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martes, 8 de mayo de 2018

No saber por dónde empezar

"Ok, vamos a sentarnos a escribir. Voy a escribir sobre... ¿qué? Bueno, pensemos. ¿Esto? No, no me convence. ¿Esto otro? No. Esto, dale. ¿Cómo empiezo? No, así no. Así. ¿Y ahora cómo sigo? No, lo dejo a un costado. Empiezo con otra cosa..."

Si no me equivoco es Stephen King el que dice que hay que escribir dos mil palabras por día, de lo que sea. No sorprende que tenga alrededor de 60 novelas escritas, sin contar colecciones de relatos. La mayoría de los que hablan sobre el oficio de escribir comparten, sin embargo, en que hay que escribir para aflojar la mano. Son pocas las veces que puedo evitar la secuencia de no saber por dónde carajo empezar. Tengo problemas con la hoja en blanco, pero tengo más problemas aún con seguir sin saber dónde voy a terminar o por dónde quiero pasar.

Hoy se me ocurrió la brillante idea de revisar cosas viejas que hubiera escrito, que hubiera dejado por la mitad a ver si puedo darles una vuelta de tuerca y terminarlas. Resulta que en la computadora guardo cosas que escribo desde los 10 años. Sé que es una boludez juzgar a mi yo de 15 años por las pavadas que escribía, ¿pero mi yo de 18? ¿El de 20? La madre que me parió, leo pedantería a cada párrafo. Leo un estilo que pretende ser épico o interesante desde lo rimbombante de las palabras más que desde el contenido. Me odio un poco.

Siento que no puedo avanzar entre las ideas de mierda. Siento vergüenza, me pregunto si habré avanzado algo aunque sea. Me río de mis propias ocurrencias o motivaciones. Me leo hablándome a mí mismo de otras edades desde una edad que yo tampoco ya tengo. Me veo en opiniones que conservo y en otras que ya no tengo. Me alegro al menos en descubrir la lógica de por qué pensaba de determinada manera y qué me hizo cambiar de opinión (eso me ayuda a perdonarme un poco).

Qué difícil escribir ahora pensando que en dos años me va a dar indigestión leerme. Lo dije hace poco y lo repito: aunque me haga cargo de todo lo que hay en este blog, no me animo a leer los primeros escritos. Tengo terror. No sé si me da más miedo encontrarme en ideas de mierda o en una escritura de mierda. O ambas.

Pensándolo bien, y desde otro lado, también debe ser una cagada mirar para atrás y descubrirse genial. Descubrir que se alcanzó un nivel altísimo, de excelencia. ¿Cómo escribir pensando que ya escribiste lo mejor que podías dar? ¿Qué pasa si no estás ni a tu propia altura? Al final es una suerte que no me pase.

miércoles, 25 de abril de 2018

Volver en el peor momento

Crucé la puerta y la lluvia empeoró a la vez. Chequeé la hora y ya era tarde. Para colmo, sin un mango para volverme en taxi. Guardé los papeles en la mochila, adentro de una bolsa de plástico para que no se arruinen. Salí a enfrentarme con el agua y esperar el colectivo.

Por suerte vino rápido. Tenía unos veinte minutos para repasar la mentira punto por punto, alguna vez escuché que la clave está en los detalles. Desde que lo aplico no falla. La cuestión, creo yo, es que los detalles vienen bien para cambiar el rumbo de la conversación.

Ok, estuve con los chicos desde que salí del trabajo hasta recién. Jugamos al truco, tomamos birra. Facundo nos contó que quiere cambiar de trabajo y el Chino está saliendo con una amiga de la hermana. Es bueno mechar verdades en el medio, no importa que eso me lo hayan contado por WhatsApp, da fuerza a la historia y previene que alguno de los dos se mande una cagada si los encontramos por la calle. Otra clave es depender sólo de uno mismo.

Si diez minutos pueden cambiarte todo, tres meses ni te cuento. El monoambiente que antes era suyo ahora es nuestro, ahora huele a vainilla, ahora es nuestro lugar y aunque sea más chico que mi habitación entra todo lo nuestro. Ella me espera en casa con la cena lista, porque hoy es jueves y le toca. Yo le llevo una historia para la entrada y un chocolate para el postre.

En el fondo me jode tener que mentirle, porque para colmo soy horrible para disimular mis caras. Si lo sabrá mi ex... me repitió "estás raro" una semana seguida hasta que me ganó por cansancio. Tengo que cambiar de tema rápido y listo.

Entre el beso de bienvenida y el "probá esto" ni se acuerda de preguntarme nada y yo no insisto en contarle tampoco. "Hoy cumplimos dos meses juntos, ¿te acordás? No importa, te entiendo, no te preocupes".Yo me quedo paralizado, intento disimular que sabía, que por eso el chocolate, que estamos grandes para regalarnos cosas por fechas en particular y más aún por cumplir meses. Ella se ríe, me da la razón y un libro que le comenté hace unos días que quiero comprar. "Me hacés muy feliz", me dice. Le digo que ella a mí también. Eso es verdad pero no ayuda.

Volvimos en el peor momento. Los análisis salieron mal, la médica me lo dijo con todo el profesionalismo, como si en las venas tuviera líquido refrigerante. Como si adelante no tuviera un tipo que está camino a morirse y le miente a la novia para disimular que no pasa nada.

viernes, 13 de abril de 2018

Diez minutos de más

Siempre trato de salir diez minutos antes de la oficina, como quien no quiere la cosa. Ojo, que no es maldad ni vagancia, ni esquivar un bulto de último momento. Es el subte. Esos diez minutos hacen la diferencia entre poder sentarme o viajar enlatado. Después queda desear muy muy fuerte que no se suba ninguna embarazada, ningún viejo (la mitad de las veces pasa, igual, y cedo más por culpa que por educación).

Diez minutos no parecen nada, pero cuando lo medís en situaciones así te das cuenta de que te puede cambiar el día. La lluvia es otro ejemplo: si salgo ahora llego seco, si salgo en diez me agarra a traición y llego hecho sopa, a punto caramelo para una gripe. El viernes pasado se me combinó todo: tuve que quedarme diez minutos de más por esos proyectos que nacen hoy pero tienen que estar para ayer y la tormenta se largó cuando había hecho una cuadra.


Me apreté en el vagón con una mezcla a partes iguales de agua y frustración. Al menos el calor humano previno la neumonía los cuarenta minutos hasta que me tocó bajar. Cuando salí lloviznaba un poco, pero ya sin molestar. A la vuelta de mi casa, veinte minutos desfasado de lo convencional, apareció adelante mío con un buzo con capucha que le quedaba grande. Nos despedimos cuando teníamos 16 y estamos al borde de los 23. 


Nos vimos a la vez y nos reconocimos al instante. Fue tan evidente que no pudimos ni hacernos los boludos y seguir de largo. Creo que a ella hasta se le escapó un gritito, o capaz fui yo. Ella me reconoció aunque ahora tengo barba y anteojos, yo la reconocí aunque haya crecido unos centímetros, se haya cortado el pelo y se le hayan terminado de desarrollar las tetas (o capaz se las hizo, no le pregunté).

Quisimos ensayar un saludo casual y al paso pero no nos salió. Nos quedamos mirándonos de arriba abajo. Ella reaccionó primero y amagó a abrazarme mientras me preguntaba "¿cómo estás?", yo reaccioné cuando ya la tenía encima, mientras respondía con el cariño de un autómata. Cuando pude hablar le pregunté qué hacía acá, si se había mudado a la otra punta del país hacía tanto. Resulta que se hartó y se mudó acá a una cuadra, que no tenía idea de que yo me había mudado también desde la provincia, que quería recibirse de diseñadora y allá no era tan fácil.

Habremos pasado unos quince minutos abajo de un techito hasta que nos decidimos por fin a tomar un café en un barcito de la zona. No me animé a invitarla a casa. Nos conocíamos de chicos y habíamos salido unos meses, con ese amor intenso adolescente, pero el trabajo del padre se la llevó a seguir con su vida en otro lado. En ese momento nos pareció una buena idea prometernos no intentar hablar para no sufrirlo más de la cuenta. No supimos más del otro.


Y ahora la tenía enfrente, con el pelo cortito y los mismos ojos curiosos de siempre. Yo, haciendo más esfuerzo por no parecer imbécil que por parecer interesante. No nos insinuamos en ningún momento, no paramos de hablar en ningún momento. Pasamos tres horas hasta que el bar cerró y la acompañé. Nos saludamos con un abrazo e hice las dos cuadras a casa pensando en por qué en ningún momento le conté que llevaba dos años en pareja.

martes, 25 de agosto de 2015

Soy sólo esto, barro nomás

 Hace algunas semanas tuve la suerte de poder entrevistar a Sebastián Rojas (productor del Maipo) acerca de su proyecto, Acá Estoy. Los resultados están en esta nota. No pude evitar que el proyecto me identifique y me llene de ganas de gritar también Acá Estoy. Principalmente porque creo que este espacio en sí se basa en decir “Acá estoy, estas son mis ideas”. Ya en el primer post hablé de mis ganas de compartir algunas cosas para las que Twitter me quedaba chico con sus 140 caracteres. Faltó agregar, en ese momento, que Facebook me resulta impersonal y masificado como para darle algo de identidad a lo que escribiera. No sé a quién pueda importarle una sola de las líneas –exceptuando a mis amigos, que al menos me leen por cariño-, pero francamente espero que a alguien le sirvan. Creo que ayuda preguntarse lo que acá contesto (¿Quién soy?, ¿Cuál es mi sueño?, ¿Cómo ves al mundo? y ¿Por qué gritás “Acá Estoy”?). Y por eso hago esto también, para invitarte a gritar conmigo Acá Estoy.

 ¿Quién soy? Me gustaría saberlo. Al menos saberlo en su totalidad, cosa que dudo que algún día pase. De todas formas, lo que sé de mí ya no entraría en las 600, 700, 800 o 1000 palabras que suelen tener mis posts. ¿Puede alguien ser definido? ¿Más aún, puede definirse alguien a sí mismo? ¿Bajo qué criterios? Son todas preguntas sin respuestas, pero que vale la pena hacerse. Puedo optar por hacer lo que el protagonista de Breve descripción de mi persona (canción del Cuarteto de Nos donde se le pide a un postulante una breve descripción personal debajo de la solicitud) y empezar a relatar datos aparentemente inconexos, mezclando la profundidad con la banalidad. Digo “aparentemente” por mi gusto por lo críptico, por lo que no se ve a simple vista sino que hay que entender que hay algo más allá. Soy un amante de la música, un junta-palabras (porque “escritor” me queda enorme), un periodista en proceso. Soy de los que intentan aplicar eso de “ser como te gustaría que fueran con vos”, aunque consciente de que no todos son así y muchas veces espero de más. Soy el que le pedís la mano y capaz te da el codo o capaz no te da bola. Según. Pero es raro que te dé sólo la mano. Soy el que, a pesar de que la RAE no lo recomienda, prefiere diferenciar “sólo” de “solo”. Soy el que era tímido y logró superarse. Soy el que se cayó y se levantó lleno de lastimaduras. Pero se levantó.

 Los sueños están directamente ligados a quiénes somos. Considero que es más fácil contestar uno teniendo bien claro el otro. Lamentablemente, no tengo claro ninguno de los dos. A nivel individual lo tengo más claro: mi sueño es ser artista. No importa el medio, porque el arte es algo que surge de adentro, importa el poder generar. Lo increíble, lo heroico, es generar en alguien lo que en mí generó Antoine de Saint-Exupéry, que todavía me abre la cabeza. Lo que en mí generó Alejandro Casona, que me llenó el alma de ganas de seguir leyendo. Lo que me generó Led Zeppelin, que me llevó a lugares de mi cabeza que no conocía. Lo que me generaron Szifrón, D’Elía,Peretti, Fiore y Seefeld o Bays, Thomas, Radnor, Segel, Hannigan, Smulders y Harris, que jugaron con mis emociones llevándome de la risa a conmoverme o sentir tensión. Aunque todas esas sensaciones en realidad se resumen en un cosquilleo en la panza que sube hasta el pecho. El día que pueda generar algo así voy a haber conocido eso que suele llamarse “éxito”. A nivel global… “paz mundial” me suena muy barato y trillado. Supongo que podría resumir mi sueño en lo que dijo mi héroe... que las personas se amen.

 Es difícil describir el mundo en el que vivimos. Creo que aplica un poco lo que dije sobre mí mismo: no alcanzarían caracteres para una descripción concreta ni un único enfoque posible. No obstante, vale soltar algunas ideas. Lo veo como el tiempo de las potencialidades: salvar al mundo en cualquiera de los niveles está más al alcance de lo que haya estado nunca. Hoy es posible educar, generar infraestructuras, alimentar a la población o mejorar el medio ambiente de formas con las que antes no contábamos. El problema lo veo en la gente. Los que tienen a mano las herramientas parecen no estar dispuestos a usarlas y los que parecen querer lograr un cambio no consideran tener las herramientas. Sin embargo, el acceso a la información con el que contamos ahora es una herramienta que ninguna otra generación tuvo hasta ahora y es lo que puede marcar la diferencia de forma definitiva y contundente. Es el momento de tomar conciencia. Un mundo mejor no es fácil, pero es posible.

 Yo grito Acá Estoy porque no me queda otra. Porque me sale de adentro, me quema la necesidad de hacerlo. Porque creo, como Ernesto Sábato, que una vida más humana está al alcance de nuestras manos. Porque somos considerados una generación estúpida por la generación que tanto daño le hizo al planeta, a la nación y a la sociedad en la que vivimos. Porque tenemos las chances que nadie tuvo antes que nosotros: un acceso a la información que hubieran envidiado todos los grandes científicos de la historia. Un chico de 10 años tiene la oportunidad de aprender el triple que en el colegio con un aparato que le entra entre los dedos. Porque no tolero que le hayan metido en la cabeza a tantas generaciones el odio a uno mismo, llevarlos al extremo de que perder un par de kilos importa muchísimo más que haber leído un par de libros. No tolero que nos quieran implantar la tristeza, y que nos quieran hacer creer que la felicidad está en el consumo y en el vacío de que nada ni nadie nos importe. Grito Acá Estoy para liberarme y ser parte de la libertad de otros, hacerme cargo. Porque creo que si todos demostramos que acá estamos, y estamos dispuestos a cambiar la realidad… la realidad va a ser otra. Hay esperanza. All will be well.

Sé de dónde vengo, sé dónde voy,
por eso sé dónde estoy, no me avergüenza lo que soy.
Sé cuál es mi lugar y a dónde pertenezco,
lo que no me corresponde y lo que merezco.
Soy sangre de mi sangre y soy mi costumbre,
soy mis hábitos y códigos, y mis incertidumbres.
Soy mis decisiones y mis elecciones,
soy mis acciones, solo y en la muchedumbre.
Soy mis creencias y mis carencias,
soy mi materia y mi esencia,
soy mi presencia y mi ausencia,
mi conciencia y mi apariencia.
Soy mi procedencia.
Soy mi herencia y mi experiencia,
soy mi pasado y mi vigencia.
Y esa vivencia es la referencia
que con otros me une y me diferencia.

martes, 18 de agosto de 2015

Poder decir adiós es crecer

 Creo que uno de los “clicks” más importantes del paso a la adolescencia es el descubrir que la vida no es pura alegría, felicidad y algodón de azúcar. De hecho toda la adolescencia se ve marcada con esto: primero una gran frustración al descubrir falibles a nuestros padres –que eran nuestros modelos- y al descubrirnos vulnerables a nosotros mismos. Después con esto viene la rebeldía, la resistencia a un mundo hostil e inseguro. Y es en la adolescencia, generalmente, cuando empezamos a tener decepciones con las personas. Descubrimos, también, que no sólo las demás personas no actúan como nosotros o como a nosotros nos gustaría, sino que algunos parecen empeñarse en hacer exactamente lo contrario a lo que nuestra moral nos indica. ¿Por maldad? No. Bueno, a priori la respuesta sería que no, que nadie se pondría a contrariarnos por mero gusto... aunque en realidad eso es algo que en lo que YO no gastaría mi tiempo. 

 ¿Hacemos bien en esperar algo del otro? Si. No. Tal vez, depende. Cuando uno entabla cualquier tipo de relación por elección -hablando de amistad y pareja, no de familia-, lo hace basándose en la confianza. Confianza en que no va a ser traicionado, confianza en que el otro no va a aprovechar nuestras confidencias para hacernos daño, confianza en que el otro va a apoyarnos, confianza en que el otro va a hacer cosas para vernos bien. ¿Está mal esperar eso? Depende. Partamos de una base: no se puede esperar de un burro más que una patada. Por otro lado, la gente es lo que es, independientemente de nosotros. Entonces, la otra persona puede actuar de forma distinta a la que yo querría, actuaría o incluso llegara a pensar. Eso no está mal: somos personas libres y cada uno hace lo que le viene en gana. Recordemos que nuestra Constitución nos permite hacer todo lo que la ley no prohíbe. ¿Tenemos que dejar, entonces, que nos pisoteen, que se caguen en nosotros y nos destrocen? No. Ahí entra en juego nuestra libertad: nosotros podemos elegir no soportar esas situaciones. 

 Por motivos prácticos suelo elegir ejemplos exagerados para explicarme. Persona X tiene una manía: habla de los defectos físicos de la gente que tiene alrededor. Él/ella argumenta -con razón, quizás- que él/ella es así, que es su forma de ser y no tiene por qué cambiarla, que nada le impide ser así. ¿Tenemos, entonces, la obligación de relacionarnos con él/ella? No, para nada, jamás. Nos relacionamos, al fin y al cabo, con gente que nos es afín. Y eso es bueno, porque potencia nuestras habilidades, nos relaja, nos cuida, nos hace más felices. Hace un tiempo pensé que, si hay alguien que elegiste que esté en tu vida, debería ayudarte a ser mejor persona. En cualquiera de los sentidos que ello implique. No porque alguien deba "sernos útil", sino porque si no es así, esa persona nos está sacando la energía, nos está lastimando. Y en base a eso me surgió, hace algunos años, lo que me gusta llamar "la Teoría de la Tostada". 

 La Teoría de la Tostada nació en un momento particular de mi vida. Fue un día de la madre, algunos años atrás, cuando yo decidí hacerle el desayuno a mi mamá y se me quemaron las tostadas. ¿Qué hace alguien que saca tarde del fuego unas tostadas? Las raspa, para sacarles lo quemado. En ese momento había una persona que, por distintos motivos, me había lastimado más de lo que me hubiera gustado. Y ahí entendí todo. El gusto a quemado es particularmente invasivo: si no raspás a conciencia la tostada corrés el riesgo de que lo que quede quemado arruine el gusto de toda la tostada. Comparé entonces a mi vida con un pan: lo había dejado mucho tiempo al fuego –dolor- y ya estaba quemado… y lo quemado tenía que rasparlo. Iba a doler, lo sabía… pero cualquier vestigio que dejase iba a arruinarme el sabor de cada momento. Hay gente que, queriendo o no, en nuestra vida hace demasiado daño. Y en algún momento, por amor propio, hay que decir “hasta acá” y frenar. Y a veces hay que eliminar todo tipo de relación y todo tipo de vestigio. Esto implica también dejar de hablar de esa persona: criticarla equivaldría a seguir masticando lo mismo. Entonces, aunque duela, hay que “raspar” a esa persona tanto como se pueda de nuestra existencia. Sacarla de nuestro sistema como si de una enfermedad se tratara. El resto… que el tiempo se encargue de curar. 

Soltar no es decir adiós, es decir gracias 

miércoles, 17 de junio de 2015

Recuerdo que juntos pasamos muy duros momentos

 Amigo... qué palabra. En línea general detesto pronunciarla. Supongo que porque en lo referente a las relaciones hace algunos años siento aversión por los títulos. "Amigo", "mejor amigo", etc. También me pasa con los títulos en la pareja, pero creo que de eso voy a hablar en otro momento.

 ¿Qué es un amigo? Es una pregunta de mierda, porque nadie puede sacar el diccionario del bolsillo (o de la biblioteca) y decir "es esto, esto y esto". A lo sumo podemos acercarnos a una definición pensando en qué tienen en común todas esas personas a las que consideramos amigos. Esa gente que nos es "afín", que sentimos que podemos compartir determinadas cosas.

 Cuando éramos chicos, cualquiera con el que pudiéramos jugar un rato era nuestro amigo: ahí estaba toda la coincidencia que necesitábamos, satisfacía nuestras necesidades. A medida que fuimos creciendo empezamos a escuchar de los grandes eso de que "amigos se cuentan con los dedos de una mano". Probablemente no lo entendimos, porque cualquiera podía ser nuestro amigo, aunque diferenciábamos una relación más cercana con uno o dos, a ese le decíamos "mejor amigo". Hay gente que conserva el mismo desde los 2 años y gente que lo pierde por un motivo u otro, o que gana un hermano de la noche a la mañana por un evento fortuito. Socialmente parece que los años pesaran bastante, ya que también se escucha que "las amistades se construyen con los años". En lo personal creo que en lo referente a las relaciones humanas vale poco el tiempo en relación a las experiencias: una experiencia lo suficientemente fuerte acompañado puede pesar mucho más que años de tibias trivialidades compartidas. Un gesto sincero puede pesar más que unas cuantas bromas durante meses.

 La amistad, como toda relación, creo que se basa en la confianza. ¿Qué clase de amigo es ese en el que no podés confiar? ¿Qué clase de amigo es alguien con quien no podés darte la libertad de ser vos mismo? Si no se confía nada se puede construir, porque no vale la pena construir nada; todo tiene la estabilidad de un castillo de naipes, ante cualquier dificultad por mínima que sea todo se vendría abajo. Será por eso que hay “códigos” establecidos. Mi viejo decía “códigos tienen los mafiosos, los decentes tienen valores”. Algo de razón tendría, porque en esta sociedad que dejó los valores guardados en la guantera solamente de códigos se habla.

 ¿Por qué códigos? Quizás porque en la postmodernidad en la que vivimos, donde todo parece superficial y vago, parecemos no notar qué es lo que puede molestar al otro. Hay cosas que uno creería que no merecen ser aclaradas, pero las pruebas empíricas demuestran lo contrario. Los hombres ya no tienen honor ni palabra, o al menos uno nunca puede fiarse de eso (o quizás soy yo el desconfiado al que le cagaron la cabeza). Los códigos a los que aludimos de forma mecánica tienen que ver con las cosas que pensamos o sabemos que pueden molestar a ese amigo. Amigo al que se supone que queremos, y que no queremos ni molestar ni lastimar.

 Sin embargo, (y tratando de sacudirle la tristeza a mis párrafos) hay quienes no necesitan ni códigos ni aclaraciones, que comparten nuestra felicidad y nuestra angustia con la misma fidelidad. Hay quienes con pocas palabras o con ninguna, con señales de humo o con el mínimo gesto están ahí y entienden qué nos pasa. Hay quienes, aún desde su imposibilidad de sostenerse a sí mismos, prestan el hombro para sostenerlo a uno. Hay quienes realmente sufren cuando no encuentran la forma de calmar nuestro dolor. Quizás se trate un poco de todo eso, quizás sea algo mucho más profundo. En cualquier caso, agradezco que estén ahí.


Es bueno haber tenido un amigo, aún si vamos a morir.

martes, 26 de mayo de 2015

El maldito amor que tanto miedo da

 Sería difícil incluso calcular cuántas veces pude haber oído o leído que el amor nos hace idiotas, que el hecho de enamorarse hace que nos pongamos tontos. Yo no sé si nos hace idiotas o no, pero, al menos al principio, nos hace mentirosos. No de forma consciente (la mayor parte del tiempo) pero sí sistemática, no sólo a la persona que nos atrae sino también al resto, y hasta a nosotros mismos.

 Conocemos a alguien (o al menos eso creemos) que de pronto, por un motivo u otro, llama nuestra atención. Destaca entre el resto por tener esas características que tanto nos gustan, que tanto nos conmueven, que tanto nos atrapan. Características que no son tan comunes de ver en conjunto (o viviríamos enamorados de todo lo que se mueve). Averiguamos lo que podemos sobre los gustos de esa persona para descubrir que tenemos muchas cosas en común o bien que no son tantas. Esto es en gran medida indistinto, puesto que nuestra psicología muchas veces anula el pensamiento emergente de “no es para vos” porque, nos guste reconocerlo o no, enamorarse o al menos “engancharse” es un sentimiento agradable.

 Comienza una carrera entonces para intentar generar en esa persona lo que nos generó a nosotros. Y ahí es donde empiezan las mentiras exactamente (hacia el resto, porque hacia uno ya empezaron hace rato). En ese momento alterás de forma consciente o inconsciente tu forma de actuar, de hablar y de ser con respecto a esa persona. Incluso te mentís de nuevo pensando que no tiene relación una cosa con la otra, y que te hubieras comportado de la misma forma si no te gustara. Tirás por la ventana todas las veces que dijiste a tus amigos que tenían que ser ellos mismos, porque vos dejás de serlo. Empezás a hacer todo en función de seducir a la persona que te llamó tanto la atención.

 Somos contradictorios: por un lado pretendemos que nos quieran como somos, sentirnos apreciados en nuestras virtudes y defectos, sentirnos libres de ser nosotros mismos y por el otro pretendemos ser alguien más para agradarle a otra persona. Persona que a su vez ansiamos querer también con sus virtudes y defectos, y que queremos que con nosotros se sienta libre de ser exactamente quien quiere ser. Porque si el amor existe está ahí, en la libertad de ser débiles y la confianza de que el otro no se aproveche de esa debilidad. Entonces… ¿por qué tanto miedo? ¿Por qué pensamos que esa persona que tenemos enfrente debe ser la indicada si no pensamos que pueda querernos con nuestros ángeles y nuestros demonios?

 A todo esto sumémosle el cóctel de nuestros traumas. Esas relaciones pasadas que no funcionaron por distintos motivos. Algunos muy puntuales y otros bastante comunes. Algunos de los que aprendimos y otros que quizás después de un tiempo todavía no entendimos bien qué pasó. Esto, independientemente de que a veces nos pone tristes, también contribuye a la serie de miedos que te afectan cuando querés impresionar a la otra persona. La propia inseguridad que hace querer aparentar ser alguien “más perfecto” es la misma que nos perturba cada vez que algo no sale como esperamos. Y la que posteriormente se transforma en celos. Pero no te engañes, los celos no son culpa de lo que hace la otra persona, son culpa de tu inseguridad. Se supone que, como mínimo, si querés a alguien confiás. Si no confiás… si no podés confiar… ¿qué sentido tiene? ¿Qué amor hay ahí? Amor no es poseer, como si de un muñeco se tratara. Lo peor es la profecía autocumplida: esa misma inseguridad de pensar que la relación se va a acabar por un motivo hace que se derrumbe como un castillo de naipes por otro. Si no podés confiar en que la persona que tenés al lado se va a quedar aunque pestañees un segundo… ¿cuánto amor confiás que tiene? ¿Está con vos porque vos te ocupás de retener en vez de estar por propia voluntad?

 Animarse a amar, e incluso a querer, es animarse a darle a alguien más la posibilidad de que te rompa. Y lo sabés bien, porque más de una vez terminaste roto. Pero lo volvés a intentar, nuevamente… con la esperanza de que alguna vez valga la pena (o más bien valga la alegría).


Don't be afraid, it's only love. Love is simple.

jueves, 14 de mayo de 2015

Estuve ciego, sordo, mudo y tan lejos de la verdad

 Siempre pensé que pretender que una persona de 17 o 18 años sepa a qué se quiere dedicar durante los siguientes 40 años corresponde a un pensamiento un poco psicópata. No sólo estamos hablando de personas que no alcanzaron la adultez, sino de personas que un año atrás les costó decidir entre una empresa de viajes y otra y entre boliches para su fiesta de egresados. Y eso no está mal. Pero ¿por qué alguien que conoce apenas las materias del secundario y el relato de algunos profesionales sabría cuál es su vocación?

 Siempre uno de mis mayores miedos fue llegar a los 60 con la certeza de que mi vida laboral fue una mierda, algo que no disfruté nunca, independientemente del éxito (o no éxito) monetario. Ahora los profesores (algunos al menos) dedican horas de sus clases a la casándrica* tarea de decirle a sus alumnos que pueden equivocarse al elegir la carrera y después corregirse, o que no tienen que elegir pensando en plata. Los alumnos, como los perritos que están en algunos autos, agitan la cabeza de forma autómata, pero los miedos siguen ahí. Que si esto está bueno, que si convence a mis viejos, que si me va a dar de comer.

 Lo bueno es que en muchos casos la experiencia te convence de que tenían razón. En algún momento te cae la ficha de que laburar en un cubículo de 2x2 en algo que odiás para ganar plata con la que sobrevivir un mes más en el que vas a seguir laburando en algo que odiás es bastante irracional. Y en algún otro te cae la ficha de que el planeta no se detuvo por ningún recursante ni por ninguno de 20, 25 o 30 que empieza una carrera. De hecho al mundo le chupa un sobrado huevo. Lo peor que te puede pasar al respecto es que a tu alrededor sean todos pendejos que, recién salidos del secundario (o casi) ponen a prueba tu paciencia todo el tiempo. En ese caso, buena suerte.

 Por otro lado están tus viejos, a los que se puede separar fácilmente en dos categorías: los que te apoyan en lo que se te ocurra que quieras estudiar y los que te dicen “esto no”. Claramente en una división así de arbitraria caben tantos grises como padres, pero a efectos prácticos me viene bien. El primer grupo no merece mucho análisis ni produce (en general) muchas dificultades al casi-adulto. El segundo… es complicado. Obviando el extremo de “vas a estudiar lo mismo que yo” (caso en el que te recomendaría mudarte) suelen hablar de “carreras serias” y plata. A riesgo de ser una mala influencia para mi eventual lector, voy a darte un consejo que a mí me hubiera sido útil: no los escuches. ¿Por qué? Mirá a la mayoría de las personas de entre 40 y 60 años… ¿se ven felices? Muchos de ellos son los que nos gobiernan… ¿confiás en ellos? Son una generación frustrada, que en muchos casos estudiaron (si pudieron hacerlo) lo que estudió papá o lo que papá y mamá quisieron que estudien. Incluso obviando todo esto hay un hecho ineludible: lo que elijas lo vas a estudiar y laburar vos, no ellos. Vos vas a dedicar las próximas cuatro décadas de tu vida a lo que sea que elijas. Ojo, no lo hacen “de malos”, quieren tu bien. Piensan realmente que eso es lo que corresponde, lo que está bien, las “carreras serias” y la plata segura. No quieren que te cagues de hambre porque te quieren, y eso está bien. Simplemente el mundo dio varias vueltas y el paradigma (gracias a Dios) cambió bastante.

 En lo referente al trabajo, no lo hagas por plata si no la necesitás (si no la necesitás para comer, no para comprarte todo el local de Kevingston). Conviene siempre trabajar en algo en lo que puedas aprender más que en algo en lo que te paguen muy bien. Aprovechá mientras no te tengas que mantener (si tenés esa suerte) y buscá un laburo que tenga que ver con lo que querés ser en la vida. Salvo que tu meta en la vida sea ser dueño de una cadena de comida rápida, laburar en ese rubro lo único que va a darte es plata. Decime hippie si querés, pero no creo que tardes mucho en darte cuenta de que podés hacer cosas mejores con ese tiempo.

 Siempre pensé que la vocación tiene que ver con la misión que uno tiene, el motivo por el que estamos acá. ¿Qué te motiva? ¿Qué te hace único? ¿Qué te apasiona? Si la vocación que elegiste no te ayuda directamente a cumplir tu mayor sueño… ¿qué clase de vocación es? Si el trabajo que estás haciendo no te hace crecer como profesional ni como ser humano ni te acerca a la persona que querés ser ¿por qué lo hacés? ¿Realmente estás dispuesto a sacrificar tus horas de vida en un trabajo para que te den un sueldo con el cual sobrevivir un mes más… odiándote? ¿No tenés los pantalones para arriesgarte a ser feliz?

 Yo egresé en el 2012 con la idea frustrada de ser locutor (frustrada por algún profesor, algunos amigos y los médicos que postergaron una operación que me permitiera respirar mejor) y con la idea de que ser ingeniero era algo que me iba a gustar (porque siempre fui bueno con los números) y me iba a dar una salida laboral segura (porque hay pocos). Pasé el ingreso de la UTN con bastante facilidad y entré en Ingeniería Mecánica. El primer año normal, metí 5 de 8 materias y ya algo me decía que no era para mí. Empecé el segundo año y antes de llegar a la mitad estaba convencido. Fui a un psicólogo en busca de orientación vocacional… y entre varias características descubrí que el periodismo podía ser lo que buscaba. Empecé este año… y me encanta. Realmente creo que puede ser mi profesión, disfruto haciendo cada trabajo. Me publicaron dos notas: Flor de reclamo ( http://www.diariopublicable.com/s…/3639-flor-de-reclamo.html) y "El FpV se está disolviendo en sus propias internas" (http://www.diariopublicable.com/politica/3629-el-fpv-se-esta-disolviendo-en-sus-propias-internas.html), ambas con experiencias increíbles de por medio. Y lo llamativo del asunto es que no podría haber estudiado periodismo apenas salí del secundario, porque era otra persona. Tenía una personalidad distinta. Tenía que equivocarme previamente para tener ese tiempo de madurar algunos aspectos que ahora me hacen la diferencia a la hora de enfrentarme a distintas cosas. No siento haber perdido el tiempo. Lo hubiera perdido de seguir estudiando ingeniería para vivir una vida de hacer algo que no disfruto. En cierta medida salvé mi vida (dándome la oportunidad de que valga la pena).

Serás lo que debas ser, o no serás nada

*Casandra fue sacerdotisa de Apolo, con quien pactó, a cambio de un encuentro carnal, la concesión del don de la profecía. Sin embargo, lo traicionó y Apolo la maldijo: seguiría teniendo su don, pero nadie creería jamás en sus pronósticos. Tiempo después, ante su anuncio repetido de la inminente caída de Troya, ningún ciudadano dio crédito a sus vaticinios.
Perdón pero el término encajaba tan bien que una vez que se me ocurrió no pude sustituirlo.

lunes, 16 de marzo de 2015

Te fuiste tan de a poco que nunca dijiste adiós

Crónica de un velatorio

Mi papá (o mejor dicho, lo que queda de él) yace en la habitación contigua. Ojeo el reloj de mi celular nuevamente y reconfirmo que esto no va a terminar pronto. Pasaron apenas 5 horas, y se sintieron como 20. Un cóctel de sensaciones ya se llevó todo el apetito que pudiera tener, y me inunda cierto sentimiento de náuseas.
Es mi primer velatorio en 16 años. Francamente, era algo que podía esperar más. De más está decir que no es una experiencia agradable. Cabría agregar, quizás, que me resulta tortuoso. A tal punto de que se me hace imposible comprender cómo alguien termina dedicando su vida a tener una casa de velatorios: recibir cadáveres constantemente para maquillarlos, vestirlos y exponerlos para su “última despedida”. Tampoco puedo comprender cómo en un momento así me inundan este tipo de pensamientos, que en gran medida rozan el absurdo.
Es notable cómo se esfuerzan todos en contenerme, sin entender que están haciendo todo mal. No, no hay ninguna palabra que puedas decir que ayude. No me consuela la idea del cielo, yo quiero a mi papá. No pienso que sufre, no lo tenés que aclarar. Yo sé que fue un gran hombre, sino no hubiera llorado, ni estaría acá. Sí, ya sé que estás conmigo… la pregunta es para qué. Ninguna frase es válida, y las muestras de cariño forzosas son tan asquerosamente vacías... debe ser eso lo que me provocó las náuseas.
No puedo llorar más. Hace algunas horas se me terminó de secar el alma, y todavía no me hago a la idea de que no voy a volver a tener un consejo de mi viejo. Y sigue llegando gente. Y siguen entrando a la habitación en donde está el ataúd, como si él estuviera ahí. Mi padre no está ahí, y lo que dejó ahí no transmite más que soledad. Nada de su esencia quedó en esa cáscara.
Pero parece que, salvo yo, nadie se da cuenta. “¡No está ahí!” tengo ganas de gritar, pero me contengo. No puedo creer que haya gente que piense que un hombre con todo lo que vivió e hizo lo único que deja es un cuerpo estéril e inútil. O peor, que deja bienes materiales. Algunos chacales que se han hecho llamar mi familia en algún momento ya contactaron a sus abogados para ver si de la tragedia pueden sacar alguna tajada y otros para ver si los hijos del muerto no buscaremos la nuestra arrebatando la casa de los abuelos. En lo que a mí respecta, se la pueden meter en el orto. Otra cosa más que me provoca náuseas, pero al menos guardo la satisfacción interna de que no pienso verles más la cara.
Mi viejo dejó sueños, dejó esperanzas, dejó consejos. Dejó hijos que pudo criar a medias. Dejó por ellos lo que no tenía. Pero sobre todo me dejó tristeza…


Sólo te pido un consejo más que por siempre deba recordar. Sólo te pido un enojo más para saber que camino tomar.

 Esta sea probablemente la entrada más larga del blog. Y me van a disculpar, pero es la única donde no va a interesarme la opinión de nadie. Bueno, sí de alguien, pero no va a poder manifestar su opinión de cualquier forma.

 Hoy se cumplen 10 años de que mi papá haya abandonado este mundo. Falleció un mes y un día antes de mi cumpleaños número 10. Entre los pensamientos un poco absurdos que rondan a las escenas tristes siempre consideré todo un detalle que haya sido un mes y un día y no exactamente un mes. En resumidas cuentas ya llegué al punto en mi vida donde estuve más tiempo en este mundo sin mi viejo que con él. Es difícil tomar conciencia de eso.

 Es difícil andar por ahí sin el consejo de tu viejo. Si, tengo 2 hermanos increíbles, hombres de buena leche que están para mí siempre y que por mí lo harían todo. Y yo por ellos. Muy de mierda sería mi vida si no los hubiera tenido. Y también tengo una mamá increíble, una mujer fuerte, de esas que parecen de piedra. Al menos eso me parece a mí viendo todo lo que se tuvo que bancar en su vida. Y eso me lleva a ser injusto con ella, reclamándole fortaleza todo el tiempo. Quizás sea porque tenga miedo de caerme si ella lo hace.

 Me acuerdo que yo estaba plenamente convencido, en mi inocencia, de que se iba a curar. Había escuchado hablar de cáncer antes, pero no era consciente de qué tan grave era el caso de mi papá. Evidentemente mucho, porque tardó alrededor de un mes en acabar con un hombre que en ese momento parecía hecho de acero, como uno ve a su papá cuando es chico. Cuando me enteré del hecho estaba medio dormido, yo estaba muy tranquilo durmiendo la siesta en la casa de mi abuela y de golpe me despertaron y me llevaron a mi casa en bicicleta. De las mil millones de cosas que uno piensa en ese momento, tuve la torpeza de exteriorizar que quería irme con él, como para mejorar el ambiente. 

 En algún momento mi hermano mayor me dijo "Vos no te vas a tirar abajo de una cama a llorar". Tengo esa frase tatuada a fuego en la memoria, porque iba a ser lo que me moviera durante todos estos años, y probablemente también en el futuro. Tan simple como eso, con 10 años aprendí de qué se trataba eso de "seguir adelante". Me fui valiendo, entre otras cosas, del humor negro (como ya hablé en otra entrada). ¿Por qué? Mi papá era de esas personas que cuenta chistes todo el tiempo, que todo el tiempo hace el comentario ocurrente. Asumí entonces que así le gustaría que lo recuerde, con una sonrisa en la boca y no con lágrimas en los ojos. También por esa época empecé en las olimpíadas de matemática, que me llevarían 6 veces a Mar del Plata. Según mamá (porque yo no me acuerdo) le dije que me distraía pensar en números. 

 Hoy no me acuerdo cómo era su voz, su olor, su risa. El otro día encontré una foto vieja y me dio un escalofrío horrible, porque en la foto me parecía un desconocido. Diez años son mucho tiempo.

 Y no, en momentos así no hay nada para decir. Lo aprendí temprano y de mala forma: las palabras sobran. También sobran las muestras de afecto forzadas y la lástima. Me acuerdo que venía gente a intentar contenerme que yo conocía muy poco, de alguna forma lo sentían un deber. Unos amigos vinieron al velatorio y me puse a jugar con ellos. Algún adulto amagó a retarme, pero por suerte a nadie le dieron los pantalones. 

¿Qué es "superar"? ¿Es "no llorar más"? Cada tanto, entonces, no lo supero. ¿Es sobreponerse, seguir adelante? Entonces sí, porque es lo único que puedo afirmar con certeza que hice. ¿Es olvidar? Espero que no, porque entonces no quiero superarlo más. Ya olvidé demasiado.

sábado, 14 de febrero de 2015

Crazy little thing called love

 San Valentín, Día de los enamorados, díganle como quieran. 14 de febrero es el día en el que mundialmente se celebra el amor romántico. Aceptada esta fecha por ser cuando se conmemora el martirio del santo que había luchado casando gente (cuando estaba prohibido) hacia el siglo III, se hizo costumbre primero anglosajona y luego mundial. 

 Por lo que se puede observar también pudo haberse llamado "Día del resentido", pero hubiera sido mucho menos popular -aunque quizás se repartirían más regalos-. Se ha dicho mucho que esta fecha es una fecha comercial al igual que pasa con  el Día del padre, Día de la madre, Día del amigo e incluso Navidad. No negaría que las empresas lucran muchísimo -desde el cine hasta los floristas, incluyendo restaurantes y videojuegos- pero ¿Qué tiene de malo una celebración? El evadir el consumismo salvaje o no queda en la forma de celebrar de cada uno, que puede optar por tantas opciones como su mente se lo permita. 

 De todas formas, creo que en mucha gente eso no es más que una excusa. No hay festividad que reciba más bronca que esta. Mucha gente que no está enamorada reniega contra los que sí lo están, o simulan estarlo. Acusan a muchos de infieles y cornudos, y aunque tuvieran razón... ¿En qué les varía? Tenemos a nivel sociedad la maldita costumbre de querer sabotear lo que no nos incluye para sentirnos menos peor. Y no, no lo dije mal porque ciertamente no es "mejor" sino simplemente "menos peor". 

 El amor merece celebrarse (no sólo el romántico) y si tiene un día para eso, mucho mejor. Que los enamorados disfruten regalándose cursilerías y teniendo una excusa más para hacer algo distinto. Buena oportunidad para revivir el romaticismo. Disfrútenlo.

 En lo personal no lo celebré, pero viví un lindo día con amigos. Y si me pasa eso de "enamorarme", sí, seguramente lo celebre. Suena a que está bueno. Sean felices tratando de dejar ser felices al resto.

Seguro bastará.

 Sin duda esta es una de las historias de amor más lindas que vi. Es real, al artista le llegaron esos mails... aunque lamentablemente perdió el contacto con Paco y nos tenemos que conformar con imaginar el final. En lo personal, espero que haya bastado.

domingo, 1 de febrero de 2015

I must be strong and carry on

 Un hombre estaba poniendo flores en la tumba de su esposa, cuando vio a un hombre chino poniendo un plato con arroz en la tumba vecina. El hombre se dirigió al chino y le preguntó:
-Disculpe señor, ¿de verdad cree usted que el difunto vendrá a comer el arroz?
-Sí -responde el chino- ...cuando el suyo venga a oler sus flores.

 Este simpático relato responde a mucho de lo que les pasa a quienes perdieron personas importantes en su vida. Tiendo a ser accesible al debate en cosas incluso tan profundas como la religión, pero en esto no. La forma que alguien tenga de vivir el luto no es cuestionable.

 Por supuesto uno siempre va a abogar a que nuestros seres queridos no le hagan daño a nadie ni se hagan daño a sí mismos, así que, haciendo un paralelismo con las "leyes de la robótica", esta "ley" está regida a una ley primordial que sería no lastimarse a uno mismo ni a terceros. Pero si alguien quiere llorar, reírse histéricamente, gritar o celebrar la fecha de muerte de un ser querido... ¿quiénes somos para decirle "estás equivocado"?

 Hace poco me comentaron que la familia de un nene que murió un accidente celebró su cumpleaños cuando fue la fecha e invitó a todos sus amigos. No solamente nadie debería tener el estómago para decirle que lo que están haciendo no les parece bien, sino que además ni deberían atreverse a pensarlo. ¿Saben medir el dolor? ¿Saben cómo calmarlo? ¿Saben qué es mejor para honrar una memoria? ¿Quién les contó?

 Y lamentablemente es un tema que me tocó de cerca. Mi papá falleció cuando yo no llegaba a cumplir 10 años. Desde entonces tuve, a mi criterio, dos opciones: Tomarlo como un hecho triste, traumante e incapacitante del que no se puede hablar o tomarlo con el humor del que mi papá hacía gala entre su familia y amigos. El que conoció a mi papá sabe que vivía contando chistes (costumbre que intento imitar) y era un tipo que solía estar de buen humor (aunque tenía su carácter fuerte). Me pregunté qué hubiera querido él y la respuesta fue sencilla. Hoy en día profeso un humor negro a prueba de muerte, y se me ocurren pocas cosas de las que no podría hacer humor. ¿Por qué? Porque creo que el hecho de que algo sea trágico, terrible o insultante no evita que pueda tener un lado divertido. Y en base a que tomé la costumbre de hacer chistes referidos a mi papá en mi no tan tierna infancia recuerdo las exactas palabras que me dijo una compañera: ¿Te causa gracia que tu papá se haya muerto?

 No. No me causa gracia. Es simplemente mi forma de sobrevivir en un mundo que sigue girando aunque un pibe no tenga padre o madre, aunque haya gente que se muera de hambre, aunque haya miseria en cada rincón. Tampoco me parece mal que sea así, es simplemente la realidad y mi reacción frente a ella. Entiendo que mi forma de ser, mi reacción pueda ser chocante. Pero dudo que sea tan chocante como arremeter de lleno contra la forma de alguien de sobrellevar algo tan complejo como el dolor.


Mucha risa, pa' que no nos duela nada

martes, 30 de diciembre de 2014

Todos pasan, y nadie mira.

"El optimismo"

 Muchas veces me resulta difícil ser optimista, positivo, generoso, porque pienso que siempre esta la contra que acecha agazapada tratando de destruir lo bueno que uno quiere hacer. Sin embargo tengo que hacerlo sin esperar el aplauso de los demás. Muchas veces por hacer buenas acciones quedamos en manos ajenas, lo que construimos se desapareció de la noche a la mañana; construiré de todas maneras. La verdadera nobleza me anima en los esfuerzos de superación que trato de realizar como ser humano. El que te escribe soy yo, la que te nombra es mi alma, el que te quiere y te estima bien sabes como se llama.


Charly

 Charly vive en la calle. Lo conocemos porque alguna vez alguien tuvo la idea de repetir las noches de la Caridad los sábados al mediodía, y algunos otros tuvieron la voluntad. Gente que yo conocía hace ya varios años se puso la camiseta y empezó a cocinar para completos desconocidos que vivían una realidad bastante más desafortunada que la nuestra. Además compartí con ellas muchas noches de la Caridad desde junio -si la memoria no me traiciona-. La verdad que yo no me dediqué a cocinar. Di una mano alguna vez, pero sobretodo traté de dar la oreja. Y créanme que no podría pagar con comida ni con nada lo que aprendí este año.


 Es difícil de entender quizás para alguien que nunca lo hizo. Lo digo porque me doy cuenta que hace un año hubiera entendido poco de lo que leo. Lo que uno puede aprender de los demás y de sí mismo en una situación así no es medible. Lo primero de lo que te das cuenta -o por lo menos eso me pasó a mí- es que el hecho de que vos estés de un lado o del otro fue una mera cuestión de suerte. Naciste con la suficiente fortuna como para haber recibido los recursos hasta hoy para leer esto. Podría no haber sido así. Y si tenés menos de 20 años me arriesgaría a decir que es seguro que fue una cuestión de haber nacido en el lugar y momento adecuado. La próxima vez que mires con desdén a un nene que pide monedas o un adolescente aspirando una bolsa sería bueno que te acuerdes de eso.


 Después vas perdiendo miedos y prejuicios. Vas entendiendo más el dolor ajeno. Valorás más lo que tenés -sobretodo lo que no generaste vos-. Aprendés más de la gente que te rodea si lo hacés con alguien a quien ya conocés hace mucho. Aprendés que hay gente que hace años está ahí, por valores religiosos o no. Que hay gente que todavía lucha por un mundo más justo. Y sí, un mundo donde alguien recibe algo gratis si puede ser más justo. Sé que suena raro, suena loco en este sistema donde todo es consumo y producción. Pero las personas son personas aunque no produzcan, y merecen también un plato de comida caliente aunque hayan perdido todo por mala suerte o malas decisiones. O peor, si nunca tuvieron la oportunidad de algo mejor. Merecen también que alguien los escuche y les muestre que son personas dignas. Si tienen la oportunidad de participar en algo así, no lo duden. Aunque crean que no tienen nada para dar, aunque sea den la presencia. Mi deseo para el año próximo es poder seguir aprendiendo, y que algunos locos más se prendan en esta movida.

¿Quién me dará un crédito, mi señor? Sólo sé sonreír.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Cambia, todo cambia

 No podía dejar de escribir sobre cómo fue variando mi sentimiento con respecto a las fiestas con los años. Cuando era chico todo era felicidad. Muchos atribuyen esto al hecho de que uno no entiende nada, pero no creo que sea tan así. Si bien la creencia en Papa Noel le agregaba magia al asunto en la mesa éramos 12, y mis hermanos tenían menos edad de la que yo tengo ahora. Mi mamá me cuenta que a eso de los 5 años en una Navidad le presenté a mi abuela mi otra abuela. Sí, por algún motivo pensaba que mis abuelas no se conocían... puede tener que ver con que era la primera vez que las veía juntas. La mesa estaba llena de comida y llena de gente. Estaban mis viejos y mis hermanos, mis abuelos (las 2 maternas y mi abuelo materno), mis tías y mi tío con la esposa. Había música en el ambiente, si no recuerdo mal apostaría a que rock de los '90 tranquilo, o tal vez algo internacional como Led Zeppelin o Deep Purple. En el arbolito había regalos principalmente dedicados a los chicos de la casa, es decir mis hermanos y yo, y no sé si eran muchos pero siempre estaba contento. Mi papá una vez me regaló un metegol chico cuando yo ya sabía que Papa Noel no existía, y sentí que mi papá era el mejor del mundo. No porque el regalo fuera increíble (que lo era) sino porque en cierta forma yo sabía que le debía haber costado mucho y no le importaba por regalarme algo a mí. Mi mamá antes me decía que a Papa Noel lo mandaba Jesús en un intento por que yo no me olvide el significado católico de la Navidad. Nadie preguntaba dónde pasábamos las fiestas porque no había dudas nunca: la casa de mi abuela era el punto de reunión. 

 Hoy en día las cosas son un poco distintas. Primero porque en la mesa somos 6. Gracias a haber incluido a mi padrastro, porque sino ni siquiera. Creo que eso fue lo más triste de ir pasando navidades: la mesa cada vez más vacía. Ya no estuvieron los chistes de mi papá o de mi abuelo -a veces muy malos, pero cómo se extrañan-. Mi familia paterna no murió, pero nos hemos distanciado tanto que puede que en cualquier momento me entere de que sí sin comerlo ni beberlo. Falta mi tía queriendo cocinar algo medio raro o invitándome a cocinar a mí. Y ante tantas cosas que faltan... le falta voluntad a mi vieja para su ensalada de frutas. Con mis hermanos nos preguntamos constantemente dónde pasamos Navidad y año nuevo, porque ya festejarlo en familia no nos parece lo único que se puede hacer. De hecho van a ser 3 años que brindo con mi hermano mayor por teléfono. Ah, las maravillas de la era de la comunicación. Me hacen sentir un poco menos miserable cuando le digo Feliz Navidad a mi mejor amiga a las 12. Un poco nada más, porque la realidad es que en ese momento lo que necesito es un abrazo, no mandarle un mensaje vía Whatsapp. 

 A todo esto sumémosle lo inevitable de crecer: saber que hay gente que no tiene ni un pan dulce para compartir, saber que la pirotecnia perturba a los animales, saber que es la inflación lo que hace que los arbolitos estén cada vez más vacíos y los cielos menos llenos de cohetes (seamos realistas... dudo que la mayoría de los que acostumbran a usar pirotecnia hayan reflexionado y asumido un compromiso con las mascotas). Me pregunto cómo van a ser las cosas cuando yo tenga hijos, pero más aún, cómo voy a defenderlos de lo inevitable. En esta Navidad vi mucha gente hablando de cómo le gustan las fiestas y otros tantos de cómo los deprimen. Y entiendo ambas posturas. Los que todavía las disfrutan y su casa es una verdadera fiesta les pido por favor que lo valoren, que mimen a los que lo hacen posible también a lo largo del año. Al resto... traten de generar la fiesta ustedes, al menos pongan voluntad.


¡Hola, hola año nuevo, qué alegrón tenerte con nosotros!... y ¡A ver si en Julio podemos seguir diciendo lo mismo! ¿Estamos?

 En cuanto a año nuevo, las sátiras acerca de objetivos a cumplir abundan ya en las redes sociales. También abunda la gente que insulta años y le pide a los que vienen que sean mejores. En lo personal creo en eso de que el peor plan es no tener un plan. Pero también creo en que cada uno es el arquitecto de su vida, y que 27 de diciembre es igualmente bueno que 1 de enero para empezar a cambiar algo. Lo único que nos deseo es que si vamos a asumir objetivos tengamos también los pantalones para afrontar sus consecuencias. Y que el año traiga otras 365 oportunidades.

PD: Perdónenme el bajón. Felices fiestas.

martes, 25 de noviembre de 2014

Vamo' a bailar, para cambiar esta suerte

 Tenía muchas ganas de escribir al respecto alguna vez. Este posteo no es apto para gente que todavía no superó el Mundial 2014. 

 13 de Julio del 2014. Ya la mufa venía en la fecha, sumado a gente que cantaba "Eran otros tiempos, era otra la historia..." -la canción más yeta futbolísticamente hablando- y los que siempre cantan los goles 15 segundos antes. Todo eso que sentimos que nos va a perjudicar como una suerte de maldición, y los hechos casi siempre terminan dándole la razón (sobretodo en lo referente a la canción, que es del 2002 y quedamos en primera ronda). Sí, hasta ahora es todo lo dicho sumamente irracional, pero... ¿quién se pone racional cuando tu país está por ganar la Copa del Mundo? El argentino es pasional, tiene la sangre caliente, el grito contenido en el pecho desde el primer segundo. Cabulero al extremo, promete, cumple, reza y alienta los 90'. O los 120' y en los penales entra en un trance de meditación. Grita los goles como si de ellos dependiera su vida. Y por eso... por eso terminé llorando.

El gol que más gritamos en la última década no fue gol.

 Un penal no cobrado, un gol que no fue, un gol rival en los últimos minutos previos a los penales. La gente gritando, cantando, puteando al árbitro, puteando a los jugadores de nuestro equipo, puteando a los alemanes. Hasta que hubo un silencio generalizado. Nadie lo podía creer, la pelota estaba adentro del arco y el mundial se nos escapaba de las manos. Rogamos al cielo que Messi se ilumine en un último tiro libre, aferrándonos a la esperanza de que el mejor jugador del mundo tuviera un momento de maestría una vez más, pero eso no pasó. Un amigo mío, sentado en el piso, se puso a llorar como un chico que había roto su juguete favorito. No tenía consuelo. Yo, al lado de él, me senté y quedé con la mirada perdida en algún punto de la pantalla. El sol se estaba terminando de esconder y cuando me pude dar cuenta ya las lágrimas se me escapaban solas. Yo también lloré, lloré como un chico. 

 Los que me conocen saben que no soy muy fanático del fútbol aunque lo disfruto. Miro algunos partidos y jamás ver un partido -salvo alguna situación muy particular- me canceló otros planes. Había seguido al mundial de cerca y visto todos los partidos, incluso había tenido mis cábalas. Y aunque el resultado era injusto -por el penal no cobrado- no lloré por eso. No fue el fútbol o el partido en sí lo que me hizo llorar. Lo que me trajo una tremenda angustia fue toda la felicidad que no tuvimos. Toda la alegría que pudimos haber compartido que no existió. Toda la alegría que le falta a este pueblo, cansado de corrupción, de miedo y de inseguridad. Lloré por todo lo que pudo calmar, al menos un día, una semana, un mes, nuestras almas y darnos un respiro entre tanta indignación. No, no hablo de pan y circo, no hablo de distraernos. Hablo de que en un pueblo tan dividido por idioteces como ideologías políticas, clubes de fútbol y otras tantas cosas por las que no deberíamos dividirnos, necesitaba algo que nos uniera, que nos hiciera compartir, que nos diera alegría por un tiempo. Un español dijo, con mucha razón, que si los alemanes perdían al otro día ya estarían tomando tranquilos su café, pero el luto en Argentina duraría al menos una semana. Y así fue, y lo vimos todos. Incluso nos tocó indignarnos por los 10 desubicados de siempre que no tienen mejor idea que destrozar todo. 

 Lloré durante 15 minutos, como un nene desconsolado. Lloré por la alegría que pudo ser y nos arrebató una mala decisión.