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jueves, 23 de agosto de 2018

El chequeo que nadie pidió

Hay un tipo de especímen digital cuya contraparte tangible es gente gris del tipo que mira programas donde un mago revela cómo se hacen los trucos y después corre a contárle al resto, aunque nadie le haya preguntado nunca. Ojo, que no está mal tener intereses y compartirlos, pero no hay necesidad de matarle a nadie el chico que lleva adentro, por mucho que el tuyo esté podrido hace rato.

Todo esto surge, como mucho de lo que nos asalta a los nativos digitales, de un hilo de Twitter. Una española cuenta que se encontró un celular sin contraseña y de repente se enfrentó a una sucesión de cosas misteriosas. Al momento de escribir esto, ella todavía no terminó. Cualquiera con Twitter no debe haberse olvidado de la historia de Manuel Bartual y su doppelgänger y varios deben conocer más hilos del mismo estilo. El twittero sufre, de golpe, algo muy raro que lo saca de su cotidianeidad y lo comparte en la red. Como la gente es curiosa y el estilo del twittero es realista, se va compartiendo el hilo y se viraliza. La gente, cuando puede, además interviene dando ideas o ayudando a descifrar pistas, y eso está muy bien. Pero hay otro tipo de sujeto virtual que interviene no para ayudar, sino para decir que se trata de una ficción, que no tiene sentido seguirle el juego. A esa gente no puedo más que desearle unas fuertes hemorroides.

Estos especímenes no son modernos para nada, ya hablaba Dolina en el 88 de "Los Refutadores de Leyendas" y Casciari en 2004 de "Los mata-magia". Gente que si le preguntás seguro acusa altruismo, dice que lo hace para sacarle la venda de los ojos a la gente, pero en realidad los mueve la soberbia. Los mueve el pensarse más vivos que el resto, más despiertos frente a los que nos engañan y los mueve la necesidad imperiosa de demostrarlo. No sospechan, ni por asomo, que nosotros podemos darnos cuenta solos o que no queremos darnos cuenta para disfrutar enteramente de la experiencia que ofrece el artista.

Claro que no hablo de cosas serias, como el discurso de un político. El "andá a chequearlo" está muy bien cuando se trata de alguien que basa su discurso en datos incomprobables. Pero, ¿quién te manda a chequear si es cierta o no la historia del abuelo que sufre en un bar la pérdida de su compañera de toda la vida o las palabras de aliento que te dio un desconocido en la calle? ¿Qué sentido tiene saber si el twittero armó minuciosamente la historia cuando parte fundamental de la obra es precisamente jugar con la credibilidad y la cuarta pared? ¿Esta gente va a los teatros a gritarle a los actores que encarnan una mentira, que no se llaman así ni son así en su día a día?

Creo que es un problema de la virtualidad, dentro de las tantas ventajas hay que pagar algunos precios. En la vida tangible uno al menos no sufre el asalto de un desconocido que se cree piola. No te aparece por la espalda un desagradable, en un show callejero de magia, a contarte los pormenores del truco. En el fondo, además de enojo me dan un poco de pena por su increíble falta de capacidad de entender que una mentira no es más que un recurso literario. 

martes, 14 de agosto de 2018

Te amo. Te odio. Dame más.

Otra noche acostado pero despierto a las tres de la mañana. Era insomnio provocado: la luz azul de las pantallas dicen que saca el sueño. Llevaba dos horas no intentando dormir, sino superar mi propia puntuación en algún juego idiota. De repente, se abrió la puerta.

Mi cerebro no tuvo tiempo de procesar todo a la vez y casi hace colapsar todo el sistema respiratorio. Primero pensé que era mamá (que a veces se olvida del concepto de "privacidad"), al toque me di cuenta de que no había escuchado sus pasos torpes. Es más, el picaporte no hizo ruido al abrirse. Entonces se prendió la luz y terminé de congelarme al ver a una desconocida. Bueno, no realmente. En lo que tardé en recuperar la respiración pude verla bien. El pelo larguísimo con mechones de varios colores en una armonía extraña. Encima no llevaba ningún lujo: remera, pollera y zapatillas negras. Los ojos marrones no tenían ningún rasgo en particular, pero en su mirada estaban todas las miradas de la gente que alguna vez conocí. Ahí me di cuenta de que era Creatividad.

-Calmate, infeliz.

De alguna manera sabía que nunca había escuchado esa voz pero me era familiar. El tono, ni muy agudo ni muy grave, era agradable. Y lo que dijo, aunque violento, fue sin levantar la voz.

-¿Se puede saber qué estás haciendo?

Balbuceé una respuesta. La cara de culo se le hizo más notoria y me dejó mudo del todo. Esperó unos segundos antes de la siguiente pregunta.

-¿Qué hacés, que no estás trabajando?

En general no soy bueno para contestar reproches, mucho menos cuando estoy en ropa interior. Ensayé algunas excusas del mismo calibre que las que uso conmigo mismo. Que mañana, que no tengo tiempo, que ella nunca viene cuando yo quiero empezar a hacer algo. Me cruzó la cara de un bife.

-¿Qué hacés vos para que yo venga, pelotudo? ¿De qué tiempo me hablás, si no tuviste tanto tiempo libre desde que dejaste la facultad? 

Tenía razón pero no me animé a interrumpirla para decírselo. Hubiera sido peor.

-Te vengo bancando desde adolescente, cuando llegaba y vos me querías pintar los labios y poner collares y anillos. ¡Como si yo no fuera hermosa, estúpido! Todavía te cuesta aceptarme como vengo y querés decorarme como si fuera parte de tu habitación. Eso cuando no me despreciás como a los linyeras a los que ni mirás cuando te piden un mango.

-¿Cuándo te desprecié?

-Montones de veces. Te hablo al oído, casi siempre cuando vas por la calle sin auriculares y me podés escuchar bien. Te entusiasmás y todo, pero cuando llegás a tu casa en vez de sentarte a escribir te ponés a pelotudear.

-Pasa que cuando me pongo frente a la hoja en blanco me parece que no estoy por decir nada nuevo, nada interesante. No puedo reinventar la rueda.

Me volvió a pegar, del otro lado y más fuerte. Me quedaron zumbando los oídos.

-¿Vos te pensás que es la misma rueda la de hoy que la de la prehistoria? Todos los días alguien reinventa la rueda. Obvio que no el funcionamiento base, pero sí la hacen de tal o cual color, o mejor para determinadas cosas.

No sabía qué decirle, así que siguió hablando ella.

-Además, no es que te esfuerces mucho por reinventar cosas. Nunca te encuentro trabajando. Casi nunca me llamás. A veces hasta pasás semanas sin verme reflejada en lo que hacen los demás. Ni siquiera tenés la decencia de salir a buscarme a la calle, te la pasás todo el día encerrado como si fuera a pasarte algo súper interesante entre cuatro paredes. Para colmo, alienado y esclavo de las pantallas.

Me retó un rato más, ya no me acuerdo del todo. Se fue serenando de a poco y mostrándose seria pero calmada. No sonrió en ningún momento. Antes de volver a salir por donde entró sin que yo intente seguirla me dejó una advertencia.

-Te la hago corta, para terminar. Dame bola, laburá para que te encuentre. Mirame en otros ojos y en la calle. Si vas a seguir con eso de "no tengo tiempo" no vuelvo más.

Tardé algunos minutos en recuperarme. Desinstalé los juegos del celular tratando de no pensar demasiado para no arrepentirme. Después me levanté de la cama de un salto, dispuesto a trabajar toda la noche. Pero antes, un videito de YouTube...


lunes, 16 de julio de 2018

Lamento tus muertos

Por cuestiones de oficio y de hobbies me he cruzado muchísimas veces con gente que confunde hablar con elegancia, solemnidad o nivel con hablar en "neutro" (tal cosa no existe, pero así nos referimos a los doblajes tan simpáticos que recibimos desde la más tierna infancia). Por dar ejemplos, cuando escriben "el cual" en vez de "que" o escriben "iremos" en lugar de "vamos a ir", que es mucho más rioplatense.

Tal vez venga de ahí que, cuando a alguien se le muere un ser querido, le digamos "lo lamento". Suena terriblemente anticlimático: "lo lamento". Es una patada en la boca para el que lo dice y una patada en la oreja (o en los ojos) para el receptor también. No es natural, sentimos como si otro nos hubiera usado la boca. No tiene nada que ver con ninguna de nuestras expresiones porque no usamos el verbo "lamentar" como el resto de los hispanohablantes. Nunca decimos "lo lamentarás", a lo sumo "te vas a arrepentir". Y cuando estamos muy arrepentidos por algo tampoco decimos "lo lamento", sino que pedimos perdón.

¿Qué decimos con "lo lamento"? La mayoría de las veces ni siquiera sufrimos por el difunto (que capaz ni conocemos), sino por la persona viva a la que le duele la pérdida. Es decir, ni siquiera "lamentás" la muerte, sino el sufrimiento del vivo. Tampoco usamos la palabra "pena", más que en su sentido jurídico. Lo que queremos decir, capaz, es "me pone muy triste lo que pasó porque te quiero y tu dolor me duele un poco también", en el mejor de los casos (cuando la expresión no viene obligada por el careteo de que te acaba de contar la tragedia alguien que te importa más bien poco). Pero es muy largo, y en esos momentos uno se siente tan torpe...

¿Qué decimos entonces? No me es orgullo tener cancha en el asunto, pero es que tampoco me quedó otra. He sido receptor de todo tipo de muestras de acompañamiento, algunas genuinas y muchas otras de cotillón. No los culpo, tampoco, porque en perspectiva uno se da cuenta que tampoco sabe qué hacer desde el otro lado. El tema está en que, genuinas o de cotillón, las palabras sirven más bien poco. No importa quiénes "lo lamenten", no importa que "está en el cielo" (porque yo lo quiero acá, conmigo), no importa que haya tenido "una buena vida", ni muchos otros clichés. Nada hace la diferencia.

Lo que sí me hizo la diferencia, en el fondo, fue saber a quiénes tenía alrededor y acompañándome de verdad, desde donde pudieran (aunque fuera en silencio).

martes, 22 de mayo de 2018

Cuando se escapa el alma

Creo que fue en la secundaria cuando leí Bodas de Sangre, ya no me acuerdo si porque quise o porque me lo mandaron a leer. En las primeras dos páginas plantea (aunque es un tema recurrente en la obra) la fragilidad de los cuerpos, tan expuestos al desastre como si los años que llevan encima no hubieran valido nada. En otro posteo hablo específicamente de cómo esa conciencia me afecta en cuanto a mi propia fragilidad.

Quedamos en vernos a las 8, 8 y cuarto todavía no está. Bueno, siempre llega tarde, no será para tanto. Es una lástima que tampoco atienda al WhatsApp, y que su última conexión haya sido hace más de una hora. ¿Me habré confundido con la dirección? No, acá está, se la dije bien y acá dice que nos encontramos a las 8. Compruebo hasta el día para que el miedo quede en segundo plano un rato más (como otra pestaña en mi navegador cerebral). Sin embargo, lo puedo escuchar susurrarme "che, ¿no le habrá pasado algo?". Primero despacito, la racionalidad controla la pelota porque todo apunta a lo evidente: sólo se le hizo un poco tarde, con esta ciudad de locos es normal. Pero minuto a minuto va ganando más terreno, hasta gritarme en el oído "por favor, que no haya pasado nada". El alma se me escapa de a poco y la desesperación se me traduce en el cuerpo aunque peleo por no sacarla afuera, porque estoy en público. Al final la persona llega, me vuelve el alma al cuerpo y, aunque la puteo un poco, no puedo estar más contento.

Lucho con eso cada vez que me pasa, trato de ser racional, pero conforme pasa el tiempo voy perdiendo la pulseada. Después puedo ser feliz tranquilo, puedo seguir con mi vida y tolerar el sudor frío cuando la calma ya volvió. Me siento un estúpido, dándole valor a un miedo que ya sé que se equivocó muchas veces. Sé que en mayor o en menor medida mi sentimiento se repite todos los días en muchas personas, porque entendemos todos que el mundo es un lugar hostil y entendemos que las personas que amamos, al igual que nosotros, están en un riesgo constante. Admiro mucho a los que pueden mantener la cabeza fría en momentos así, a mí me cuesta en general. Sé lo que es sentir que se te escapa el alma y sentir que te vuelva al cuerpo.

Sé también que, atrás de cada uno de nosotros que putea y que abraza mientras agradece que su mundo sigue bien, hay gente que el sentimiento de calma no les llega nunca. Personas que no aparecieron ni 8 y media, ni a las 9, ni a las 11. Personas que quedaron plantadas para siempre en una esquina, aunque después hayan ido a otra parte. El alma no les volvió, se quedó pululando en busca del otro, como el perro Hachiko en la estación del tren. Lo terrible del miedo es que a veces no se equivoca.

martes, 17 de abril de 2018

Lo único inevitable

Te vas a morir, antes o después. La conciencia de la muerte es una de las características más identitarias del ser humano. No sólo sabés que puede pasar ante el peligro inminente, lo sabés en cualquier momento en que lo pensás. Es lo único que sabemos que es inevitable: nuestro fin.

Para muchos, cumplir años es sinónimo de estar un año más cerca de morir (más bien es tomar conciencia de ello, a lo sumo). Para otros, entre los que me incluyo, vale la pena el festejo porque implica que sobreviví un año más. Un año más la muerte me pasó por al lado sin tocarme.

Tendría unos quince años cuando alguien contó en una mesa que a un amigo suyo lo encañonaron, le robaron y, cuando ya había entregado todo, lo gatillaron. La bala no salió y los motochorros escaparon. Detengámonos un minuto. La bala no salió. Traten de intuir, activando la empatía, lo que pudieron ser las horas, los días siguientes de ese chico que en ese momento no tendría más de veinte.

La vida es asquerosamente frágil. Muchas zonas vitales están expuestas todo el tiempo. Decimos sin miedo, desafiantes, que mañana un loco toca un botón y desaparecemos todos, pero muy pocas veces medimos qué implica lo que estamos diciendo. Qué implica, por ejemplo, que de golpe y porrazo se caiga una maceta en la cabeza de un desgraciado, y le ponga los proyectos (y los cariños) en pausa eterna.

Una amiga, hace un tiempo, me preguntaba por qué soy tan cariñoso a la hora de saludar. La respuesta es sencilla, porque tengo miedo. Tengo terror de que sea la última vez que nos veamos y lo último que hayas recibido de mí haya sido un beso seco, al pasar, un "saludo general", un movimiento de mano a la distancia. Por eso también estoy contento de verte de nuevo.

Es un miedo de mierda, no te permite ni enojarte. Porque incluso ahora que estoy enojado odiaría que lo último que haya recibido de mí la persona con la que me enojé sea un visto en WhatsApp.  Es fija que después de publicar esto le hable, que me trague el orgullo que nunca supe tener, a pesar de que me duela. Porque incluso aunque no me muera mañana, sabiendo que mi fin se acerca cada vez más (tal vez despacio, tal vez rápido) no puedo permitirme estar lejos de los que quiero. Porque nada nos salva de la muerte.

¿Qué nos salvará de la vida? Probablemente cosas como ésta:





lunes, 6 de junio de 2016

No podemos cambiarlos, mejor que no existan más

Originalmente titulado "Las mentes abiertas de América Latina"*

 Con unos cuantos debates encima cualquiera puede fácilmente llegar a una comprobación fáctica: todos creemos tener la razón. Puede demostrarse de una forma muy simple. Uno cree tener la razón y al momento de notar el error, la opinión cambia en el acto y se forma otra. El error propio está, entonces, siempre en el pasado y el acierto en el presente.

 La máxima aspiración está en aceptar de forma constante la posibilidad de estar incurriendo en una equivocación con todos y cada uno de nuestros razonamientos. Esta duda perpetua puede asociarse con “tener la mente abierta” y es algo de lo que muchos se jactan, principalmente los que esgrimen argumentos liberales o progresistas. Con unos cuantos debates encima cualquiera puede notar que no es más que una fantasía.

 “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”, dijo Voltaire alguna vez, uno de los mayores exponentes de la ilustración. Desde entonces, y tal vez desde siempre, quizás haya sido el único en pensar así (y quizás ni siquiera). La frase real versionada por los open-minded del momento diría más algo como “no estoy de acuerdo con lo que dices, así que voy a atribuirte todas las características más nefastas y a gritar hasta que te calles”.

 Será que levantar algunas banderas da legitimidad. Hablar de derechos humanos, feminismo y bienestar social por lo que parece da lugar a iniciar una cacería de brujas contra todo aquel que no coincida en absoluto con nuestro discurso. Mientras, los más tímidos se sumergen despacio en la espiral del silencio.

 Son realmente llamativos. Defienden la libertad de expresión diciendo “Je suis Charlie” y defendiendo a Revista Barcelona –lo cual está muy bien- pero después se burlan, insultan y hasta agreden a alguien por algo tan íntimo como sus creencias religiosas. “Los hombres creían ser hijos de Dios y el hombre que siente semejante filiación puede llegar a ser siervo, esclavo, pero jamás será un engranaje”, escribió Ernesto Sábato en La Resistencia. La máquina de la intolerancia funciona a plena potencia.

 Lector, no sea ingenuo. Usted puede haberse formado durante años y puede tener argumentos muy sólidos tras habérselos cuestionado repetidas veces. Sin embargo, no lo  intente. Hágame caso. Es un despropósito intentar debatir con personas que se creen los heraldos de la verdad y en realidad son cazabrujas modernos. Además, ellos tampoco pretenden debatir. He llegado a leer cosas como “es imposible discutir con alguien que no haya leído a (Eduardo) Galeano” entre otros requisitos que había que completar para discutir con otra persona. Permítame el resumen: es imposible discutir con quien no piense igual.

 Tal vez se cuestione: “¿las personas paradas en la esquina opuesta del pensamiento no son igual de cerrados?”. En muchos casos, la pregunta no merece respuesta porque se responde sola. Pero, al menos, tienen la decencia de no considerarse abiertas de mente ni hablar de libertad expresión ni derechos. Mantienen cierta coherencia. Incluso cuando uno no piensa igual, cabe destacárselos. Si me permiten valorarles algo, claro, antes de llevarme a la hoguera.


En esta pálida, pibe, los pulpos te aplastarán



*Escrito como parte de un trabajo para una materia.

lunes, 31 de agosto de 2015

Temiendo al fin, siempre temiendo

 Desde que nacemos tenemos una respuesta evolutiva a los peligros que se nos presentan, reales o imaginarios: el miedo. Digo evolutiva porque fue necesaria para la evolución de nuestra especie... podrá cualquiera pensar dos minutos lo rápido que terminaría una especie muy "temeraria". El miedo es necesario en muchos aspectos de la vida. Si no tuviéramos miedo a absolutamente nada seríamos imprudentes hasta lo absurdo y nuestra vida peligraría cada segundo, sobre todo si tenemos en cuenta que otra característica propia de nuestra especie es la curiosidad. Eso de "la curiosidad mató al gato" cobraría sentido. Pero, claro, no todos los miedos son racionales. Peor aún: no todos nuestros miedos son propios.

 A buen entendedor, pocas palabras. Dicho lo anterior, cada vez que se hable de "miedo" va a tratarse sólo de miedos "sociales". Es decir... todo eso que la sociedad en la que vivís te impone. Miedo a parecer idiota. Miedo a parecer puta. Miedo a parecer homosexual. Miedo a lo que los demás piensen de que seas idiota, puta u homosexual. Tres ejemplos de los cientos que puedan pasar por tu cabeza, o más aún, de los que puedan erizarte la nuca. Son todos miedos en los que el peligro radica pura y exclusivamente en lo que el otro va a interpretar y creer saber de vos y cómo va a actuar a partir de ello. Se basan en el juicio que los demás van a hacer de vos conociendo una porción. Se basan en los juicios que vos mismo hacés todos los días sobre los demás conociendo sólo una porción de su existencia.

 Esos miedos encierran todo lo que sos o podrías llegar a ser. Si los dejás, van a encadenar tu alma y tus piernas para que no avances un centímetro más. Van a nublarte la vista para que te sientas atacado y vulnerado por todos los frentes hasta que decidas esconderte en un rincón rogando que nadie te encuentre así, tan desprotegido. O peor: van a enfrentarte a todo lo que vos no creas correcto, todo lo que no juzgues adecuado. Con uñas y garras. Van a hacer que grites, patalees y golpees, pero nunca que debatas. Puede que hasta termines matando por miedo. Porque es absolutamente terrorífico el paisaje apocalíptico en el que tus verdades pueden cuestionarse.

 Lo bueno es que quien cuida tu celda sos vos. Vos tenés el poder de escupir en la cara de cada uno de los miedos. Del miedo nadie zafa... pero muchos lo superan. Se ponen por delante, se escapan. Todo lo grande que pueda esperarnos está fuera de lo que llaman "zona de confort". ¿Es linda? ¿Segura? Sí, muy. Muy vacía también. Pensá un segundo en todo lo que superaste, cada miedo y cada traba hasta ahora. Todo lo que conseguiste que no hubieras conseguido. Llegaste hasta acá, celebrá tu existencia. Venciste muchas cosas para ser quien sos hoy, y todavía estás en camino de quién podés ser. Y el miedo siempre va a estar ahí, gritándote en la oreja. Queda decidir qué tanto vas a escuchar.

 De mi vieja aprendí que lo contrario del amor no es el odio, sino el miedo: el amor te mueve y el miedo te frena. El amor hace que rompas las barreras que el miedo puso: te pone a prueba constantemente, te invita a ser mejor (y para eso, de forma indefectible hay que arriesgar). Además, analizándolo un poco más a fondo, amor y odio pueden ir de la mano y el odio a veces es sólo el hijo iracundo del miedo. Hay odios, como la xenofobia y la homofobia, que son hijos del miedo y la ignorancia. Y la cura es el conocimiento: aprender y leer, conocer lugares y gente. Salir de uno mismo da a veces menos miedo que entrar. Y ambos son necesarios. Después de todo... no hay nada más terrorífico que terminar pensando en todos los "¿Qué hubiera pasado si... ?".

martes, 30 de junio de 2015

Vamos con paso firme, no nos quedamos

 Puede que alguna vez sientas que algo de lo que pasó no debería haber pasado. Pero el mundo sigue girando. Puede que alguna vez sientas que todo a tu alrededor se desmorona. Pero el mundo sigue girando. Puede que realmente sientas que todo terminó, que nada tiene sentido. Pero el mundo sigue girando. Y vos estás en él. Y estando en el baile... toca bailar.

 Podés intentar esquivar responsabilidades y hechos durante toda tu existencia, pero lo cierto es que eso sería morirse por dentro. No se puede vivir huyendo, no se puede ser cobarde siempre. Llega el momento, ese bendito o maldito momento de hacerse cargo de lo que no se eligió ni se tuvo participación. Tocó. Fortuitamente, de golpe. Ni lo esperabas ni lo generaste ni tenés la culpa. Pero la tenés que pagar igual. Podés frenarte a llorar por los rincones o podés hacer algo al respecto. Ojalá siempre elija lo segundo.

 Si algo aprendió mi viejo, que era de esos que les gusta tener todo bajo control, es que no podía controlar qué pasaba sin él. Lo aprendió al fin del camino, como no podía ser de otra forma, y quizás un poco tarde. Y el mundo siguió girando, y nosotros avanzamos. Así de complejo y así de simple. Quiero ser claro cuando sostengo que, sin duda, no hay otra opción posible. Quedarse en las lamentaciones y en autocompadecerse es lo más venenoso que puede haber para una persona.

 Siendo realistas, para la inmensa mayoría de la humanidad sos un número. Más aún, para las corporaciones sos un cliente. Y no sólo no les interesa que no prosperes ni avances, sino que les interesa que estés lo más hundido posible en la miseria. ¿Por qué? Porque el más miserable es el mejor cliente. Según Will Rogers (comediante norteamericano), "la publicidad es el arte de convencer a la gente para que gaste el dinero que no tiene en cosas que no necesita". Te convencen de que una gaseosa es lo que te va a hacer más feliz, que ese yogur te va a hacer más flaca (y que no ser flaca es ser infeliz) y que quererte más es sinónimo de comprarte esa crema tan cara. Y en realidad, quererte más es sinónimo de rebelión, de salir del barro donde les conviene que te mantengas hundido y les dés un puñetazo en la cara.

 Como diría Iorio… “ya sé, dirás ‘muy duro es avanzar’, mas quien avanza es el que existe”. No, no es fácil. Nadie dijo que lo sea, nadie dijo que tenga que serlo. Lo fácil es que la culpa de todos tus males la tengan tus papás, tus amigos, tus exs y las respectivas putas que parieron a cada uno. O, más fácil aún, la culpa es del destino. Culpa “del destino” es haber nacido negro en Alabama a principios del siglo XX, y así y todo muchos pusieron la cara frente a eso y lograron el cambio. Pudieron flaquear, pudieron dar marcha atrás, pudieron abandonar su lucha, pero no lo hicieron. No lo hicieron ni frente a lo irracional de los argumentos enemigos ni ante la ferocidad de sus garrotes. Y solamente dando un ejemplo de luchadores, que en la historia hay miles. La gran mayoría, en las peores condiciones posibles. Lo difícil es darse cuenta lo que es y no es culpa de uno, y enfrentarse a solucionar lo que no es culpa de uno también. Y al final podés llorar, gritar y patalear. Podés clamar a los cielos preguntando el por qué de tu infortunio o insultando por él. O podés levantar la cabeza y hacer algo al respecto. Lo único que te pido, en cualquiera de los dos casos, es que te hagas cargo de tu decisión.


Más allá de la noche que me cubre,
negra como el abismo insondable,
agradezco a los dioses, si existen,
por mi alma invicta.
Caído en las garras de la circunstancia
nadie me vio llorar ni pestañear
bajo los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el horror de la sombra,
la amenaza de los años me encuentra
y me encontrará sin miedo
No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino.
Soy el capitán de mi alma.

miércoles, 24 de junio de 2015

En un café se vieron por casualidad

 ¿Dónde estás? Geográfica y temporalmente… ¿Por qué acá y no en otro tiempo y espacio? ¿Por qué tus amigos son esos y no otros?

 Pensá un minuto en todo lo que tuvo que pasar para que estés ahí. Una mudanza, un cambio de colegio, un cambio de carrera, una enfermedad, un trabajo… todo eso pudo repercutir directamente en que tu historia hoy sea otra. Elegir un colegio, una universidad o que te hayan contratado en ese lugar hizo que conozcas a un determinado grupo de personas con las que te relacionaste cuya probabilidad de que conozcas de otra forma seguramente era muy baja. Más aún, cualquier actividad que hayas decidido realizar que incluya otras personas seguramente hizo que conozcas gente. Incluso el lugar donde vivís hace que te relaciones con determinadas personas. ¿Qué influencia tiene esto?

 Tus amigos, esos que saben todo de vos, salieron de ahí. Cualquier amigo que tengas “del colegio” está íntimamente relacionado con el hecho de haber ido a dicho colegio. Y así con todo. Y haber ido a ese colegio pudo ser el resultado estadístico más probable o una casualidad. El hecho de que te relaciones con unas personas y no con otras depende de decisiones que tomaron tus padres o tomaste vos basándote en mil vectores distintos. La cuestión es… ¿sos consciente de la cantidad de cosas que tuvieron que pasar para que seas la persona que sos?

 ¿Cómo se conocieron tus viejos? ¿Tus abuelos? ¿Tus bisabuelos? Según los datos de mi blog, 75% de las veces que pasaron por acá fueron desde Argentina. Los argentinos somos en un 51% descendientes de italianos solamente. Nuestros antepasados vinieron al país escapando de la guerra… por lo cual sin guerra no hubiéramos nacido. A eso van mis primeras preguntas… ¿qué tantas cosas ajenas a la decisión de nuestros antepasados interfirieron directamente sobre nuestra propia existencia? Si mañana te casaras con tu pareja actual o cualquier persona que ya conocés de cualquier ámbito, ¿qué tanto tuvo que ver la casualidad con que se hayan conocido?

 Cualquier vínculo que tengas no solamente tiene que ver con el hecho estadísticamente improbable de que hayas nacido (estadísticamente improbable por la acumulación de casualidades que tuvo que haber para que se conozcan y tengan hijos todos tus antepasados) y que hayas estado exactamente en ese lugar y tiempo en el mismo lugar que esa otra persona. También depende de que esa serie de casualidades se hayan acumulado para que la otra persona coincida con vos en ese lugar y momento y la última casualidad que haya hecho que establezcan una primera conversación. Esto se potencia muchísimo si no se trata de algo común como alguien que conociste en el colegio, sino que se trata de alguien que conociste en una parada de colectivo o en una fiesta. Estuviste exactamente ahí y pudiste no haber estado por cientos de buenos motivos.

 O quizás… quizás estoy desvariando. Quizás es cierto eso del hilo rojo, y que estamos destinados a encontrarnos. Me parecen igualmente románticas ambas ideas. Quizás somos el resultado matemático de una infinidad de coincidencias de todo tipo, la respuesta estadística improbable y única entre millones. Quizás somos héroes trágicos, e incluso cuando pretendemos alejarnos del destino que nos es propio nos enfrentamos a él cara a cara. Quizás con esto se piense en un mundo rosado donde el amor une como una telaraña a las personas… pero no es mi visión. Estando destinados a encontrarnos o siendo casualidad, también nos encontramos con gente que nos lastime y nos agobia. Sin embargo… tal vez todos esos hilos (o esas casualidades) nos lleven irremediablemente a la encrucijada de crecer o perecer.

Y debo decir que confío plenamente en la casualidad de haberte conocido. (...) Que no fuiste el amor de mi vida, ni de mis días, ni de mi momento. Pero que te quise, y que te quiero, aunque estemos destinados a no ser.

jueves, 30 de abril de 2015

Señor, no vaya a confundir la soberbia con la autoestima

 Es difícil hacer algo lo suficientemente bien y no creérsela ni un poco. Puede negarlo cualquiera, pero francamente no le creería. Principalmente porque en esencia no me parece mal, es esperable. Tampoco le creo demasiado al que dice que no le importa nada la mirada del otro. Lejos de parecerme una actitud determinada y madura, me parece de lo más infantil, porque solamente en el otro podemos notar que nos estamos equivocando o que estamos haciendo las cosas bien. Nuestra opinión es la más subjetiva siempre. Maduro me parece hacerle a las opiniones ajenas un merecido análisis para poder sacar lo valioso, lo que realmente ayude a crecer.

 Y entre que te salgan las cosas bien y la mirada ajena, siempre aparece la palabra "figurar". "Este busca figurar", "Este busca fama", "Este quiere que lo miren". ¿Lo correcto entonces sería hacer las cosas mal? "No, lo correcto es no demostrarlo". Quiero ver cómo hacen para hacer cosas que solamente se pueden hacer bien en público (dar el asiento, por ejemplo) o saber si evitan hacer cosas buenas cuando hay alguien delante. ¿Suena un poco tonto, no? Sin embargo nos manejamos así. Creemos que el que hace algo bien, por hacerlo notorio, es malo. Asumimos que su motivación es mala.

 Incluso la religión cristiana inculca "que tu mano derecha no se entere de lo que hace tu mano izquierda". Entiendo perfectamente el sentido porque, en los versículos alrededor, queda muy claro: no es necesario hacer espamento cada vez que cumplís con la ley. La cuestión es que, por un motivo u otro, la gente a la que admiramos en muchos casos es famosa, se hizo famosa por sus actos. Se hizo admirable. Imaginen si Martin Luther King Jr. hubiera pensado "No debería encabezar esto, la gente va a pensar que solamente busco fama". ¿Sigue sonando estúpido? Lo es. Es ridículo que pensemos que la motivación de alguien para todo es llamar la atención. Es subestimar de forma horrible a un ser humano. 

 Pasa todos los días. Cualquier persona famosa que hace algo bueno de forma pública se lo acusa de careta, de querer publicidad. No obstante al ser algo público inspira. Despierta. Nos hace ver que un cambio es posible. Muchas veces nos invita a participar, a hacernos parte. Si alguien reconocido muestra que hace casas para la gente sin techo puede que algunas personas lo vean y piensen "yo también podría hacerlo". Me acuerdo una situación puntual: Escuchando Perros de la Calle un día llamó a la radio alguien de un lugar de residencia contando que el techo de una habitación común (supongamos que el comedor) del lugar (donde vivía mucha gente) se había caído y no podían seguir así. Andy Kusnetzoff se comunicó con una empresa proveedora de materiales de construcción y el dueño (o responsable o encargado, no aplica) simplemente dijo “decime qué necesitás y adónde lo mando”. Sencillo, simple. Van a decirme (y con razón) que con esto se hizo publicidad. Sí, sin duda, pero las cosas llegaron, el problema se resolvió. Es un trato ganar-ganar, y no por ello hay que verlo meramente como publicidad.

 Pero el que nada hace ni nada quiere hacer solamente ve negro. No hace ni pretende dejar que los demás hagan, para no ser puesto en evidencia. Si él hace se nota que yo no hago, entonces mejor que no haga. O mejor aún, manchar lo que hace con una motivación egoísta para dejarlo además mal parado. Y la comodidad se perpetra.

 Hay quienes rehúyen del protagonismo toda la vida, y me parece bien. Hay quienes lo buscan todo el tiempo, y no necesariamente me parece mal. "Ser conocido por trabajo es lo que todos anhelamos, pero la exageración al reconocimiento público tiene más sinsabores que cosas agradables. ¡Vos no podes querer ser famoso! ¡Es como querer ser pelotudo!" dijo Ricardo Darín, seguramente con mucha razón. En una conferencia de prensa con Esteban Lamothe (actor que hace de Alejo en la película Abzurdah) nos contaba que la gente le decía genio hasta que se negaba a sacarse fotos (por motivos muy válidos, como estar tratando de cuidar a su hijo y pasar un rato con él), cuando pasaba a ser un pelotudo engreído. El reconocimiento forma parte de la realización personal, pero la exageración es peligrosa, te expone, te quita humanidad. Parafraseando a Robert Plant, diría que ninguna conversación sobre reconocimiento y una buena acción tiene sentido. Lo hacés y punto, no importa por qué. El mundo no gira por intenciones, y sabe Dios que yo no soy quién para juzgarlas.


La soberbia mira desde más arriba y no llora penas ajenas, en cambio el autoestima se transmite y contagia a cualquier persona buena.

lunes, 27 de abril de 2015

Una amiga me recordó: Lo que hacés lo pagarás

 Está hecho. No tiene vuelta atrás. En parte, sabés que es mejor así. Diste el paso y las consecuencias parecen venir en avalancha. La mayoría las viste venir, pero algunas ni las sospechaste. Para el caso es igual, porque hay que hacerles frente de todas formas. De eso se trata, de ponerle el pecho. 

 A veces toca dar el salto. Llega el punto exacto donde no podés evaluar más posibilidades, no podés tener en cuenta más escenarios, no podés seguir pensando en todo lo que podría o no pasar. Todas esas cosas que te queman la cabeza las tenés que dejar a un costado para avanzar. Y en realidad el momento en el que esto pasa es porque ya no importan las posibilidades, ya no importan los escenarios, ya no importa lo que podría pasar. Lo que te carcome por dentro es mucho más grande y mucho más fuerte que todo eso. No podés seguir así. Llega ese instante en el que o se hace algo o se explota, donde se habla o se calla para siempre. Donde se decide de una vez y para siempre, porque las consecuencias van a cambiar el rumbo de forma definitiva y va a haber algo que ya no va a volver a ser de la misma forma nunca más. 

 Esos momentos los comparo con el momento en el que te ponen los arneses en la montaña rusa. Hiciste una fila de quince minutos, de media hora o de dos y ahí estás, preparado para un viaje que va a inyectar en tu cerebro una dosis soberbia de adrenalina. Y vos sabés que va a ser así y la tensión aumenta antes de que empiece, ya en el momento en el que te sentás. Venís jugadísimo. Es como cuando te subiste al trampolín… no vas a volver a bajar por la escalera que subiste. Esa tensión genera una impaciencia monstruosa, al punto que es preferible terminar con ella avanzando que seguir sufriéndola. Y esperar la reacción que a esa acción sucede. 

 Creo que lo más gratificante de eso es la libertad del instante entre que la tensión de avanzar termina y las consecuencias llegan. Cuando escuchás que los carritos de la montaña rusa empiezan a andar. Ese momento exacto en el que el miedo quedó pintado ante nuestro ataque de valentía y nos entregamos no con resignación sino abrazando lo que pueda llegar. Y solamente podemos hacerlo porque antes soltamos, antes decidimos que la carga era más de la que podíamos seguir sosteniendo. El miedo, la resignación y las ideas que te consumen la cabeza quedaron atrás. Así tenía que ser.

 Siempre estuve en contra de pensar que el fin justifica los medios porque me parece una idea cobarde. Es el ímpetu de no hacerse cargo de los medios utilizados solamente porque consideramos que el fin fue justo. Ya con eso basta para lavarse las manos. En cambio creo que si elegimos un medio tiene que convencernos y tenemos que poder defenderlo. Y, si fue equivocado, asumirlo. Asumir la reacción que nuestra acción provocó. Pero a diferencia de la física, en la vida la reacción no suele ser equivalente y casi nunca es sólo en sentido inverso. Por el contrario, las reacciones o son menores o son exponencialmente mayores y se disparan hacia todos lados. Tus acciones pueden tener repercusiones que no solamente te afecten a vos, sino también a muchas otras personas. Te conviene estar de acuerdo con ellas.

martes, 14 de abril de 2015

Pierdo la vida en una vuelta de ruleta, pierdo la bocha por hacer una de más

 Maldita o bendita costumbre la de siempre apostar una vez más. Bueno, en términos prácticos suena siempre a pérdida insensata, a que se pierde la casa y el auto. Y de hecho muchas veces pasa, muchas veces en vez de gambeteada maestra, de esas que el público recuerda por años, es solamente una de más y el público abuchea y te trata de morfón. Y al igual que en el fútbol, tu público -empezando por vos- es resultadista. Si sale bien sos un maestro, lo bien que hiciste en seguirla porque ibas a demostrar maestría. Si sale mal sos un muerto, te tendrías que haber dado cuenta de que tenías que soltar la pelota antes y tenías más chances.

 Lo bueno es que en la vida la mayoría de las apuestas son equivalentes a usar dinero ficticio. Probás y te tirás a perder todas las fichas que te consumieron más tiempo que plata real. Sí, realmente conseguir una buena cantidad de fichas tiende a consumir mucho tiempo independientemente de si son pagas o no. Lo bueno es que estas apuestas siempre cuentan con un premio consuelo que llaman experiencia. En palabras del Ringo Bonavena, "un peine que te dan cuando te quedaste pelado". Algo de razón lleva, pero puede pasar que te compres una peluca o que veas a alguno que todavía anda con pelo, y alguien lo pueda usar. 

 Y en eso sí que somos expertos, en ignorar la experiencia ajena. Alguien ya se partió la cabeza contra esa pared y vos la mirás y decís “no, pero mi cabeza es más dura”. Un par de puntos y un chichón importante más tarde te das cuenta de que te convendría haber hecho caso. Mi viejo decía “mirá los errores ajenos, que no vas a tener tiempo de cometerlos a todos” en un intento para que yo evite al menos sus equivocaciones. Sin embargo el hecho de cometer los propios errores tiene su magia y su gusto, el aprendizaje es distinto. El problema es que el aprendizaje en esencia sirve para enfrentarse a situaciones del futuro, porque el pasado no se puede cambiar. Si aprendés algo que te costó  lo que ya no vas a recuperar o sobre lo que no vas a volver a enfrentar, de poco te sirve a vos. Capaz es eso lo que nos falta evaluar a la hora de querer cometer nuestros propios errores.

 Lamentablemente tampoco puedo dejar de pensar… ¿Y si es otra pared? ¿Y si me pongo un casco? ¿La varianza va a estar de mi lado? Vivir es arriesgarse constantemente, “el que no arriesga no gana” y si nada pretendés ganar… ¿Qué estás haciendo? Demasiada seguridad anula. Muchos de los grandes inventos de la historia fueron de gente completamente osada. Y muchas de las grandes historias también nacieron de gente osada. Gente que arriesgó su patrimonio, su trabajo e incluso su propia vida. Algunos hasta perdieron todo eso y aún consiguieron el objetivo colectivo. Algunos se perdieron en la historia, y otros la escribieron. Pero sin duda pocos quisieron ser recordados como gente pasiva o cobarde, porque la historia contra ellos no tiene clemencia. 

 ¿Entonces todo es apostar sin fijarse las consecuencias? Yo creo que no. Hablando de póker uno calcula las posibilidades que tiene de ganar a través de un método matemático, y en eso basa su jugada. Eso hace que sea más o menos seguro, pero lo cierto que es que en el momento de la verdad la varianza es la que actúa. Con un porcentaje apenas mayor al 1% se puede ganar y con uno cercano al 90% se puede perder. Y quizás ni siquiera se trate de eso, sino de qué hacer una vez que se hizo all in e incluso con las posibilidades a nuestro favor se falla. Entonces recuerdo a Rudyard Kipling en un poema que alguna vez me llevó a las lágrimas: “Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta, y perder, y comenzar de nuevo por el principio, tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, y lo que es más, serás un hombre, ¡hijo mío!”

No sé si nací para correr, pero quizás nací para apostar

domingo, 22 de marzo de 2015

Como juzgar al sol por salir de día

 Hoy escribo movido por la indignación. Me cuesta creer que todavía en el 2015 estas cosas sigan pasando, pero más aún, me cuesta creer que pasan porque hay toda una sociedad atrás que lo avala. Daiana García murió hace apenas unos días y las redes sociales se plagan por igual de indignación y de comentarios sacados de la época de las cavernas.

 Una chica de 19 años fue a buscar trabajo y no volvió a aparecer. Eso fue lo primero que me enteré, y sufrí un poco en silencio porque sabía que no iba a volver. Porque sabía que era un método efectivo de secuestro la simulación de una entrevista laboral. De todas formas apoyé la búsqueda desde mi humilde (y un poco inútil) lugar. Algunas horas más tarde aparecería muerta.

 Cuando vi que había sido encontrada semidesnuda y muerta un escalofrío me recorrió la espalda. Una chica de 19 años de Paternal. Como fue ella podría haber sido una amiga mía, una compañera de curso, la novia de un amigo. En otras palabras, el hecho de que no esté llorando ahora mismo es porque, por algún motivo, no me tocó tan de cerca. Pero por casualidad.

 Es indignante y duele que pasen estas cosas. Pero duele todavía más tener una sociedad de fondo que hace de la víctima un culpable. "Estamos en una sociedad que como te ven, te tratan" leí hace muy poco, de alguien que después pretende argumentar sobre la forma de vestir con la que fue a buscar el trabajo. Me pregunto cómo llegamos al punto donde el foco lo corremos hacia la culpa que pueda tener la mujer. A esto le encuentro 2 explicaciones posibles:
  • La primera es el miedo, y es la única que entiendo un poquito, y en vez de tanta bronca me genera lástima. Haciendo de la mujer que fue víctima una culpable, desentenderse es fácil. Es más sencillo decir "a mí no me va a pasar" si ella "se lo buscó" porque "yo no me lo busco/mis cercanos no se la buscan". Entonces todo me toca de lejos, nada me llega a afectar. Si ese es tu caso, pobre ingenuo, abrí los ojos, que si no te pasó fue prácticamente una cuestión de suerte. Dejá de echar culpas y ayudá a que esto deje de pasar.
  • La segunda es que simplemente se trate de un hijo de puta hecho y derecho. Hacer de la víctima un culpable es un arma de manipulación masiva y peligrosa. Y por no caer en la ley de Godwin*, voy a hablar de nuestro país: en Argentina hay quienes todavía creen que todos los desaparecidos algo habrán hecho. Esa chica algo habrá hecho, habrá vestido provocativamente. Vestir provocativamente es un manifiesto deseo de no querer ser respetada, por el contrario, es desear ser violada y asesinada. El delito deja de ser la violación, el delito deja de ser que una manga de hijos de puta -porque otra clasificación no cabe- secuestren minas para prostituirlas. El delito es vestir provocativamente. Entonces la mujer es culpable, y el violador un justiciero. Es el mismo pensamiento que justifica el gatillo fácil.
 Escribí este post unos días antes de poderlo publicar (por motivos personales). Hoy se sospecha de que fue un amante quien la mató, y parece que todos están más tranquilos. Por otro lado están enjuiciando a Mangieri. Ruego que realmente sean dichos los culpables, porque sino es todo más grave. Si son tan solo chivos expiatorios entonces es peor. Porque gustan, porque convencen de que "a vos no te puede pasar" y la gente sigue viviendo en su burbuja. "Fue mala suerte, justo le toco ese portero. Mi portero por suerte es de confianza" "Ella se lo buscó por salir con alguien así, yo me fijo bien con quién salgo". Pero hubo chicas que, en este lapso, siguieron desapareciendo. Al menos me enteré de 4 en la semana. Abramos los ojos.

 Así que vos dejá de insultar tratando de puta. Dejá de decir "se saca esas fotos y después quiere que la respeten". Dejá de pensar que no te podría pasar. Dejá de ser cómplice, de quedarte callado cuando hacen comentarios del siglo XV. Dejá de insinuar que ella puede tener la culpa. Vos, feminista, deja de apelar a revanchismos baratos (los he visto hasta gramaticales) y no distraigas tu lucha, movete por un cambio real y tangible (ninguna mujer dejó de ser ultrajada por decir "todos y todas"). Y vos, varón, no consumas prostitución. ¿Por qué? Simple: porque la mujer que te estás cogiendo podría ser una mujer secuestrada. Podría ser tu prima, tu amiga, tu hermana o la que te parió.

Say no more.

*La ley de Godwin establece que "A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno". Sé que este post no es una discusión, pero igual aplica.

martes, 10 de marzo de 2015

Soy mi soberano

 Tengo, como todos, mi ley. La forma en que me muevo, cómo hablo, cómo me expreso, cómo actúo. La parte consciente. La que decide. Si decide bien o mal, solamente el tiempo puede terminar diciéndolo. ¿Cometo errores? A oleadas, como si no hubiera mañana. ¿A propósito? No por el afán de equivocarme, pero a veces sí, consciente de que seguramente fuera un error. Pero no estás seguro de que algo es un error hasta que no ves las consecuencias. Todo el resto son especulaciones.

 Sin embargo hablar de lo que hago no es hablar de causa sino de efecto (aunque claro que todo efecto no es más que una nueva causa y toda causa es efecto de otra anterior). Si varias personas se comportan como yo, o parecido, es demasiado riesgo asumir que lo hacen por la misma motivación. El hecho de que yo haga algo y lo haga así tiene que ver con variables como mis ideales, mi experiencia, mi motivación y mi personalidad. Todo eso tiene su cuota de azar, porque uno no elige sus experiencias ni su carácter, y los ideales tienen una buena parte de idiosincrasia (en criollo "lo mamado", lo heredado). Es decir que, en definitiva, gran parte de las decisiones que tomamos se ven influenciadas por cosas que no podemos manejar o decidir. Claro que podemos intentar cambiar, pero parte de todo esto que no podemos manejar es el considerar que nuestras estructuras son las correctas en menor o en mayor medida. Siempre tenemos que tener un punto de apoyo desde el cuál juzgarlas, esa es la "piedra fundamental" en nuestra arquitectura personal.

 Quede claro que no estoy emitiendo juicio al respecto de si es bueno o malo que funcionemos así. Supongo que más allá de bueno o malo, es necesario y es razonablemente práctico. Mi punto es que todo lo que hacemos de forma consciente tiene un por qué inconsciente y un por qué consciente, no sale de la nada. A simple vista parece algo obvio haciendo introspección, pero no lo es tanto mirando para afuera. Vivimos mirando al resto juzgándolos con nuestra vara, con nuestra lógica, con nuestra experiencia, con nuestra motivación. Y resulta que el otro tiene su vara, su lógica, su experiencia y su motivación. Tiene otra forma de concebir las cosas y otra forma de enfrentarlas. Y eso no lo hace malo, imbécil o cruel. Lo hace otro. Tildamos al resto de tantas cosas sin darnos cuenta de que hay motivos muy válidos para que se comporten así. Seguro que si por cada actitud que vemos negativa en el otro pudiera tener la chance de explicar de dónde le sale actuar así mucha menos gente nos caería mal.

 Y con razón a veces nos sentimos tan incomprendidos, porque nadie está en nuestra cabeza. Nadie sabe lo que pasamos. Nadie sabe lo que sentimos. Nadie sabe cómo nos afectan las cosas. Nadie sabe por qué nos afectan así. A veces ni siquiera nosotros.


Que yo no soy, que es él, que yo actué bien y él no.

viernes, 27 de febrero de 2015

No dejes que te pase el ganado por encima

 ¿Cuál es tu norte? Vamos, tu objetivo, tus sueños, a lo que apuntás, lo que querés hacer. Detenete a pensarlo un segundo. Pará... ¿estás seguro? Entonces jugate entero. Ya. Ahora. Dalo todo. No mañana, no la semana que viene. No esperes al lunes, empezá ya. Porque creeme que si hay algo inclemente, algo que de verdad no te va a perdonar... es el tiempo. No hay forma en que te devuelva ni 5 segundos que hayas perdido distrayéndote en intentar ser quien otros querían que fueras. Muchos entregarían todas sus posesiones por 5 minutos más de vida, y podés estar seguro de que tal intercambio no es seguro. Al final, a tu última morada no va a acompañarte ni siquiera tu cuerpo.

 No tengas miedo a equivocarte porque esa es la mayor trampa para el fracaso. Equivocarte es un paso, no un obstáculo. Un científico dijo que no se equivocó formulando 999 hipótesis incorrectas hasta llegar a tener razón formulando la número 1000, sino que fue un experimento de 1000 pasos. Realmente es ingenuo creer que un camino se bifurca entre el fracaso y el éxito, porque no es así. El éxito es un largo camino de fracasos y en eso te tenés que enfocar. Equivocate. Equivocate de nuevo. Equivocate mejor.

 Dentro de 20 años o de 2 semanas es probable que te arrepientas más de lo que no hiciste que de lo que te equivocaste haciendo. Hacé. No tengas miedo a romperte, porque no tiene sentido haber pasado por todos los cachetazos que la vida te da por defecto para que no haya valido la pena. Hacé que valga la pena, salí a pelear por lo que querés. Salí a hacer realidad lo que está en tu cabeza, porque nadie lo va a hacer por vos.

 "Tenés que ser realista" ¿Realista? Los hermanos que pensaron que el acero podía flotar no fueron realistas. Lo pensaron hace más de 100 años. Creer que podemos suspender 397 toneladas en el aire y llevarlas a pasear por todo el globo no es realista. Eso es lo que pesa un Boeing 747 con pasajeros. No es realista que las obras completas de 1000 autores puedan entrar en unos pocos centímetros cúbicos. No es realista que toques un botón y haya luz. No es realista poder oír la música de un artista muerto. Ser realista es una barrera, una mentira que nos acomoda en el sillón. Nos hace un número, un cliente, un engranaje.

 Un actor al que admiré siempre fue Will Smith. Un verano su padre derribó una pared de ladrillos en frente de su negocio, y le dijo a Will de 12 años y a su hermano de 9 que la reconstruyeran. Un trabajo que ellos dijeron que era imposible. Les llevo un año y medio, pero lo hicieron. "Me dijo: 'Jamás me digas que hay algo que no puedas hacer'. No tratas de construir una pared. No sales a construir una pared. No dices 'voy a construir la pared más grande e imponente que se haya construido jamás'. No empiezas ahí. Dices: 'Voy a poner este ladrillo tan perfectamente como un ladrillo pueda ponerse' y lo haces todos los días y pronto tienes una pared."

 Basta de excusas. Simplemente empezá, y empezá ya. Lo puedes imaginar, lo puedes lograr.

No es el criticón quien cuenta. Ni quien señala cómo el hombre fuerte tropezó. O dónde el que hace la hazaña podría haberlo hecho mejor. 
El mérito pertenece al hombre en el campo de batalla, cuyo rostro está dañado por el polvo, el sudor y la sangre. Quien lucha con valentía. Quien se equivoca y falla una y otra vez. Quien conoce los grandes entusiasmos, las grandes dedicaciones y se empeña en una causa noble. 
Quien, en el mejor de los casos, encuentra al final el triunfo del gran logro. Y quien, en el peor de los casos, si falla por lo menos falla atreviéndose.
De modo que su lugar jamás estará con aquellas frías y tímidas almas que no conocen ni la victoria ni la derrota.

lunes, 23 de febrero de 2015

No estoy solo, de verdad. Me acompaña mi propia soledad.

 A veces estás envuelto en un abrazo enorme, o caminando en medio de la Av. Corrientes donde a nadie le importa más que su propio trayecto y te chocan de forma despiadada... y de todas formas te sentís en medio del desierto. Como si fueras el último ser humano en la Tierra. Como si toda la humanidad se hubiera escapado de tu mundo. Porque eso sentís exactamente, que la gente que estaba en tu planeta escapó.

 No, no es que nada más desapareció. Se fue. Voluntariamente. De alguna forma la soledad trae de la mano a la culpa, siempre te hace sentir que vos sos el responsable. Te convierte en tu enemigo. En tu peor enemigo, sin duda, porque es el único que conoce todas tus debilidades... y muchas veces no te tiene piedad. A veces como una masa oscura y opresiva, un monstruo que se te sienta en el pecho y molesta al respirar. Confiás en el tiempo, el bendito tiempo que todo lo cura, que todo lo resuelve. El maldito tiempo que pasa sin pedir permiso, que te lleva puesto si te quedaste quieto sin importarle tu pasividad. Como tantas otras cosas, un arma de doble filo. Depende de la propia habilidad para manejarla. ¿Será que, con una cuota de suerte, la solución caiga del cielo?

 La soledad no se rige en números... da igual si estás en tu habitación a oscuras o en el subte apretado como dentro de una lata de sardinas, podés sentirte de la misma forma solo o acompañado. Lo único cierto ahí es que te sentís así, que no importa mirar a tu alrededor y comprobar que, efectivamente, la gente sigue ahí. Estás solo. 

 En la noche se hace notar más, cuando ya los ruidos externos van menguando con la luz hasta extinguirse casi por completo. ¿Cuánto de lo que pensamos o hicimos de noche no hubiera pasado de día? ¿Será que la oscuridad trae magia, trae valentía? ¿O simplemente el descenso de la temperatura, de la luz y de los sonidos hacen que podamos divagar más? La noche, ahora tan asociada con la fiesta nos puede recordar que no estamos en una. O si, de casualidad estamos, si nos sentimos solos podemos buscar compañías poco saludables. El alcohol seduce tanto con la promesa del olvido momentáneo que resulta un amante cruel y traicionero porque, creeme, más tarde o más temprano en ese mismo lapso de tiempo te va a pasar factura multiplicando todo lo negativo de golpe. 


 No siempre podés esquivar la soledad con música o entretenimiento. Algún día, de una forma u otra te terminás quedando a solas con vos mismo. Y en ese momento te deseo que al menos te soportes. Porque creeme que cuando sentado en el campo rodeado sólo por oscuridad y las estrellas tu única compañía es el murmullo de un río... te encontrás (sin poderlo evitar) con vos mismo. Y seguro sos demasiado inteligente como para poder aparentarte a vos mismo ser más interesante o menos imperfecto. Buena suerte.


No estoy solo, somos dos con mi tarde triste y yo.

martes, 10 de febrero de 2015

¿Qué harías tú si Adelita se fuera con un comisario?

 Un día te levantás y te das cuenta de que ya no es lo mismo. Ya no la querés como antes. O no te quiere ella. En ese caso puede pasar que un día te levantes y sigas sin darte cuenta pero te lo haga notar.

 Vos podés pensar que es pasajero, que es una etapa, que ya van a estar mejor. Pero nada es igual. "¿Estaremos madurando?" te preguntás, con razón. Puede ser. De repente ella te hace ver que no son tan compatibles como pensaban. Que acá y allá no tienen nada que ver. Y vos pensás "Bueno, las diferencias nos enriquecen". Pero no, no lo hacen. Las diferencias hacen que choquemos. Las diferencias no están en las tonterías o en algunas ideas. Están en lo más profundo. Son formas distintas de vivir y de ser. Son caminos claramente marcados... hacia lugares distintos.

 Capaz vos no creés en nada de eso, pero ella sí. Y en honor al amor y a la libertad que viene enganchada a este la dejás ir. No porque quieras, no porque no lucharías... sino porque es ella la que tomó una decisión y lo mínimo que podés hacer en nombre al cariño que decís tenerle es respetarla. Podés querer correr a su casa y plantarte en la puerta esperando hablarle o podés comerte las ganas -y las uñas- y reprimirte. Después de un tiempo (¿Qué importa cuánto?) la ves feliz con otra persona. Y vos ahí, queriendo mostrarle que darías todo por mirarla a los ojos un poco más. En eso se basa el título de este post. La canción que alguna vez le escuchamos seguramente a algún mariachi reza "Si Adelita se fuera con otro la seguiría por tierra y por mar, si por mar en un buque de guerra, si por tierra en un tren militar". Sabina, en "La canción más hermosa del mundo" retruca con la pregunta del título. ¿Qué harías si, queriendo a alguien con locura, dispuesto a todo, está con quien le da vuelta el mundo, quien le da felicidad? ¿Está el amor en resignarse y dejarla ser feliz con otra persona? ¿O está el amor en apostar una vez más, en no importar más que el amor y volver a intentarlo, aunque se pueda importunar? ¿Nos equivocamos en dejarla ir, o nos equivocamos en quererla recuperar?


Amor y deseo son dos cosas diferentes; que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama.

 Como es común, no tengo respuestas a estas preguntas. Alguna vez me dijeron que es más importante preguntarse que contestarse. Espero que nunca me pase.

lunes, 5 de enero de 2015

Tan sólo sueños alocados de un gringo argentino

 Siempre creí que, independientemente de cuestiones morales, uno simplemente no puede juzgar a alguien por algo sobre lo que no tuvo elección. El hecho de juzgar o no en general se lo dejo a la moral, pero esto lo considero sentido común. ¿Cómo culpar a alguien, cómo tomar algún tipo de actitud frente a alguien por algo que no eligió? Uno puede no estar de acuerdo con una forma de pensar o un sentimiento, y en base a eso adoptar una postura frente a quien tiene dicha forma de pensar o dicho sentimiento, pero... ¿Cómo adoptar una postura frente a alguien por algo con lo que no tuvo nada que ver, sino que le vino en suerte?

 Ese razonamiento es el mismo que me lleva a no poder sentirme orgulloso de mi lugar de nacimiento. No es algo que me haya ganado. No es algo que yo haya conseguido. No es algo que haya logrado. Me tocó nacer en Buenos Aires como me podría haber tocado nacer en Rosario, en Kuala Lumpur o en Viena. ¿De qué voy a sentir orgullo? ¿De haber nacido en los mismos Km² que artistas, deportistas y científicos destacados? No elegí nacer, mucho menos elegí el lugar o las condiciones. Entonces no hay ningún mérito en ser argentino o ser chileno, en ser australiano o ser polaco. La xenofobia me parece tan absurda como el patriotismo. Tenerle cariño, amor, respeto o lo que fuere a una tierra que delimitó un desconocido hace 200 años y que fue variando me parece simplemente ridículo. Tierra del Fuego se consideró una soberanía argentina en la década de 1880, y Buenos Aires desde la gesta del país. ¿Debería "honrar" menos a Tierra del Fuego? Si incorporáramos nuevos territorios... ¿debería amarlos?

 Por eso me resulta entre triste y divertido cuando un argentino insulta a otro o lo denigra por usar remeras con banderas extranjeras. ¿Uno es menos argentino usando una bandera británica? ¿Más argentino usando una argentina? Esto es incluso más inentendible si pensamos en la historia de nuestro país: nuestra identidad está marcada por la adopción de lo extranjero. El 51% de la población nacional tiene raíces italianas. ¿Son menos argentinos? ¿Alguno de ustedes conoce a algún originario? Nuestra bandera lleva los colores de la Orden de Carlos III, de la Casa de Borbón. Nuestro deporte más popular es británico, al igual que una buena porción de la música, y otra buena porción se la lleva EE.UU. Nuestras comidas tienen orígenes árabes y mediterráneos en su mayoría. Y todo esto sin mencionar cómo los gobiernos han mirado hacia Europa y han abierto brazos y piernas tan hospitalariamente a sus mercados. No quiero ni siquiera dedicar palabras al chauvinismo idiota que hace que nos podamos sentir superiores al resto de Latinoamérica, más aún porque algunos se basan en su "raza" para sentirse así (la cual, por supuesto, no tiene una pizca siquiera de la población autóctona).

 Ah, claro, se escandalizan de las banderas británicas por la guerra. Guerra que usó un gobierno de facto para intentar mantenerse en el poder. Guerra que significó la muerte de más de 600 pibes en combate y un número no tan alejado de suicidios posteriores, además de más del doble de heridos y quién sabe cuántos traumas. Sí, claro, defendamos esa guerra, esa noble causa. Defendamos la soberanía. Les pido por favor que antes de hablar de soberanía y defender la patria y todas esas yerbas que se contesten a ustedes mismos: ¿Cuántos m² compran 5 o 6 litros de sangre de un hermano, de un hijo o de un amigo?


Muchos calzan gorro frigio solamente por ser calvos

martes, 16 de diciembre de 2014

Tinteros borrachos de tinta que ordeño a diario

 ¿Habrá mayor descarga del alma que la que puede lograr el arte? No puedo hablar de pintura, de fotografía o de música, porque de eso no sé (mis intentos en este último fueron bastante pobres). Pero sé de la prosa, y lo que puede generar en uno querer ser parte de ese mundo.

 Sentís que sos el ser más desdichado, o el más feliz... el más despreciable o el héroe de la situación. En cualquier caso, la hoja te salva. Tus dedos empiezan a moverse casi por su cuenta dejando como rastro un código que solamente vos entendés a fondo. Porque cuando lo hacés de verdad "vil" y "malvado" no tienen nada que ver, "cortés" y "amable" no tienen relación. Podés ir pausadamente o completamente frenético, seducido por la idea de ser leído o con la intención de que tu texto jamás vea la luz. A veces te sentás con la intención de escribir y a veces la intención de escribir te saca de lo que sea que estés haciendo y te lleva a la silla. A veces, así y todo, las palabras pueden trabarse o empezar a amontonarse sin sentido, escribiendo cosas que ni imaginaste o que no te gustan nada. 


Sólo ante el papel puedo eliminar tensión, él me entiende y no me cobra 80 euros por sesión 

 ¿Por qué escribir? Creo que para toda expresión artística la respuesta es la misma: Porque no te queda otra. Porque tenés la necesidad que te nace de adentro de expresar tu visión de lo que pasa en tu mundo, independientemente de si va a ser percibido por alguien o no. Y en esta necesidad no te frena tu falta de talento o tu poca habilidad. De cualquier forma, hagas lo que hagas, nunca tu obra te va a gustar lo suficiente. Nunca va a ser lo suficientemente buena. Y te quedan dos opciones: frustrarte y dejarlo todo o trabajar esperando el milagro de que alguna vez seas bendecido como lo fueron los que muchos llaman "viejos maestros". 

 Alguna vez escuché que ninguna obra propia impresiona o siquiera conforma al artista por su buen gusto, el mismo buen gusto que lo llevó a amar el arte en sí mismo. Ese mismo buen gusto lleva a la búsqueda de la perfección y siempre encontramos el detalle que no nos gusta y podría estar mucho mejor, pero no encontramos la forma. Varios escritores recomiendan en este punto no pulir demasiado, dejar todo como está. Saben bien que no hay manera de autocomplacerse, y que uno puede escribir el mismo cuento toda la vida. Si se quiere publicar se tiene que dejar ir así, con sus imperfecciones.

 En el papel sos libre. En el papel todo puede terminar muy bien, muy mal o incluso puede no terminar nunca o dejar la duda de qué fue lo que realmente pasó. En el papel exagerás la tristeza de tu desdichado personaje para que la tuya se vea muy chiquita, o exagerás su alegría pensando en cómo te gustaría tenerla vos mismo, y te sentís un poco mejor -porque al menos él es feliz-. En el papel explicás como te sentís sin decir una sola palabra sobre vos mismo, incluso podés hacerlo sin describir cómo se siente absolutamente nadie. Una buena amiga me comentaba hace unos días que todas las historias románticas de Jane Austen terminan bien porque ella había tenido una historia de amor muy frustrada. Alguna vez leí "Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores." como consejo para jóvenes escritores... y no puedo dejar de notar cómo la comodidad arruina la creatividad. 

 Y realmente podría escribir -al menos eso siento- mucho más al respecto, pero al riesgo de no terminar jamás prefiero publicar hoy. En cualquier caso siempre voy a poder editar o hacer una segunda entrada al respecto. El tiempo dirá.