lunes, 6 de junio de 2016

No podemos cambiarlos, mejor que no existan más

Originalmente titulado "Las mentes abiertas de América Latina"*

 Con unos cuantos debates encima cualquiera puede fácilmente llegar a una comprobación fáctica: todos creemos tener la razón. Puede demostrarse de una forma muy simple. Uno cree tener la razón y al momento de notar el error, la opinión cambia en el acto y se forma otra. El error propio está, entonces, siempre en el pasado y el acierto en el presente.

 La máxima aspiración está en aceptar de forma constante la posibilidad de estar incurriendo en una equivocación con todos y cada uno de nuestros razonamientos. Esta duda perpetua puede asociarse con “tener la mente abierta” y es algo de lo que muchos se jactan, principalmente los que esgrimen argumentos liberales o progresistas. Con unos cuantos debates encima cualquiera puede notar que no es más que una fantasía.

 “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”, dijo Voltaire alguna vez, uno de los mayores exponentes de la ilustración. Desde entonces, y tal vez desde siempre, quizás haya sido el único en pensar así (y quizás ni siquiera). La frase real versionada por los open-minded del momento diría más algo como “no estoy de acuerdo con lo que dices, así que voy a atribuirte todas las características más nefastas y a gritar hasta que te calles”.

 Será que levantar algunas banderas da legitimidad. Hablar de derechos humanos, feminismo y bienestar social por lo que parece da lugar a iniciar una cacería de brujas contra todo aquel que no coincida en absoluto con nuestro discurso. Mientras, los más tímidos se sumergen despacio en la espiral del silencio.

 Son realmente llamativos. Defienden la libertad de expresión diciendo “Je suis Charlie” y defendiendo a Revista Barcelona –lo cual está muy bien- pero después se burlan, insultan y hasta agreden a alguien por algo tan íntimo como sus creencias religiosas. “Los hombres creían ser hijos de Dios y el hombre que siente semejante filiación puede llegar a ser siervo, esclavo, pero jamás será un engranaje”, escribió Ernesto Sábato en La Resistencia. La máquina de la intolerancia funciona a plena potencia.

 Lector, no sea ingenuo. Usted puede haberse formado durante años y puede tener argumentos muy sólidos tras habérselos cuestionado repetidas veces. Sin embargo, no lo  intente. Hágame caso. Es un despropósito intentar debatir con personas que se creen los heraldos de la verdad y en realidad son cazabrujas modernos. Además, ellos tampoco pretenden debatir. He llegado a leer cosas como “es imposible discutir con alguien que no haya leído a (Eduardo) Galeano” entre otros requisitos que había que completar para discutir con otra persona. Permítame el resumen: es imposible discutir con quien no piense igual.

 Tal vez se cuestione: “¿las personas paradas en la esquina opuesta del pensamiento no son igual de cerrados?”. En muchos casos, la pregunta no merece respuesta porque se responde sola. Pero, al menos, tienen la decencia de no considerarse abiertas de mente ni hablar de libertad expresión ni derechos. Mantienen cierta coherencia. Incluso cuando uno no piensa igual, cabe destacárselos. Si me permiten valorarles algo, claro, antes de llevarme a la hoguera.


En esta pálida, pibe, los pulpos te aplastarán



*Escrito como parte de un trabajo para una materia.

lunes, 31 de agosto de 2015

Temiendo al fin, siempre temiendo

 Desde que nacemos tenemos una respuesta evolutiva a los peligros que se nos presentan, reales o imaginarios: el miedo. Digo evolutiva porque fue necesaria para la evolución de nuestra especie... podrá cualquiera pensar dos minutos lo rápido que terminaría una especie muy "temeraria". El miedo es necesario en muchos aspectos de la vida. Si no tuviéramos miedo a absolutamente nada seríamos imprudentes hasta lo absurdo y nuestra vida peligraría cada segundo, sobre todo si tenemos en cuenta que otra característica propia de nuestra especie es la curiosidad. Eso de "la curiosidad mató al gato" cobraría sentido. Pero, claro, no todos los miedos son racionales. Peor aún: no todos nuestros miedos son propios.

 A buen entendedor, pocas palabras. Dicho lo anterior, cada vez que se hable de "miedo" va a tratarse sólo de miedos "sociales". Es decir... todo eso que la sociedad en la que vivís te impone. Miedo a parecer idiota. Miedo a parecer puta. Miedo a parecer homosexual. Miedo a lo que los demás piensen de que seas idiota, puta u homosexual. Tres ejemplos de los cientos que puedan pasar por tu cabeza, o más aún, de los que puedan erizarte la nuca. Son todos miedos en los que el peligro radica pura y exclusivamente en lo que el otro va a interpretar y creer saber de vos y cómo va a actuar a partir de ello. Se basan en el juicio que los demás van a hacer de vos conociendo una porción. Se basan en los juicios que vos mismo hacés todos los días sobre los demás conociendo sólo una porción de su existencia.

 Esos miedos encierran todo lo que sos o podrías llegar a ser. Si los dejás, van a encadenar tu alma y tus piernas para que no avances un centímetro más. Van a nublarte la vista para que te sientas atacado y vulnerado por todos los frentes hasta que decidas esconderte en un rincón rogando que nadie te encuentre así, tan desprotegido. O peor: van a enfrentarte a todo lo que vos no creas correcto, todo lo que no juzgues adecuado. Con uñas y garras. Van a hacer que grites, patalees y golpees, pero nunca que debatas. Puede que hasta termines matando por miedo. Porque es absolutamente terrorífico el paisaje apocalíptico en el que tus verdades pueden cuestionarse.

 Lo bueno es que quien cuida tu celda sos vos. Vos tenés el poder de escupir en la cara de cada uno de los miedos. Del miedo nadie zafa... pero muchos lo superan. Se ponen por delante, se escapan. Todo lo grande que pueda esperarnos está fuera de lo que llaman "zona de confort". ¿Es linda? ¿Segura? Sí, muy. Muy vacía también. Pensá un segundo en todo lo que superaste, cada miedo y cada traba hasta ahora. Todo lo que conseguiste que no hubieras conseguido. Llegaste hasta acá, celebrá tu existencia. Venciste muchas cosas para ser quien sos hoy, y todavía estás en camino de quién podés ser. Y el miedo siempre va a estar ahí, gritándote en la oreja. Queda decidir qué tanto vas a escuchar.

 De mi vieja aprendí que lo contrario del amor no es el odio, sino el miedo: el amor te mueve y el miedo te frena. El amor hace que rompas las barreras que el miedo puso: te pone a prueba constantemente, te invita a ser mejor (y para eso, de forma indefectible hay que arriesgar). Además, analizándolo un poco más a fondo, amor y odio pueden ir de la mano y el odio a veces es sólo el hijo iracundo del miedo. Hay odios, como la xenofobia y la homofobia, que son hijos del miedo y la ignorancia. Y la cura es el conocimiento: aprender y leer, conocer lugares y gente. Salir de uno mismo da a veces menos miedo que entrar. Y ambos son necesarios. Después de todo... no hay nada más terrorífico que terminar pensando en todos los "¿Qué hubiera pasado si... ?".

martes, 25 de agosto de 2015

Soy sólo esto, barro nomás

 Hace algunas semanas tuve la suerte de poder entrevistar a Sebastián Rojas (productor del Maipo) acerca de su proyecto, Acá Estoy. Los resultados están en esta nota. No pude evitar que el proyecto me identifique y me llene de ganas de gritar también Acá Estoy. Principalmente porque creo que este espacio en sí se basa en decir “Acá estoy, estas son mis ideas”. Ya en el primer post hablé de mis ganas de compartir algunas cosas para las que Twitter me quedaba chico con sus 140 caracteres. Faltó agregar, en ese momento, que Facebook me resulta impersonal y masificado como para darle algo de identidad a lo que escribiera. No sé a quién pueda importarle una sola de las líneas –exceptuando a mis amigos, que al menos me leen por cariño-, pero francamente espero que a alguien le sirvan. Creo que ayuda preguntarse lo que acá contesto (¿Quién soy?, ¿Cuál es mi sueño?, ¿Cómo ves al mundo? y ¿Por qué gritás “Acá Estoy”?). Y por eso hago esto también, para invitarte a gritar conmigo Acá Estoy.

 ¿Quién soy? Me gustaría saberlo. Al menos saberlo en su totalidad, cosa que dudo que algún día pase. De todas formas, lo que sé de mí ya no entraría en las 600, 700, 800 o 1000 palabras que suelen tener mis posts. ¿Puede alguien ser definido? ¿Más aún, puede definirse alguien a sí mismo? ¿Bajo qué criterios? Son todas preguntas sin respuestas, pero que vale la pena hacerse. Puedo optar por hacer lo que el protagonista de Breve descripción de mi persona (canción del Cuarteto de Nos donde se le pide a un postulante una breve descripción personal debajo de la solicitud) y empezar a relatar datos aparentemente inconexos, mezclando la profundidad con la banalidad. Digo “aparentemente” por mi gusto por lo críptico, por lo que no se ve a simple vista sino que hay que entender que hay algo más allá. Soy un amante de la música, un junta-palabras (porque “escritor” me queda enorme), un periodista en proceso. Soy de los que intentan aplicar eso de “ser como te gustaría que fueran con vos”, aunque consciente de que no todos son así y muchas veces espero de más. Soy el que le pedís la mano y capaz te da el codo o capaz no te da bola. Según. Pero es raro que te dé sólo la mano. Soy el que, a pesar de que la RAE no lo recomienda, prefiere diferenciar “sólo” de “solo”. Soy el que era tímido y logró superarse. Soy el que se cayó y se levantó lleno de lastimaduras. Pero se levantó.

 Los sueños están directamente ligados a quiénes somos. Considero que es más fácil contestar uno teniendo bien claro el otro. Lamentablemente, no tengo claro ninguno de los dos. A nivel individual lo tengo más claro: mi sueño es ser artista. No importa el medio, porque el arte es algo que surge de adentro, importa el poder generar. Lo increíble, lo heroico, es generar en alguien lo que en mí generó Antoine de Saint-Exupéry, que todavía me abre la cabeza. Lo que en mí generó Alejandro Casona, que me llenó el alma de ganas de seguir leyendo. Lo que me generó Led Zeppelin, que me llevó a lugares de mi cabeza que no conocía. Lo que me generaron Szifrón, D’Elía,Peretti, Fiore y Seefeld o Bays, Thomas, Radnor, Segel, Hannigan, Smulders y Harris, que jugaron con mis emociones llevándome de la risa a conmoverme o sentir tensión. Aunque todas esas sensaciones en realidad se resumen en un cosquilleo en la panza que sube hasta el pecho. El día que pueda generar algo así voy a haber conocido eso que suele llamarse “éxito”. A nivel global… “paz mundial” me suena muy barato y trillado. Supongo que podría resumir mi sueño en lo que dijo mi héroe... que las personas se amen.

 Es difícil describir el mundo en el que vivimos. Creo que aplica un poco lo que dije sobre mí mismo: no alcanzarían caracteres para una descripción concreta ni un único enfoque posible. No obstante, vale soltar algunas ideas. Lo veo como el tiempo de las potencialidades: salvar al mundo en cualquiera de los niveles está más al alcance de lo que haya estado nunca. Hoy es posible educar, generar infraestructuras, alimentar a la población o mejorar el medio ambiente de formas con las que antes no contábamos. El problema lo veo en la gente. Los que tienen a mano las herramientas parecen no estar dispuestos a usarlas y los que parecen querer lograr un cambio no consideran tener las herramientas. Sin embargo, el acceso a la información con el que contamos ahora es una herramienta que ninguna otra generación tuvo hasta ahora y es lo que puede marcar la diferencia de forma definitiva y contundente. Es el momento de tomar conciencia. Un mundo mejor no es fácil, pero es posible.

 Yo grito Acá Estoy porque no me queda otra. Porque me sale de adentro, me quema la necesidad de hacerlo. Porque creo, como Ernesto Sábato, que una vida más humana está al alcance de nuestras manos. Porque somos considerados una generación estúpida por la generación que tanto daño le hizo al planeta, a la nación y a la sociedad en la que vivimos. Porque tenemos las chances que nadie tuvo antes que nosotros: un acceso a la información que hubieran envidiado todos los grandes científicos de la historia. Un chico de 10 años tiene la oportunidad de aprender el triple que en el colegio con un aparato que le entra entre los dedos. Porque no tolero que le hayan metido en la cabeza a tantas generaciones el odio a uno mismo, llevarlos al extremo de que perder un par de kilos importa muchísimo más que haber leído un par de libros. No tolero que nos quieran implantar la tristeza, y que nos quieran hacer creer que la felicidad está en el consumo y en el vacío de que nada ni nadie nos importe. Grito Acá Estoy para liberarme y ser parte de la libertad de otros, hacerme cargo. Porque creo que si todos demostramos que acá estamos, y estamos dispuestos a cambiar la realidad… la realidad va a ser otra. Hay esperanza. All will be well.

Sé de dónde vengo, sé dónde voy,
por eso sé dónde estoy, no me avergüenza lo que soy.
Sé cuál es mi lugar y a dónde pertenezco,
lo que no me corresponde y lo que merezco.
Soy sangre de mi sangre y soy mi costumbre,
soy mis hábitos y códigos, y mis incertidumbres.
Soy mis decisiones y mis elecciones,
soy mis acciones, solo y en la muchedumbre.
Soy mis creencias y mis carencias,
soy mi materia y mi esencia,
soy mi presencia y mi ausencia,
mi conciencia y mi apariencia.
Soy mi procedencia.
Soy mi herencia y mi experiencia,
soy mi pasado y mi vigencia.
Y esa vivencia es la referencia
que con otros me une y me diferencia.

martes, 18 de agosto de 2015

Poder decir adiós es crecer

 Creo que uno de los “clicks” más importantes del paso a la adolescencia es el descubrir que la vida no es pura alegría, felicidad y algodón de azúcar. De hecho toda la adolescencia se ve marcada con esto: primero una gran frustración al descubrir falibles a nuestros padres –que eran nuestros modelos- y al descubrirnos vulnerables a nosotros mismos. Después con esto viene la rebeldía, la resistencia a un mundo hostil e inseguro. Y es en la adolescencia, generalmente, cuando empezamos a tener decepciones con las personas. Descubrimos, también, que no sólo las demás personas no actúan como nosotros o como a nosotros nos gustaría, sino que algunos parecen empeñarse en hacer exactamente lo contrario a lo que nuestra moral nos indica. ¿Por maldad? No. Bueno, a priori la respuesta sería que no, que nadie se pondría a contrariarnos por mero gusto... aunque en realidad eso es algo que en lo que YO no gastaría mi tiempo. 

 ¿Hacemos bien en esperar algo del otro? Si. No. Tal vez, depende. Cuando uno entabla cualquier tipo de relación por elección -hablando de amistad y pareja, no de familia-, lo hace basándose en la confianza. Confianza en que no va a ser traicionado, confianza en que el otro no va a aprovechar nuestras confidencias para hacernos daño, confianza en que el otro va a apoyarnos, confianza en que el otro va a hacer cosas para vernos bien. ¿Está mal esperar eso? Depende. Partamos de una base: no se puede esperar de un burro más que una patada. Por otro lado, la gente es lo que es, independientemente de nosotros. Entonces, la otra persona puede actuar de forma distinta a la que yo querría, actuaría o incluso llegara a pensar. Eso no está mal: somos personas libres y cada uno hace lo que le viene en gana. Recordemos que nuestra Constitución nos permite hacer todo lo que la ley no prohíbe. ¿Tenemos que dejar, entonces, que nos pisoteen, que se caguen en nosotros y nos destrocen? No. Ahí entra en juego nuestra libertad: nosotros podemos elegir no soportar esas situaciones. 

 Por motivos prácticos suelo elegir ejemplos exagerados para explicarme. Persona X tiene una manía: habla de los defectos físicos de la gente que tiene alrededor. Él/ella argumenta -con razón, quizás- que él/ella es así, que es su forma de ser y no tiene por qué cambiarla, que nada le impide ser así. ¿Tenemos, entonces, la obligación de relacionarnos con él/ella? No, para nada, jamás. Nos relacionamos, al fin y al cabo, con gente que nos es afín. Y eso es bueno, porque potencia nuestras habilidades, nos relaja, nos cuida, nos hace más felices. Hace un tiempo pensé que, si hay alguien que elegiste que esté en tu vida, debería ayudarte a ser mejor persona. En cualquiera de los sentidos que ello implique. No porque alguien deba "sernos útil", sino porque si no es así, esa persona nos está sacando la energía, nos está lastimando. Y en base a eso me surgió, hace algunos años, lo que me gusta llamar "la Teoría de la Tostada". 

 La Teoría de la Tostada nació en un momento particular de mi vida. Fue un día de la madre, algunos años atrás, cuando yo decidí hacerle el desayuno a mi mamá y se me quemaron las tostadas. ¿Qué hace alguien que saca tarde del fuego unas tostadas? Las raspa, para sacarles lo quemado. En ese momento había una persona que, por distintos motivos, me había lastimado más de lo que me hubiera gustado. Y ahí entendí todo. El gusto a quemado es particularmente invasivo: si no raspás a conciencia la tostada corrés el riesgo de que lo que quede quemado arruine el gusto de toda la tostada. Comparé entonces a mi vida con un pan: lo había dejado mucho tiempo al fuego –dolor- y ya estaba quemado… y lo quemado tenía que rasparlo. Iba a doler, lo sabía… pero cualquier vestigio que dejase iba a arruinarme el sabor de cada momento. Hay gente que, queriendo o no, en nuestra vida hace demasiado daño. Y en algún momento, por amor propio, hay que decir “hasta acá” y frenar. Y a veces hay que eliminar todo tipo de relación y todo tipo de vestigio. Esto implica también dejar de hablar de esa persona: criticarla equivaldría a seguir masticando lo mismo. Entonces, aunque duela, hay que “raspar” a esa persona tanto como se pueda de nuestra existencia. Sacarla de nuestro sistema como si de una enfermedad se tratara. El resto… que el tiempo se encargue de curar. 

Soltar no es decir adiós, es decir gracias 

martes, 30 de junio de 2015

Vamos con paso firme, no nos quedamos

 Puede que alguna vez sientas que algo de lo que pasó no debería haber pasado. Pero el mundo sigue girando. Puede que alguna vez sientas que todo a tu alrededor se desmorona. Pero el mundo sigue girando. Puede que realmente sientas que todo terminó, que nada tiene sentido. Pero el mundo sigue girando. Y vos estás en él. Y estando en el baile... toca bailar.

 Podés intentar esquivar responsabilidades y hechos durante toda tu existencia, pero lo cierto es que eso sería morirse por dentro. No se puede vivir huyendo, no se puede ser cobarde siempre. Llega el momento, ese bendito o maldito momento de hacerse cargo de lo que no se eligió ni se tuvo participación. Tocó. Fortuitamente, de golpe. Ni lo esperabas ni lo generaste ni tenés la culpa. Pero la tenés que pagar igual. Podés frenarte a llorar por los rincones o podés hacer algo al respecto. Ojalá siempre elija lo segundo.

 Si algo aprendió mi viejo, que era de esos que les gusta tener todo bajo control, es que no podía controlar qué pasaba sin él. Lo aprendió al fin del camino, como no podía ser de otra forma, y quizás un poco tarde. Y el mundo siguió girando, y nosotros avanzamos. Así de complejo y así de simple. Quiero ser claro cuando sostengo que, sin duda, no hay otra opción posible. Quedarse en las lamentaciones y en autocompadecerse es lo más venenoso que puede haber para una persona.

 Siendo realistas, para la inmensa mayoría de la humanidad sos un número. Más aún, para las corporaciones sos un cliente. Y no sólo no les interesa que no prosperes ni avances, sino que les interesa que estés lo más hundido posible en la miseria. ¿Por qué? Porque el más miserable es el mejor cliente. Según Will Rogers (comediante norteamericano), "la publicidad es el arte de convencer a la gente para que gaste el dinero que no tiene en cosas que no necesita". Te convencen de que una gaseosa es lo que te va a hacer más feliz, que ese yogur te va a hacer más flaca (y que no ser flaca es ser infeliz) y que quererte más es sinónimo de comprarte esa crema tan cara. Y en realidad, quererte más es sinónimo de rebelión, de salir del barro donde les conviene que te mantengas hundido y les dés un puñetazo en la cara.

 Como diría Iorio… “ya sé, dirás ‘muy duro es avanzar’, mas quien avanza es el que existe”. No, no es fácil. Nadie dijo que lo sea, nadie dijo que tenga que serlo. Lo fácil es que la culpa de todos tus males la tengan tus papás, tus amigos, tus exs y las respectivas putas que parieron a cada uno. O, más fácil aún, la culpa es del destino. Culpa “del destino” es haber nacido negro en Alabama a principios del siglo XX, y así y todo muchos pusieron la cara frente a eso y lograron el cambio. Pudieron flaquear, pudieron dar marcha atrás, pudieron abandonar su lucha, pero no lo hicieron. No lo hicieron ni frente a lo irracional de los argumentos enemigos ni ante la ferocidad de sus garrotes. Y solamente dando un ejemplo de luchadores, que en la historia hay miles. La gran mayoría, en las peores condiciones posibles. Lo difícil es darse cuenta lo que es y no es culpa de uno, y enfrentarse a solucionar lo que no es culpa de uno también. Y al final podés llorar, gritar y patalear. Podés clamar a los cielos preguntando el por qué de tu infortunio o insultando por él. O podés levantar la cabeza y hacer algo al respecto. Lo único que te pido, en cualquiera de los dos casos, es que te hagas cargo de tu decisión.


Más allá de la noche que me cubre,
negra como el abismo insondable,
agradezco a los dioses, si existen,
por mi alma invicta.
Caído en las garras de la circunstancia
nadie me vio llorar ni pestañear
bajo los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el horror de la sombra,
la amenaza de los años me encuentra
y me encontrará sin miedo
No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino.
Soy el capitán de mi alma.

miércoles, 24 de junio de 2015

En un café se vieron por casualidad

 ¿Dónde estás? Geográfica y temporalmente… ¿Por qué acá y no en otro tiempo y espacio? ¿Por qué tus amigos son esos y no otros?

 Pensá un minuto en todo lo que tuvo que pasar para que estés ahí. Una mudanza, un cambio de colegio, un cambio de carrera, una enfermedad, un trabajo… todo eso pudo repercutir directamente en que tu historia hoy sea otra. Elegir un colegio, una universidad o que te hayan contratado en ese lugar hizo que conozcas a un determinado grupo de personas con las que te relacionaste cuya probabilidad de que conozcas de otra forma seguramente era muy baja. Más aún, cualquier actividad que hayas decidido realizar que incluya otras personas seguramente hizo que conozcas gente. Incluso el lugar donde vivís hace que te relaciones con determinadas personas. ¿Qué influencia tiene esto?

 Tus amigos, esos que saben todo de vos, salieron de ahí. Cualquier amigo que tengas “del colegio” está íntimamente relacionado con el hecho de haber ido a dicho colegio. Y así con todo. Y haber ido a ese colegio pudo ser el resultado estadístico más probable o una casualidad. El hecho de que te relaciones con unas personas y no con otras depende de decisiones que tomaron tus padres o tomaste vos basándote en mil vectores distintos. La cuestión es… ¿sos consciente de la cantidad de cosas que tuvieron que pasar para que seas la persona que sos?

 ¿Cómo se conocieron tus viejos? ¿Tus abuelos? ¿Tus bisabuelos? Según los datos de mi blog, 75% de las veces que pasaron por acá fueron desde Argentina. Los argentinos somos en un 51% descendientes de italianos solamente. Nuestros antepasados vinieron al país escapando de la guerra… por lo cual sin guerra no hubiéramos nacido. A eso van mis primeras preguntas… ¿qué tantas cosas ajenas a la decisión de nuestros antepasados interfirieron directamente sobre nuestra propia existencia? Si mañana te casaras con tu pareja actual o cualquier persona que ya conocés de cualquier ámbito, ¿qué tanto tuvo que ver la casualidad con que se hayan conocido?

 Cualquier vínculo que tengas no solamente tiene que ver con el hecho estadísticamente improbable de que hayas nacido (estadísticamente improbable por la acumulación de casualidades que tuvo que haber para que se conozcan y tengan hijos todos tus antepasados) y que hayas estado exactamente en ese lugar y tiempo en el mismo lugar que esa otra persona. También depende de que esa serie de casualidades se hayan acumulado para que la otra persona coincida con vos en ese lugar y momento y la última casualidad que haya hecho que establezcan una primera conversación. Esto se potencia muchísimo si no se trata de algo común como alguien que conociste en el colegio, sino que se trata de alguien que conociste en una parada de colectivo o en una fiesta. Estuviste exactamente ahí y pudiste no haber estado por cientos de buenos motivos.

 O quizás… quizás estoy desvariando. Quizás es cierto eso del hilo rojo, y que estamos destinados a encontrarnos. Me parecen igualmente románticas ambas ideas. Quizás somos el resultado matemático de una infinidad de coincidencias de todo tipo, la respuesta estadística improbable y única entre millones. Quizás somos héroes trágicos, e incluso cuando pretendemos alejarnos del destino que nos es propio nos enfrentamos a él cara a cara. Quizás con esto se piense en un mundo rosado donde el amor une como una telaraña a las personas… pero no es mi visión. Estando destinados a encontrarnos o siendo casualidad, también nos encontramos con gente que nos lastime y nos agobia. Sin embargo… tal vez todos esos hilos (o esas casualidades) nos lleven irremediablemente a la encrucijada de crecer o perecer.

Y debo decir que confío plenamente en la casualidad de haberte conocido. (...) Que no fuiste el amor de mi vida, ni de mis días, ni de mi momento. Pero que te quise, y que te quiero, aunque estemos destinados a no ser.

miércoles, 17 de junio de 2015

Recuerdo que juntos pasamos muy duros momentos

 Amigo... qué palabra. En línea general detesto pronunciarla. Supongo que porque en lo referente a las relaciones hace algunos años siento aversión por los títulos. "Amigo", "mejor amigo", etc. También me pasa con los títulos en la pareja, pero creo que de eso voy a hablar en otro momento.

 ¿Qué es un amigo? Es una pregunta de mierda, porque nadie puede sacar el diccionario del bolsillo (o de la biblioteca) y decir "es esto, esto y esto". A lo sumo podemos acercarnos a una definición pensando en qué tienen en común todas esas personas a las que consideramos amigos. Esa gente que nos es "afín", que sentimos que podemos compartir determinadas cosas.

 Cuando éramos chicos, cualquiera con el que pudiéramos jugar un rato era nuestro amigo: ahí estaba toda la coincidencia que necesitábamos, satisfacía nuestras necesidades. A medida que fuimos creciendo empezamos a escuchar de los grandes eso de que "amigos se cuentan con los dedos de una mano". Probablemente no lo entendimos, porque cualquiera podía ser nuestro amigo, aunque diferenciábamos una relación más cercana con uno o dos, a ese le decíamos "mejor amigo". Hay gente que conserva el mismo desde los 2 años y gente que lo pierde por un motivo u otro, o que gana un hermano de la noche a la mañana por un evento fortuito. Socialmente parece que los años pesaran bastante, ya que también se escucha que "las amistades se construyen con los años". En lo personal creo que en lo referente a las relaciones humanas vale poco el tiempo en relación a las experiencias: una experiencia lo suficientemente fuerte acompañado puede pesar mucho más que años de tibias trivialidades compartidas. Un gesto sincero puede pesar más que unas cuantas bromas durante meses.

 La amistad, como toda relación, creo que se basa en la confianza. ¿Qué clase de amigo es ese en el que no podés confiar? ¿Qué clase de amigo es alguien con quien no podés darte la libertad de ser vos mismo? Si no se confía nada se puede construir, porque no vale la pena construir nada; todo tiene la estabilidad de un castillo de naipes, ante cualquier dificultad por mínima que sea todo se vendría abajo. Será por eso que hay “códigos” establecidos. Mi viejo decía “códigos tienen los mafiosos, los decentes tienen valores”. Algo de razón tendría, porque en esta sociedad que dejó los valores guardados en la guantera solamente de códigos se habla.

 ¿Por qué códigos? Quizás porque en la postmodernidad en la que vivimos, donde todo parece superficial y vago, parecemos no notar qué es lo que puede molestar al otro. Hay cosas que uno creería que no merecen ser aclaradas, pero las pruebas empíricas demuestran lo contrario. Los hombres ya no tienen honor ni palabra, o al menos uno nunca puede fiarse de eso (o quizás soy yo el desconfiado al que le cagaron la cabeza). Los códigos a los que aludimos de forma mecánica tienen que ver con las cosas que pensamos o sabemos que pueden molestar a ese amigo. Amigo al que se supone que queremos, y que no queremos ni molestar ni lastimar.

 Sin embargo, (y tratando de sacudirle la tristeza a mis párrafos) hay quienes no necesitan ni códigos ni aclaraciones, que comparten nuestra felicidad y nuestra angustia con la misma fidelidad. Hay quienes con pocas palabras o con ninguna, con señales de humo o con el mínimo gesto están ahí y entienden qué nos pasa. Hay quienes, aún desde su imposibilidad de sostenerse a sí mismos, prestan el hombro para sostenerlo a uno. Hay quienes realmente sufren cuando no encuentran la forma de calmar nuestro dolor. Quizás se trate un poco de todo eso, quizás sea algo mucho más profundo. En cualquier caso, agradezco que estén ahí.


Es bueno haber tenido un amigo, aún si vamos a morir.