden debatir. He llegado a leer cosas como “es imposible discutir con alguien que no haya leído a (Eduardo) Galeano” entre otros requisitos que había que completar para discutir con otra persona. Permítame el resumen: es imposible discutir con quien no piense igual.
Tal vez se cuestione: “¿las personas paradas en la esquina opuesta del pensamiento no son igual de cerrados?”. En muchos casos, la pregunta no merece respuesta porque se responde sola. Pero, al menos, tienen la decencia de no considerarse abiertas de mente ni hablar de libertad expresión ni derechos. Mantienen cierta coherencia. Incluso cuando uno no piensa igual, cabe destacárselos. Si me permiten valorarles algo, claro, antes de llevarme a la hoguera.
En esta pálida, pibe, los pulpos te aplastarán
*Escrito como parte de un trabajo para una materia.
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