jueves, 30 de abril de 2015

Señor, no vaya a confundir la soberbia con la autoestima

 Es difícil hacer algo lo suficientemente bien y no creérsela ni un poco. Puede negarlo cualquiera, pero francamente no le creería. Principalmente porque en esencia no me parece mal, es esperable. Tampoco le creo demasiado al que dice que no le importa nada la mirada del otro. Lejos de parecerme una actitud determinada y madura, me parece de lo más infantil, porque solamente en el otro podemos notar que nos estamos equivocando o que estamos haciendo las cosas bien. Nuestra opinión es la más subjetiva siempre. Maduro me parece hacerle a las opiniones ajenas un merecido análisis para poder sacar lo valioso, lo que realmente ayude a crecer.

 Y entre que te salgan las cosas bien y la mirada ajena, siempre aparece la palabra "figurar". "Este busca figurar", "Este busca fama", "Este quiere que lo miren". ¿Lo correcto entonces sería hacer las cosas mal? "No, lo correcto es no demostrarlo". Quiero ver cómo hacen para hacer cosas que solamente se pueden hacer bien en público (dar el asiento, por ejemplo) o saber si evitan hacer cosas buenas cuando hay alguien delante. ¿Suena un poco tonto, no? Sin embargo nos manejamos así. Creemos que el que hace algo bien, por hacerlo notorio, es malo. Asumimos que su motivación es mala.

 Incluso la religión cristiana inculca "que tu mano derecha no se entere de lo que hace tu mano izquierda". Entiendo perfectamente el sentido porque, en los versículos alrededor, queda muy claro: no es necesario hacer espamento cada vez que cumplís con la ley. La cuestión es que, por un motivo u otro, la gente a la que admiramos en muchos casos es famosa, se hizo famosa por sus actos. Se hizo admirable. Imaginen si Martin Luther King Jr. hubiera pensado "No debería encabezar esto, la gente va a pensar que solamente busco fama". ¿Sigue sonando estúpido? Lo es. Es ridículo que pensemos que la motivación de alguien para todo es llamar la atención. Es subestimar de forma horrible a un ser humano. 

 Pasa todos los días. Cualquier persona famosa que hace algo bueno de forma pública se lo acusa de careta, de querer publicidad. No obstante al ser algo público inspira. Despierta. Nos hace ver que un cambio es posible. Muchas veces nos invita a participar, a hacernos parte. Si alguien reconocido muestra que hace casas para la gente sin techo puede que algunas personas lo vean y piensen "yo también podría hacerlo". Me acuerdo una situación puntual: Escuchando Perros de la Calle un día llamó a la radio alguien de un lugar de residencia contando que el techo de una habitación común (supongamos que el comedor) del lugar (donde vivía mucha gente) se había caído y no podían seguir así. Andy Kusnetzoff se comunicó con una empresa proveedora de materiales de construcción y el dueño (o responsable o encargado, no aplica) simplemente dijo “decime qué necesitás y adónde lo mando”. Sencillo, simple. Van a decirme (y con razón) que con esto se hizo publicidad. Sí, sin duda, pero las cosas llegaron, el problema se resolvió. Es un trato ganar-ganar, y no por ello hay que verlo meramente como publicidad.

 Pero el que nada hace ni nada quiere hacer solamente ve negro. No hace ni pretende dejar que los demás hagan, para no ser puesto en evidencia. Si él hace se nota que yo no hago, entonces mejor que no haga. O mejor aún, manchar lo que hace con una motivación egoísta para dejarlo además mal parado. Y la comodidad se perpetra.

 Hay quienes rehúyen del protagonismo toda la vida, y me parece bien. Hay quienes lo buscan todo el tiempo, y no necesariamente me parece mal. "Ser conocido por trabajo es lo que todos anhelamos, pero la exageración al reconocimiento público tiene más sinsabores que cosas agradables. ¡Vos no podes querer ser famoso! ¡Es como querer ser pelotudo!" dijo Ricardo Darín, seguramente con mucha razón. En una conferencia de prensa con Esteban Lamothe (actor que hace de Alejo en la película Abzurdah) nos contaba que la gente le decía genio hasta que se negaba a sacarse fotos (por motivos muy válidos, como estar tratando de cuidar a su hijo y pasar un rato con él), cuando pasaba a ser un pelotudo engreído. El reconocimiento forma parte de la realización personal, pero la exageración es peligrosa, te expone, te quita humanidad. Parafraseando a Robert Plant, diría que ninguna conversación sobre reconocimiento y una buena acción tiene sentido. Lo hacés y punto, no importa por qué. El mundo no gira por intenciones, y sabe Dios que yo no soy quién para juzgarlas.


La soberbia mira desde más arriba y no llora penas ajenas, en cambio el autoestima se transmite y contagia a cualquier persona buena.

lunes, 27 de abril de 2015

Una amiga me recordó: Lo que hacés lo pagarás

 Está hecho. No tiene vuelta atrás. En parte, sabés que es mejor así. Diste el paso y las consecuencias parecen venir en avalancha. La mayoría las viste venir, pero algunas ni las sospechaste. Para el caso es igual, porque hay que hacerles frente de todas formas. De eso se trata, de ponerle el pecho. 

 A veces toca dar el salto. Llega el punto exacto donde no podés evaluar más posibilidades, no podés tener en cuenta más escenarios, no podés seguir pensando en todo lo que podría o no pasar. Todas esas cosas que te queman la cabeza las tenés que dejar a un costado para avanzar. Y en realidad el momento en el que esto pasa es porque ya no importan las posibilidades, ya no importan los escenarios, ya no importa lo que podría pasar. Lo que te carcome por dentro es mucho más grande y mucho más fuerte que todo eso. No podés seguir así. Llega ese instante en el que o se hace algo o se explota, donde se habla o se calla para siempre. Donde se decide de una vez y para siempre, porque las consecuencias van a cambiar el rumbo de forma definitiva y va a haber algo que ya no va a volver a ser de la misma forma nunca más. 

 Esos momentos los comparo con el momento en el que te ponen los arneses en la montaña rusa. Hiciste una fila de quince minutos, de media hora o de dos y ahí estás, preparado para un viaje que va a inyectar en tu cerebro una dosis soberbia de adrenalina. Y vos sabés que va a ser así y la tensión aumenta antes de que empiece, ya en el momento en el que te sentás. Venís jugadísimo. Es como cuando te subiste al trampolín… no vas a volver a bajar por la escalera que subiste. Esa tensión genera una impaciencia monstruosa, al punto que es preferible terminar con ella avanzando que seguir sufriéndola. Y esperar la reacción que a esa acción sucede. 

 Creo que lo más gratificante de eso es la libertad del instante entre que la tensión de avanzar termina y las consecuencias llegan. Cuando escuchás que los carritos de la montaña rusa empiezan a andar. Ese momento exacto en el que el miedo quedó pintado ante nuestro ataque de valentía y nos entregamos no con resignación sino abrazando lo que pueda llegar. Y solamente podemos hacerlo porque antes soltamos, antes decidimos que la carga era más de la que podíamos seguir sosteniendo. El miedo, la resignación y las ideas que te consumen la cabeza quedaron atrás. Así tenía que ser.

 Siempre estuve en contra de pensar que el fin justifica los medios porque me parece una idea cobarde. Es el ímpetu de no hacerse cargo de los medios utilizados solamente porque consideramos que el fin fue justo. Ya con eso basta para lavarse las manos. En cambio creo que si elegimos un medio tiene que convencernos y tenemos que poder defenderlo. Y, si fue equivocado, asumirlo. Asumir la reacción que nuestra acción provocó. Pero a diferencia de la física, en la vida la reacción no suele ser equivalente y casi nunca es sólo en sentido inverso. Por el contrario, las reacciones o son menores o son exponencialmente mayores y se disparan hacia todos lados. Tus acciones pueden tener repercusiones que no solamente te afecten a vos, sino también a muchas otras personas. Te conviene estar de acuerdo con ellas.

martes, 14 de abril de 2015

Pierdo la vida en una vuelta de ruleta, pierdo la bocha por hacer una de más

 Maldita o bendita costumbre la de siempre apostar una vez más. Bueno, en términos prácticos suena siempre a pérdida insensata, a que se pierde la casa y el auto. Y de hecho muchas veces pasa, muchas veces en vez de gambeteada maestra, de esas que el público recuerda por años, es solamente una de más y el público abuchea y te trata de morfón. Y al igual que en el fútbol, tu público -empezando por vos- es resultadista. Si sale bien sos un maestro, lo bien que hiciste en seguirla porque ibas a demostrar maestría. Si sale mal sos un muerto, te tendrías que haber dado cuenta de que tenías que soltar la pelota antes y tenías más chances.

 Lo bueno es que en la vida la mayoría de las apuestas son equivalentes a usar dinero ficticio. Probás y te tirás a perder todas las fichas que te consumieron más tiempo que plata real. Sí, realmente conseguir una buena cantidad de fichas tiende a consumir mucho tiempo independientemente de si son pagas o no. Lo bueno es que estas apuestas siempre cuentan con un premio consuelo que llaman experiencia. En palabras del Ringo Bonavena, "un peine que te dan cuando te quedaste pelado". Algo de razón lleva, pero puede pasar que te compres una peluca o que veas a alguno que todavía anda con pelo, y alguien lo pueda usar. 

 Y en eso sí que somos expertos, en ignorar la experiencia ajena. Alguien ya se partió la cabeza contra esa pared y vos la mirás y decís “no, pero mi cabeza es más dura”. Un par de puntos y un chichón importante más tarde te das cuenta de que te convendría haber hecho caso. Mi viejo decía “mirá los errores ajenos, que no vas a tener tiempo de cometerlos a todos” en un intento para que yo evite al menos sus equivocaciones. Sin embargo el hecho de cometer los propios errores tiene su magia y su gusto, el aprendizaje es distinto. El problema es que el aprendizaje en esencia sirve para enfrentarse a situaciones del futuro, porque el pasado no se puede cambiar. Si aprendés algo que te costó  lo que ya no vas a recuperar o sobre lo que no vas a volver a enfrentar, de poco te sirve a vos. Capaz es eso lo que nos falta evaluar a la hora de querer cometer nuestros propios errores.

 Lamentablemente tampoco puedo dejar de pensar… ¿Y si es otra pared? ¿Y si me pongo un casco? ¿La varianza va a estar de mi lado? Vivir es arriesgarse constantemente, “el que no arriesga no gana” y si nada pretendés ganar… ¿Qué estás haciendo? Demasiada seguridad anula. Muchos de los grandes inventos de la historia fueron de gente completamente osada. Y muchas de las grandes historias también nacieron de gente osada. Gente que arriesgó su patrimonio, su trabajo e incluso su propia vida. Algunos hasta perdieron todo eso y aún consiguieron el objetivo colectivo. Algunos se perdieron en la historia, y otros la escribieron. Pero sin duda pocos quisieron ser recordados como gente pasiva o cobarde, porque la historia contra ellos no tiene clemencia. 

 ¿Entonces todo es apostar sin fijarse las consecuencias? Yo creo que no. Hablando de póker uno calcula las posibilidades que tiene de ganar a través de un método matemático, y en eso basa su jugada. Eso hace que sea más o menos seguro, pero lo cierto que es que en el momento de la verdad la varianza es la que actúa. Con un porcentaje apenas mayor al 1% se puede ganar y con uno cercano al 90% se puede perder. Y quizás ni siquiera se trate de eso, sino de qué hacer una vez que se hizo all in e incluso con las posibilidades a nuestro favor se falla. Entonces recuerdo a Rudyard Kipling en un poema que alguna vez me llevó a las lágrimas: “Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta, y perder, y comenzar de nuevo por el principio, tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, y lo que es más, serás un hombre, ¡hijo mío!”

No sé si nací para correr, pero quizás nací para apostar

domingo, 22 de marzo de 2015

Como juzgar al sol por salir de día

 Hoy escribo movido por la indignación. Me cuesta creer que todavía en el 2015 estas cosas sigan pasando, pero más aún, me cuesta creer que pasan porque hay toda una sociedad atrás que lo avala. Daiana García murió hace apenas unos días y las redes sociales se plagan por igual de indignación y de comentarios sacados de la época de las cavernas.

 Una chica de 19 años fue a buscar trabajo y no volvió a aparecer. Eso fue lo primero que me enteré, y sufrí un poco en silencio porque sabía que no iba a volver. Porque sabía que era un método efectivo de secuestro la simulación de una entrevista laboral. De todas formas apoyé la búsqueda desde mi humilde (y un poco inútil) lugar. Algunas horas más tarde aparecería muerta.

 Cuando vi que había sido encontrada semidesnuda y muerta un escalofrío me recorrió la espalda. Una chica de 19 años de Paternal. Como fue ella podría haber sido una amiga mía, una compañera de curso, la novia de un amigo. En otras palabras, el hecho de que no esté llorando ahora mismo es porque, por algún motivo, no me tocó tan de cerca. Pero por casualidad.

 Es indignante y duele que pasen estas cosas. Pero duele todavía más tener una sociedad de fondo que hace de la víctima un culpable. "Estamos en una sociedad que como te ven, te tratan" leí hace muy poco, de alguien que después pretende argumentar sobre la forma de vestir con la que fue a buscar el trabajo. Me pregunto cómo llegamos al punto donde el foco lo corremos hacia la culpa que pueda tener la mujer. A esto le encuentro 2 explicaciones posibles:
  • La primera es el miedo, y es la única que entiendo un poquito, y en vez de tanta bronca me genera lástima. Haciendo de la mujer que fue víctima una culpable, desentenderse es fácil. Es más sencillo decir "a mí no me va a pasar" si ella "se lo buscó" porque "yo no me lo busco/mis cercanos no se la buscan". Entonces todo me toca de lejos, nada me llega a afectar. Si ese es tu caso, pobre ingenuo, abrí los ojos, que si no te pasó fue prácticamente una cuestión de suerte. Dejá de echar culpas y ayudá a que esto deje de pasar.
  • La segunda es que simplemente se trate de un hijo de puta hecho y derecho. Hacer de la víctima un culpable es un arma de manipulación masiva y peligrosa. Y por no caer en la ley de Godwin*, voy a hablar de nuestro país: en Argentina hay quienes todavía creen que todos los desaparecidos algo habrán hecho. Esa chica algo habrá hecho, habrá vestido provocativamente. Vestir provocativamente es un manifiesto deseo de no querer ser respetada, por el contrario, es desear ser violada y asesinada. El delito deja de ser la violación, el delito deja de ser que una manga de hijos de puta -porque otra clasificación no cabe- secuestren minas para prostituirlas. El delito es vestir provocativamente. Entonces la mujer es culpable, y el violador un justiciero. Es el mismo pensamiento que justifica el gatillo fácil.
 Escribí este post unos días antes de poderlo publicar (por motivos personales). Hoy se sospecha de que fue un amante quien la mató, y parece que todos están más tranquilos. Por otro lado están enjuiciando a Mangieri. Ruego que realmente sean dichos los culpables, porque sino es todo más grave. Si son tan solo chivos expiatorios entonces es peor. Porque gustan, porque convencen de que "a vos no te puede pasar" y la gente sigue viviendo en su burbuja. "Fue mala suerte, justo le toco ese portero. Mi portero por suerte es de confianza" "Ella se lo buscó por salir con alguien así, yo me fijo bien con quién salgo". Pero hubo chicas que, en este lapso, siguieron desapareciendo. Al menos me enteré de 4 en la semana. Abramos los ojos.

 Así que vos dejá de insultar tratando de puta. Dejá de decir "se saca esas fotos y después quiere que la respeten". Dejá de pensar que no te podría pasar. Dejá de ser cómplice, de quedarte callado cuando hacen comentarios del siglo XV. Dejá de insinuar que ella puede tener la culpa. Vos, feminista, deja de apelar a revanchismos baratos (los he visto hasta gramaticales) y no distraigas tu lucha, movete por un cambio real y tangible (ninguna mujer dejó de ser ultrajada por decir "todos y todas"). Y vos, varón, no consumas prostitución. ¿Por qué? Simple: porque la mujer que te estás cogiendo podría ser una mujer secuestrada. Podría ser tu prima, tu amiga, tu hermana o la que te parió.

Say no more.

*La ley de Godwin establece que "A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno". Sé que este post no es una discusión, pero igual aplica.

lunes, 16 de marzo de 2015

Te fuiste tan de a poco que nunca dijiste adiós

Crónica de un velatorio

Mi papá (o mejor dicho, lo que queda de él) yace en la habitación contigua. Ojeo el reloj de mi celular nuevamente y reconfirmo que esto no va a terminar pronto. Pasaron apenas 5 horas, y se sintieron como 20. Un cóctel de sensaciones ya se llevó todo el apetito que pudiera tener, y me inunda cierto sentimiento de náuseas.
Es mi primer velatorio en 16 años. Francamente, era algo que podía esperar más. De más está decir que no es una experiencia agradable. Cabría agregar, quizás, que me resulta tortuoso. A tal punto de que se me hace imposible comprender cómo alguien termina dedicando su vida a tener una casa de velatorios: recibir cadáveres constantemente para maquillarlos, vestirlos y exponerlos para su “última despedida”. Tampoco puedo comprender cómo en un momento así me inundan este tipo de pensamientos, que en gran medida rozan el absurdo.
Es notable cómo se esfuerzan todos en contenerme, sin entender que están haciendo todo mal. No, no hay ninguna palabra que puedas decir que ayude. No me consuela la idea del cielo, yo quiero a mi papá. No pienso que sufre, no lo tenés que aclarar. Yo sé que fue un gran hombre, sino no hubiera llorado, ni estaría acá. Sí, ya sé que estás conmigo… la pregunta es para qué. Ninguna frase es válida, y las muestras de cariño forzosas son tan asquerosamente vacías... debe ser eso lo que me provocó las náuseas.
No puedo llorar más. Hace algunas horas se me terminó de secar el alma, y todavía no me hago a la idea de que no voy a volver a tener un consejo de mi viejo. Y sigue llegando gente. Y siguen entrando a la habitación en donde está el ataúd, como si él estuviera ahí. Mi padre no está ahí, y lo que dejó ahí no transmite más que soledad. Nada de su esencia quedó en esa cáscara.
Pero parece que, salvo yo, nadie se da cuenta. “¡No está ahí!” tengo ganas de gritar, pero me contengo. No puedo creer que haya gente que piense que un hombre con todo lo que vivió e hizo lo único que deja es un cuerpo estéril e inútil. O peor, que deja bienes materiales. Algunos chacales que se han hecho llamar mi familia en algún momento ya contactaron a sus abogados para ver si de la tragedia pueden sacar alguna tajada y otros para ver si los hijos del muerto no buscaremos la nuestra arrebatando la casa de los abuelos. En lo que a mí respecta, se la pueden meter en el orto. Otra cosa más que me provoca náuseas, pero al menos guardo la satisfacción interna de que no pienso verles más la cara.
Mi viejo dejó sueños, dejó esperanzas, dejó consejos. Dejó hijos que pudo criar a medias. Dejó por ellos lo que no tenía. Pero sobre todo me dejó tristeza…


Sólo te pido un consejo más que por siempre deba recordar. Sólo te pido un enojo más para saber que camino tomar.

 Esta sea probablemente la entrada más larga del blog. Y me van a disculpar, pero es la única donde no va a interesarme la opinión de nadie. Bueno, sí de alguien, pero no va a poder manifestar su opinión de cualquier forma.

 Hoy se cumplen 10 años de que mi papá haya abandonado este mundo. Falleció un mes y un día antes de mi cumpleaños número 10. Entre los pensamientos un poco absurdos que rondan a las escenas tristes siempre consideré todo un detalle que haya sido un mes y un día y no exactamente un mes. En resumidas cuentas ya llegué al punto en mi vida donde estuve más tiempo en este mundo sin mi viejo que con él. Es difícil tomar conciencia de eso.

 Es difícil andar por ahí sin el consejo de tu viejo. Si, tengo 2 hermanos increíbles, hombres de buena leche que están para mí siempre y que por mí lo harían todo. Y yo por ellos. Muy de mierda sería mi vida si no los hubiera tenido. Y también tengo una mamá increíble, una mujer fuerte, de esas que parecen de piedra. Al menos eso me parece a mí viendo todo lo que se tuvo que bancar en su vida. Y eso me lleva a ser injusto con ella, reclamándole fortaleza todo el tiempo. Quizás sea porque tenga miedo de caerme si ella lo hace.

 Me acuerdo que yo estaba plenamente convencido, en mi inocencia, de que se iba a curar. Había escuchado hablar de cáncer antes, pero no era consciente de qué tan grave era el caso de mi papá. Evidentemente mucho, porque tardó alrededor de un mes en acabar con un hombre que en ese momento parecía hecho de acero, como uno ve a su papá cuando es chico. Cuando me enteré del hecho estaba medio dormido, yo estaba muy tranquilo durmiendo la siesta en la casa de mi abuela y de golpe me despertaron y me llevaron a mi casa en bicicleta. De las mil millones de cosas que uno piensa en ese momento, tuve la torpeza de exteriorizar que quería irme con él, como para mejorar el ambiente. 

 En algún momento mi hermano mayor me dijo "Vos no te vas a tirar abajo de una cama a llorar". Tengo esa frase tatuada a fuego en la memoria, porque iba a ser lo que me moviera durante todos estos años, y probablemente también en el futuro. Tan simple como eso, con 10 años aprendí de qué se trataba eso de "seguir adelante". Me fui valiendo, entre otras cosas, del humor negro (como ya hablé en otra entrada). ¿Por qué? Mi papá era de esas personas que cuenta chistes todo el tiempo, que todo el tiempo hace el comentario ocurrente. Asumí entonces que así le gustaría que lo recuerde, con una sonrisa en la boca y no con lágrimas en los ojos. También por esa época empecé en las olimpíadas de matemática, que me llevarían 6 veces a Mar del Plata. Según mamá (porque yo no me acuerdo) le dije que me distraía pensar en números. 

 Hoy no me acuerdo cómo era su voz, su olor, su risa. El otro día encontré una foto vieja y me dio un escalofrío horrible, porque en la foto me parecía un desconocido. Diez años son mucho tiempo.

 Y no, en momentos así no hay nada para decir. Lo aprendí temprano y de mala forma: las palabras sobran. También sobran las muestras de afecto forzadas y la lástima. Me acuerdo que venía gente a intentar contenerme que yo conocía muy poco, de alguna forma lo sentían un deber. Unos amigos vinieron al velatorio y me puse a jugar con ellos. Algún adulto amagó a retarme, pero por suerte a nadie le dieron los pantalones. 

¿Qué es "superar"? ¿Es "no llorar más"? Cada tanto, entonces, no lo supero. ¿Es sobreponerse, seguir adelante? Entonces sí, porque es lo único que puedo afirmar con certeza que hice. ¿Es olvidar? Espero que no, porque entonces no quiero superarlo más. Ya olvidé demasiado.

martes, 10 de marzo de 2015

Soy mi soberano

 Tengo, como todos, mi ley. La forma en que me muevo, cómo hablo, cómo me expreso, cómo actúo. La parte consciente. La que decide. Si decide bien o mal, solamente el tiempo puede terminar diciéndolo. ¿Cometo errores? A oleadas, como si no hubiera mañana. ¿A propósito? No por el afán de equivocarme, pero a veces sí, consciente de que seguramente fuera un error. Pero no estás seguro de que algo es un error hasta que no ves las consecuencias. Todo el resto son especulaciones.

 Sin embargo hablar de lo que hago no es hablar de causa sino de efecto (aunque claro que todo efecto no es más que una nueva causa y toda causa es efecto de otra anterior). Si varias personas se comportan como yo, o parecido, es demasiado riesgo asumir que lo hacen por la misma motivación. El hecho de que yo haga algo y lo haga así tiene que ver con variables como mis ideales, mi experiencia, mi motivación y mi personalidad. Todo eso tiene su cuota de azar, porque uno no elige sus experiencias ni su carácter, y los ideales tienen una buena parte de idiosincrasia (en criollo "lo mamado", lo heredado). Es decir que, en definitiva, gran parte de las decisiones que tomamos se ven influenciadas por cosas que no podemos manejar o decidir. Claro que podemos intentar cambiar, pero parte de todo esto que no podemos manejar es el considerar que nuestras estructuras son las correctas en menor o en mayor medida. Siempre tenemos que tener un punto de apoyo desde el cuál juzgarlas, esa es la "piedra fundamental" en nuestra arquitectura personal.

 Quede claro que no estoy emitiendo juicio al respecto de si es bueno o malo que funcionemos así. Supongo que más allá de bueno o malo, es necesario y es razonablemente práctico. Mi punto es que todo lo que hacemos de forma consciente tiene un por qué inconsciente y un por qué consciente, no sale de la nada. A simple vista parece algo obvio haciendo introspección, pero no lo es tanto mirando para afuera. Vivimos mirando al resto juzgándolos con nuestra vara, con nuestra lógica, con nuestra experiencia, con nuestra motivación. Y resulta que el otro tiene su vara, su lógica, su experiencia y su motivación. Tiene otra forma de concebir las cosas y otra forma de enfrentarlas. Y eso no lo hace malo, imbécil o cruel. Lo hace otro. Tildamos al resto de tantas cosas sin darnos cuenta de que hay motivos muy válidos para que se comporten así. Seguro que si por cada actitud que vemos negativa en el otro pudiera tener la chance de explicar de dónde le sale actuar así mucha menos gente nos caería mal.

 Y con razón a veces nos sentimos tan incomprendidos, porque nadie está en nuestra cabeza. Nadie sabe lo que pasamos. Nadie sabe lo que sentimos. Nadie sabe cómo nos afectan las cosas. Nadie sabe por qué nos afectan así. A veces ni siquiera nosotros.


Que yo no soy, que es él, que yo actué bien y él no.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Sé lo que sentís

Sé lo que se siente buscar y no encontrar.
Sé lo que se siente decir la verdad sin que te crean.
Sé lo que se siente asumir que algunas cosas ya no van a pasar.
Sé lo que se siente asumir que algunas personas ya no van a volver.
Sé lo que se siente intentar y fracasar. 
Sé lo que se siente lastimar sin querer.
Sé lo que se siente lastimar queriendo. No es lindo.
Sé lo que se siente cuando falta algo pero no se sabe qué.
Sé lo que se siente apostar todo a una última jugada y perder.
Sé lo que se siente no dejar de soñar, no dejar de buscar.
Sé lo que se siente correr porque no queda otra, porque es lo único que te surge hacer en ese momento.
Sé lo que se siente necesitar aire.
Sé lo que se siente tragarse las palabras 
Sé lo que se siente tragarse el orgullo.
Sé lo que se siente no entender por qué las cosas no funcionan aunque uno pone todo el esfuerzo.
Sé lo que se siente ir cuesta arriba y que el pecho se te comprima.
Sé lo que se siente ser liberado por una canción.
Sé lo que se siente cuando la gente es agradecida sin mediar palabras.
Sé lo que se siente cuando no se sabe para dónde disparar.
Sé lo que se siente perder un pilar en tu vida. 
Sé lo que se siente cuando nadie más te entiende.
Sé lo que se siente cuando no te entendés ni vos.
Sé lo que se siente querer tirar la toalla y dejar todo atrás.
Sé lo que se siente querer tomarse un micro con destino desconocido.
Sé lo que se siente lograr más de lo que esperabas.
Sé lo que se siente generar lo que estabas buscando.
Sé lo que se siente decepcionar.
Sé lo que se siente ser empujado al precipicio.
Sé lo que se siente saltar sin mirar atrás.
Sé lo que se siente el sacrificio.
Sé lo que se siente ser uno más.
Sé lo que se siente parecer el único.
Sé lo que se siente extrañar y no poder solucionarlo.
Sé lo que se siente mandarse una atrás de otra.
Sé lo que se siente ser victimario.
Sé lo que se siente querer pasar horas encerrado con la música a todo volumen.
Sé lo que se siente tener que terminar con algunas situaciones.
Sé lo que se siente no poder concluir algunas cosas. Y saber que capaz se pueden continuar.