jueves, 23 de agosto de 2018

El chequeo que nadie pidió

Hay un tipo de especímen digital cuya contraparte tangible es gente gris del tipo que mira programas donde un mago revela cómo se hacen los trucos y después corre a contárle al resto, aunque nadie le haya preguntado nunca. Ojo, que no está mal tener intereses y compartirlos, pero no hay necesidad de matarle a nadie el chico que lleva adentro, por mucho que el tuyo esté podrido hace rato.

Todo esto surge, como mucho de lo que nos asalta a los nativos digitales, de un hilo de Twitter. Una española cuenta que se encontró un celular sin contraseña y de repente se enfrentó a una sucesión de cosas misteriosas. Al momento de escribir esto, ella todavía no terminó. Cualquiera con Twitter no debe haberse olvidado de la historia de Manuel Bartual y su doppelgänger y varios deben conocer más hilos del mismo estilo. El twittero sufre, de golpe, algo muy raro que lo saca de su cotidianeidad y lo comparte en la red. Como la gente es curiosa y el estilo del twittero es realista, se va compartiendo el hilo y se viraliza. La gente, cuando puede, además interviene dando ideas o ayudando a descifrar pistas, y eso está muy bien. Pero hay otro tipo de sujeto virtual que interviene no para ayudar, sino para decir que se trata de una ficción, que no tiene sentido seguirle el juego. A esa gente no puedo más que desearle unas fuertes hemorroides.

Estos especímenes no son modernos para nada, ya hablaba Dolina en el 88 de "Los Refutadores de Leyendas" y Casciari en 2004 de "Los mata-magia". Gente que si le preguntás seguro acusa altruismo, dice que lo hace para sacarle la venda de los ojos a la gente, pero en realidad los mueve la soberbia. Los mueve el pensarse más vivos que el resto, más despiertos frente a los que nos engañan y los mueve la necesidad imperiosa de demostrarlo. No sospechan, ni por asomo, que nosotros podemos darnos cuenta solos o que no queremos darnos cuenta para disfrutar enteramente de la experiencia que ofrece el artista.

Claro que no hablo de cosas serias, como el discurso de un político. El "andá a chequearlo" está muy bien cuando se trata de alguien que basa su discurso en datos incomprobables. Pero, ¿quién te manda a chequear si es cierta o no la historia del abuelo que sufre en un bar la pérdida de su compañera de toda la vida o las palabras de aliento que te dio un desconocido en la calle? ¿Qué sentido tiene saber si el twittero armó minuciosamente la historia cuando parte fundamental de la obra es precisamente jugar con la credibilidad y la cuarta pared? ¿Esta gente va a los teatros a gritarle a los actores que encarnan una mentira, que no se llaman así ni son así en su día a día?

Creo que es un problema de la virtualidad, dentro de las tantas ventajas hay que pagar algunos precios. En la vida tangible uno al menos no sufre el asalto de un desconocido que se cree piola. No te aparece por la espalda un desagradable, en un show callejero de magia, a contarte los pormenores del truco. En el fondo, además de enojo me dan un poco de pena por su increíble falta de capacidad de entender que una mentira no es más que un recurso literario. 

martes, 14 de agosto de 2018

Te amo. Te odio. Dame más.

Otra noche acostado pero despierto a las tres de la mañana. Era insomnio provocado: la luz azul de las pantallas dicen que saca el sueño. Llevaba dos horas no intentando dormir, sino superar mi propia puntuación en algún juego idiota. De repente, se abrió la puerta.

Mi cerebro no tuvo tiempo de procesar todo a la vez y casi hace colapsar todo el sistema respiratorio. Primero pensé que era mamá (que a veces se olvida del concepto de "privacidad"), al toque me di cuenta de que no había escuchado sus pasos torpes. Es más, el picaporte no hizo ruido al abrirse. Entonces se prendió la luz y terminé de congelarme al ver a una desconocida. Bueno, no realmente. En lo que tardé en recuperar la respiración pude verla bien. El pelo larguísimo con mechones de varios colores en una armonía extraña. Encima no llevaba ningún lujo: remera, pollera y zapatillas negras. Los ojos marrones no tenían ningún rasgo en particular, pero en su mirada estaban todas las miradas de la gente que alguna vez conocí. Ahí me di cuenta de que era Creatividad.

-Calmate, infeliz.

De alguna manera sabía que nunca había escuchado esa voz pero me era familiar. El tono, ni muy agudo ni muy grave, era agradable. Y lo que dijo, aunque violento, fue sin levantar la voz.

-¿Se puede saber qué estás haciendo?

Balbuceé una respuesta. La cara de culo se le hizo más notoria y me dejó mudo del todo. Esperó unos segundos antes de la siguiente pregunta.

-¿Qué hacés, que no estás trabajando?

En general no soy bueno para contestar reproches, mucho menos cuando estoy en ropa interior. Ensayé algunas excusas del mismo calibre que las que uso conmigo mismo. Que mañana, que no tengo tiempo, que ella nunca viene cuando yo quiero empezar a hacer algo. Me cruzó la cara de un bife.

-¿Qué hacés vos para que yo venga, pelotudo? ¿De qué tiempo me hablás, si no tuviste tanto tiempo libre desde que dejaste la facultad? 

Tenía razón pero no me animé a interrumpirla para decírselo. Hubiera sido peor.

-Te vengo bancando desde adolescente, cuando llegaba y vos me querías pintar los labios y poner collares y anillos. ¡Como si yo no fuera hermosa, estúpido! Todavía te cuesta aceptarme como vengo y querés decorarme como si fuera parte de tu habitación. Eso cuando no me despreciás como a los linyeras a los que ni mirás cuando te piden un mango.

-¿Cuándo te desprecié?

-Montones de veces. Te hablo al oído, casi siempre cuando vas por la calle sin auriculares y me podés escuchar bien. Te entusiasmás y todo, pero cuando llegás a tu casa en vez de sentarte a escribir te ponés a pelotudear.

-Pasa que cuando me pongo frente a la hoja en blanco me parece que no estoy por decir nada nuevo, nada interesante. No puedo reinventar la rueda.

Me volvió a pegar, del otro lado y más fuerte. Me quedaron zumbando los oídos.

-¿Vos te pensás que es la misma rueda la de hoy que la de la prehistoria? Todos los días alguien reinventa la rueda. Obvio que no el funcionamiento base, pero sí la hacen de tal o cual color, o mejor para determinadas cosas.

No sabía qué decirle, así que siguió hablando ella.

-Además, no es que te esfuerces mucho por reinventar cosas. Nunca te encuentro trabajando. Casi nunca me llamás. A veces hasta pasás semanas sin verme reflejada en lo que hacen los demás. Ni siquiera tenés la decencia de salir a buscarme a la calle, te la pasás todo el día encerrado como si fuera a pasarte algo súper interesante entre cuatro paredes. Para colmo, alienado y esclavo de las pantallas.

Me retó un rato más, ya no me acuerdo del todo. Se fue serenando de a poco y mostrándose seria pero calmada. No sonrió en ningún momento. Antes de volver a salir por donde entró sin que yo intente seguirla me dejó una advertencia.

-Te la hago corta, para terminar. Dame bola, laburá para que te encuentre. Mirame en otros ojos y en la calle. Si vas a seguir con eso de "no tengo tiempo" no vuelvo más.

Tardé algunos minutos en recuperarme. Desinstalé los juegos del celular tratando de no pensar demasiado para no arrepentirme. Después me levanté de la cama de un salto, dispuesto a trabajar toda la noche. Pero antes, un videito de YouTube...


lunes, 16 de julio de 2018

Lamento tus muertos

Por cuestiones de oficio y de hobbies me he cruzado muchísimas veces con gente que confunde hablar con elegancia, solemnidad o nivel con hablar en "neutro" (tal cosa no existe, pero así nos referimos a los doblajes tan simpáticos que recibimos desde la más tierna infancia). Por dar ejemplos, cuando escriben "el cual" en vez de "que" o escriben "iremos" en lugar de "vamos a ir", que es mucho más rioplatense.

Tal vez venga de ahí que, cuando a alguien se le muere un ser querido, le digamos "lo lamento". Suena terriblemente anticlimático: "lo lamento". Es una patada en la boca para el que lo dice y una patada en la oreja (o en los ojos) para el receptor también. No es natural, sentimos como si otro nos hubiera usado la boca. No tiene nada que ver con ninguna de nuestras expresiones porque no usamos el verbo "lamentar" como el resto de los hispanohablantes. Nunca decimos "lo lamentarás", a lo sumo "te vas a arrepentir". Y cuando estamos muy arrepentidos por algo tampoco decimos "lo lamento", sino que pedimos perdón.

¿Qué decimos con "lo lamento"? La mayoría de las veces ni siquiera sufrimos por el difunto (que capaz ni conocemos), sino por la persona viva a la que le duele la pérdida. Es decir, ni siquiera "lamentás" la muerte, sino el sufrimiento del vivo. Tampoco usamos la palabra "pena", más que en su sentido jurídico. Lo que queremos decir, capaz, es "me pone muy triste lo que pasó porque te quiero y tu dolor me duele un poco también", en el mejor de los casos (cuando la expresión no viene obligada por el careteo de que te acaba de contar la tragedia alguien que te importa más bien poco). Pero es muy largo, y en esos momentos uno se siente tan torpe...

¿Qué decimos entonces? No me es orgullo tener cancha en el asunto, pero es que tampoco me quedó otra. He sido receptor de todo tipo de muestras de acompañamiento, algunas genuinas y muchas otras de cotillón. No los culpo, tampoco, porque en perspectiva uno se da cuenta que tampoco sabe qué hacer desde el otro lado. El tema está en que, genuinas o de cotillón, las palabras sirven más bien poco. No importa quiénes "lo lamenten", no importa que "está en el cielo" (porque yo lo quiero acá, conmigo), no importa que haya tenido "una buena vida", ni muchos otros clichés. Nada hace la diferencia.

Lo que sí me hizo la diferencia, en el fondo, fue saber a quiénes tenía alrededor y acompañándome de verdad, desde donde pudieran (aunque fuera en silencio).

martes, 22 de mayo de 2018

Cuando se escapa el alma

Creo que fue en la secundaria cuando leí Bodas de Sangre, ya no me acuerdo si porque quise o porque me lo mandaron a leer. En las primeras dos páginas plantea (aunque es un tema recurrente en la obra) la fragilidad de los cuerpos, tan expuestos al desastre como si los años que llevan encima no hubieran valido nada. En otro posteo hablo específicamente de cómo esa conciencia me afecta en cuanto a mi propia fragilidad.

Quedamos en vernos a las 8, 8 y cuarto todavía no está. Bueno, siempre llega tarde, no será para tanto. Es una lástima que tampoco atienda al WhatsApp, y que su última conexión haya sido hace más de una hora. ¿Me habré confundido con la dirección? No, acá está, se la dije bien y acá dice que nos encontramos a las 8. Compruebo hasta el día para que el miedo quede en segundo plano un rato más (como otra pestaña en mi navegador cerebral). Sin embargo, lo puedo escuchar susurrarme "che, ¿no le habrá pasado algo?". Primero despacito, la racionalidad controla la pelota porque todo apunta a lo evidente: sólo se le hizo un poco tarde, con esta ciudad de locos es normal. Pero minuto a minuto va ganando más terreno, hasta gritarme en el oído "por favor, que no haya pasado nada". El alma se me escapa de a poco y la desesperación se me traduce en el cuerpo aunque peleo por no sacarla afuera, porque estoy en público. Al final la persona llega, me vuelve el alma al cuerpo y, aunque la puteo un poco, no puedo estar más contento.

Lucho con eso cada vez que me pasa, trato de ser racional, pero conforme pasa el tiempo voy perdiendo la pulseada. Después puedo ser feliz tranquilo, puedo seguir con mi vida y tolerar el sudor frío cuando la calma ya volvió. Me siento un estúpido, dándole valor a un miedo que ya sé que se equivocó muchas veces. Sé que en mayor o en menor medida mi sentimiento se repite todos los días en muchas personas, porque entendemos todos que el mundo es un lugar hostil y entendemos que las personas que amamos, al igual que nosotros, están en un riesgo constante. Admiro mucho a los que pueden mantener la cabeza fría en momentos así, a mí me cuesta en general. Sé lo que es sentir que se te escapa el alma y sentir que te vuelva al cuerpo.

Sé también que, atrás de cada uno de nosotros que putea y que abraza mientras agradece que su mundo sigue bien, hay gente que el sentimiento de calma no les llega nunca. Personas que no aparecieron ni 8 y media, ni a las 9, ni a las 11. Personas que quedaron plantadas para siempre en una esquina, aunque después hayan ido a otra parte. El alma no les volvió, se quedó pululando en busca del otro, como el perro Hachiko en la estación del tren. Lo terrible del miedo es que a veces no se equivoca.

martes, 8 de mayo de 2018

No saber por dónde empezar

"Ok, vamos a sentarnos a escribir. Voy a escribir sobre... ¿qué? Bueno, pensemos. ¿Esto? No, no me convence. ¿Esto otro? No. Esto, dale. ¿Cómo empiezo? No, así no. Así. ¿Y ahora cómo sigo? No, lo dejo a un costado. Empiezo con otra cosa..."

Si no me equivoco es Stephen King el que dice que hay que escribir dos mil palabras por día, de lo que sea. No sorprende que tenga alrededor de 60 novelas escritas, sin contar colecciones de relatos. La mayoría de los que hablan sobre el oficio de escribir comparten, sin embargo, en que hay que escribir para aflojar la mano. Son pocas las veces que puedo evitar la secuencia de no saber por dónde carajo empezar. Tengo problemas con la hoja en blanco, pero tengo más problemas aún con seguir sin saber dónde voy a terminar o por dónde quiero pasar.

Hoy se me ocurrió la brillante idea de revisar cosas viejas que hubiera escrito, que hubiera dejado por la mitad a ver si puedo darles una vuelta de tuerca y terminarlas. Resulta que en la computadora guardo cosas que escribo desde los 10 años. Sé que es una boludez juzgar a mi yo de 15 años por las pavadas que escribía, ¿pero mi yo de 18? ¿El de 20? La madre que me parió, leo pedantería a cada párrafo. Leo un estilo que pretende ser épico o interesante desde lo rimbombante de las palabras más que desde el contenido. Me odio un poco.

Siento que no puedo avanzar entre las ideas de mierda. Siento vergüenza, me pregunto si habré avanzado algo aunque sea. Me río de mis propias ocurrencias o motivaciones. Me leo hablándome a mí mismo de otras edades desde una edad que yo tampoco ya tengo. Me veo en opiniones que conservo y en otras que ya no tengo. Me alegro al menos en descubrir la lógica de por qué pensaba de determinada manera y qué me hizo cambiar de opinión (eso me ayuda a perdonarme un poco).

Qué difícil escribir ahora pensando que en dos años me va a dar indigestión leerme. Lo dije hace poco y lo repito: aunque me haga cargo de todo lo que hay en este blog, no me animo a leer los primeros escritos. Tengo terror. No sé si me da más miedo encontrarme en ideas de mierda o en una escritura de mierda. O ambas.

Pensándolo bien, y desde otro lado, también debe ser una cagada mirar para atrás y descubrirse genial. Descubrir que se alcanzó un nivel altísimo, de excelencia. ¿Cómo escribir pensando que ya escribiste lo mejor que podías dar? ¿Qué pasa si no estás ni a tu propia altura? Al final es una suerte que no me pase.

miércoles, 25 de abril de 2018

Volver en el peor momento

Crucé la puerta y la lluvia empeoró a la vez. Chequeé la hora y ya era tarde. Para colmo, sin un mango para volverme en taxi. Guardé los papeles en la mochila, adentro de una bolsa de plástico para que no se arruinen. Salí a enfrentarme con el agua y esperar el colectivo.

Por suerte vino rápido. Tenía unos veinte minutos para repasar la mentira punto por punto, alguna vez escuché que la clave está en los detalles. Desde que lo aplico no falla. La cuestión, creo yo, es que los detalles vienen bien para cambiar el rumbo de la conversación.

Ok, estuve con los chicos desde que salí del trabajo hasta recién. Jugamos al truco, tomamos birra. Facundo nos contó que quiere cambiar de trabajo y el Chino está saliendo con una amiga de la hermana. Es bueno mechar verdades en el medio, no importa que eso me lo hayan contado por WhatsApp, da fuerza a la historia y previene que alguno de los dos se mande una cagada si los encontramos por la calle. Otra clave es depender sólo de uno mismo.

Si diez minutos pueden cambiarte todo, tres meses ni te cuento. El monoambiente que antes era suyo ahora es nuestro, ahora huele a vainilla, ahora es nuestro lugar y aunque sea más chico que mi habitación entra todo lo nuestro. Ella me espera en casa con la cena lista, porque hoy es jueves y le toca. Yo le llevo una historia para la entrada y un chocolate para el postre.

En el fondo me jode tener que mentirle, porque para colmo soy horrible para disimular mis caras. Si lo sabrá mi ex... me repitió "estás raro" una semana seguida hasta que me ganó por cansancio. Tengo que cambiar de tema rápido y listo.

Entre el beso de bienvenida y el "probá esto" ni se acuerda de preguntarme nada y yo no insisto en contarle tampoco. "Hoy cumplimos dos meses juntos, ¿te acordás? No importa, te entiendo, no te preocupes".Yo me quedo paralizado, intento disimular que sabía, que por eso el chocolate, que estamos grandes para regalarnos cosas por fechas en particular y más aún por cumplir meses. Ella se ríe, me da la razón y un libro que le comenté hace unos días que quiero comprar. "Me hacés muy feliz", me dice. Le digo que ella a mí también. Eso es verdad pero no ayuda.

Volvimos en el peor momento. Los análisis salieron mal, la médica me lo dijo con todo el profesionalismo, como si en las venas tuviera líquido refrigerante. Como si adelante no tuviera un tipo que está camino a morirse y le miente a la novia para disimular que no pasa nada.

martes, 17 de abril de 2018

Lo único inevitable

Te vas a morir, antes o después. La conciencia de la muerte es una de las características más identitarias del ser humano. No sólo sabés que puede pasar ante el peligro inminente, lo sabés en cualquier momento en que lo pensás. Es lo único que sabemos que es inevitable: nuestro fin.

Para muchos, cumplir años es sinónimo de estar un año más cerca de morir (más bien es tomar conciencia de ello, a lo sumo). Para otros, entre los que me incluyo, vale la pena el festejo porque implica que sobreviví un año más. Un año más la muerte me pasó por al lado sin tocarme.

Tendría unos quince años cuando alguien contó en una mesa que a un amigo suyo lo encañonaron, le robaron y, cuando ya había entregado todo, lo gatillaron. La bala no salió y los motochorros escaparon. Detengámonos un minuto. La bala no salió. Traten de intuir, activando la empatía, lo que pudieron ser las horas, los días siguientes de ese chico que en ese momento no tendría más de veinte.

La vida es asquerosamente frágil. Muchas zonas vitales están expuestas todo el tiempo. Decimos sin miedo, desafiantes, que mañana un loco toca un botón y desaparecemos todos, pero muy pocas veces medimos qué implica lo que estamos diciendo. Qué implica, por ejemplo, que de golpe y porrazo se caiga una maceta en la cabeza de un desgraciado, y le ponga los proyectos (y los cariños) en pausa eterna.

Una amiga, hace un tiempo, me preguntaba por qué soy tan cariñoso a la hora de saludar. La respuesta es sencilla, porque tengo miedo. Tengo terror de que sea la última vez que nos veamos y lo último que hayas recibido de mí haya sido un beso seco, al pasar, un "saludo general", un movimiento de mano a la distancia. Por eso también estoy contento de verte de nuevo.

Es un miedo de mierda, no te permite ni enojarte. Porque incluso ahora que estoy enojado odiaría que lo último que haya recibido de mí la persona con la que me enojé sea un visto en WhatsApp.  Es fija que después de publicar esto le hable, que me trague el orgullo que nunca supe tener, a pesar de que me duela. Porque incluso aunque no me muera mañana, sabiendo que mi fin se acerca cada vez más (tal vez despacio, tal vez rápido) no puedo permitirme estar lejos de los que quiero. Porque nada nos salva de la muerte.

¿Qué nos salvará de la vida? Probablemente cosas como ésta:





viernes, 13 de abril de 2018

Diez minutos de más

Siempre trato de salir diez minutos antes de la oficina, como quien no quiere la cosa. Ojo, que no es maldad ni vagancia, ni esquivar un bulto de último momento. Es el subte. Esos diez minutos hacen la diferencia entre poder sentarme o viajar enlatado. Después queda desear muy muy fuerte que no se suba ninguna embarazada, ningún viejo (la mitad de las veces pasa, igual, y cedo más por culpa que por educación).

Diez minutos no parecen nada, pero cuando lo medís en situaciones así te das cuenta de que te puede cambiar el día. La lluvia es otro ejemplo: si salgo ahora llego seco, si salgo en diez me agarra a traición y llego hecho sopa, a punto caramelo para una gripe. El viernes pasado se me combinó todo: tuve que quedarme diez minutos de más por esos proyectos que nacen hoy pero tienen que estar para ayer y la tormenta se largó cuando había hecho una cuadra.


Me apreté en el vagón con una mezcla a partes iguales de agua y frustración. Al menos el calor humano previno la neumonía los cuarenta minutos hasta que me tocó bajar. Cuando salí lloviznaba un poco, pero ya sin molestar. A la vuelta de mi casa, veinte minutos desfasado de lo convencional, apareció adelante mío con un buzo con capucha que le quedaba grande. Nos despedimos cuando teníamos 16 y estamos al borde de los 23. 


Nos vimos a la vez y nos reconocimos al instante. Fue tan evidente que no pudimos ni hacernos los boludos y seguir de largo. Creo que a ella hasta se le escapó un gritito, o capaz fui yo. Ella me reconoció aunque ahora tengo barba y anteojos, yo la reconocí aunque haya crecido unos centímetros, se haya cortado el pelo y se le hayan terminado de desarrollar las tetas (o capaz se las hizo, no le pregunté).

Quisimos ensayar un saludo casual y al paso pero no nos salió. Nos quedamos mirándonos de arriba abajo. Ella reaccionó primero y amagó a abrazarme mientras me preguntaba "¿cómo estás?", yo reaccioné cuando ya la tenía encima, mientras respondía con el cariño de un autómata. Cuando pude hablar le pregunté qué hacía acá, si se había mudado a la otra punta del país hacía tanto. Resulta que se hartó y se mudó acá a una cuadra, que no tenía idea de que yo me había mudado también desde la provincia, que quería recibirse de diseñadora y allá no era tan fácil.

Habremos pasado unos quince minutos abajo de un techito hasta que nos decidimos por fin a tomar un café en un barcito de la zona. No me animé a invitarla a casa. Nos conocíamos de chicos y habíamos salido unos meses, con ese amor intenso adolescente, pero el trabajo del padre se la llevó a seguir con su vida en otro lado. En ese momento nos pareció una buena idea prometernos no intentar hablar para no sufrirlo más de la cuenta. No supimos más del otro.


Y ahora la tenía enfrente, con el pelo cortito y los mismos ojos curiosos de siempre. Yo, haciendo más esfuerzo por no parecer imbécil que por parecer interesante. No nos insinuamos en ningún momento, no paramos de hablar en ningún momento. Pasamos tres horas hasta que el bar cerró y la acompañé. Nos saludamos con un abrazo e hice las dos cuadras a casa pensando en por qué en ningún momento le conté que llevaba dos años en pareja.

sábado, 31 de marzo de 2018

Segunda temporada


Volví. ¿Por qué? Porque uno vuelve, tarde o temprano, a todo lo que alguna vez disfrutó. A veces con resultados interesantes, porque vuelve renovado y con cosas nuevas, a veces con resultados nefastos porque esas cosas nuevas no vienen bien ni son aceptadas. O porque el mundo en el que las disfrutamos ya no existe más.

¿Por qué dejé en su momento? Una mezcla, supongo, entre paja y no tener mucho para decir. O no tener las formas. O una manía terrible de querer escribir cada vez más en vez de escribir cada vez mejor. Veneno puro para el que elige formato web.

Tengo miedo de leer lo que escribí antes y encontrarme con un yo al que golpearía (al menos un coscorrón). Tarde o temprano igual voy a tener que hacerlo. No obstante, me hago cargo de todo desde ahora, aunque es probable que ya no piense como el que era al escribirlo. Empecé el blog siendo alguien que no sabía qué estudiar y ahora ya estoy recibido y estudiando más cosas. Aunque en el fondo sigo siendo alguien que no sabe qué (más) estudiar.

¿Qué vas a encontrar acá? Lo que se me pueda llegar a ocurrir. Periodismo seguro que no, aunque sea el oficio que elegí. No esperes frases chequeadas ni entrevistas o personajes reales. Este es mi lugarcito para mentir a gusto y quiero sacarle jugo a eso. Las verdades las dejo para otros proyectos. Dicho esto, creerme una sola palabra queda completamente a tu responsabilidad.

Tengo terror a escribir cosas que podrían poner Stamateas o Bucay en sus escritos, si estás buscando autoayuda podés seguir de largo. Todo lo que sé sobre ayudarse de verdad a uno mismo puede resumirse en “dejá de autocompadecerte, imbécil”.

¿Voy a subir semanalmente? Ni idea. Bienvenidos, de todas formas, a una segunda temporada.

PD: ¿Dejé la decisión de volver a la arbitrariedad de mis seguidores de Twitter? Dejé la decisión de volver a la arbitrariedad de mis seguidores de Twitter.


Mis sinceras disculpas a las 4 personas que votaron que no. Me puse democrático.

lunes, 6 de junio de 2016

No podemos cambiarlos, mejor que no existan más

Originalmente titulado "Las mentes abiertas de América Latina"*

 Con unos cuantos debates encima cualquiera puede fácilmente llegar a una comprobación fáctica: todos creemos tener la razón. Puede demostrarse de una forma muy simple. Uno cree tener la razón y al momento de notar el error, la opinión cambia en el acto y se forma otra. El error propio está, entonces, siempre en el pasado y el acierto en el presente.

 La máxima aspiración está en aceptar de forma constante la posibilidad de estar incurriendo en una equivocación con todos y cada uno de nuestros razonamientos. Esta duda perpetua puede asociarse con “tener la mente abierta” y es algo de lo que muchos se jactan, principalmente los que esgrimen argumentos liberales o progresistas. Con unos cuantos debates encima cualquiera puede notar que no es más que una fantasía.

 “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”, dijo Voltaire alguna vez, uno de los mayores exponentes de la ilustración. Desde entonces, y tal vez desde siempre, quizás haya sido el único en pensar así (y quizás ni siquiera). La frase real versionada por los open-minded del momento diría más algo como “no estoy de acuerdo con lo que dices, así que voy a atribuirte todas las características más nefastas y a gritar hasta que te calles”.

 Será que levantar algunas banderas da legitimidad. Hablar de derechos humanos, feminismo y bienestar social por lo que parece da lugar a iniciar una cacería de brujas contra todo aquel que no coincida en absoluto con nuestro discurso. Mientras, los más tímidos se sumergen despacio en la espiral del silencio.

 Son realmente llamativos. Defienden la libertad de expresión diciendo “Je suis Charlie” y defendiendo a Revista Barcelona –lo cual está muy bien- pero después se burlan, insultan y hasta agreden a alguien por algo tan íntimo como sus creencias religiosas. “Los hombres creían ser hijos de Dios y el hombre que siente semejante filiación puede llegar a ser siervo, esclavo, pero jamás será un engranaje”, escribió Ernesto Sábato en La Resistencia. La máquina de la intolerancia funciona a plena potencia.

 Lector, no sea ingenuo. Usted puede haberse formado durante años y puede tener argumentos muy sólidos tras habérselos cuestionado repetidas veces. Sin embargo, no lo  intente. Hágame caso. Es un despropósito intentar debatir con personas que se creen los heraldos de la verdad y en realidad son cazabrujas modernos. Además, ellos tampoco pretenden debatir. He llegado a leer cosas como “es imposible discutir con alguien que no haya leído a (Eduardo) Galeano” entre otros requisitos que había que completar para discutir con otra persona. Permítame el resumen: es imposible discutir con quien no piense igual.

 Tal vez se cuestione: “¿las personas paradas en la esquina opuesta del pensamiento no son igual de cerrados?”. En muchos casos, la pregunta no merece respuesta porque se responde sola. Pero, al menos, tienen la decencia de no considerarse abiertas de mente ni hablar de libertad expresión ni derechos. Mantienen cierta coherencia. Incluso cuando uno no piensa igual, cabe destacárselos. Si me permiten valorarles algo, claro, antes de llevarme a la hoguera.


En esta pálida, pibe, los pulpos te aplastarán



*Escrito como parte de un trabajo para una materia.

lunes, 31 de agosto de 2015

Temiendo al fin, siempre temiendo

 Desde que nacemos tenemos una respuesta evolutiva a los peligros que se nos presentan, reales o imaginarios: el miedo. Digo evolutiva porque fue necesaria para la evolución de nuestra especie... podrá cualquiera pensar dos minutos lo rápido que terminaría una especie muy "temeraria". El miedo es necesario en muchos aspectos de la vida. Si no tuviéramos miedo a absolutamente nada seríamos imprudentes hasta lo absurdo y nuestra vida peligraría cada segundo, sobre todo si tenemos en cuenta que otra característica propia de nuestra especie es la curiosidad. Eso de "la curiosidad mató al gato" cobraría sentido. Pero, claro, no todos los miedos son racionales. Peor aún: no todos nuestros miedos son propios.

 A buen entendedor, pocas palabras. Dicho lo anterior, cada vez que se hable de "miedo" va a tratarse sólo de miedos "sociales". Es decir... todo eso que la sociedad en la que vivís te impone. Miedo a parecer idiota. Miedo a parecer puta. Miedo a parecer homosexual. Miedo a lo que los demás piensen de que seas idiota, puta u homosexual. Tres ejemplos de los cientos que puedan pasar por tu cabeza, o más aún, de los que puedan erizarte la nuca. Son todos miedos en los que el peligro radica pura y exclusivamente en lo que el otro va a interpretar y creer saber de vos y cómo va a actuar a partir de ello. Se basan en el juicio que los demás van a hacer de vos conociendo una porción. Se basan en los juicios que vos mismo hacés todos los días sobre los demás conociendo sólo una porción de su existencia.

 Esos miedos encierran todo lo que sos o podrías llegar a ser. Si los dejás, van a encadenar tu alma y tus piernas para que no avances un centímetro más. Van a nublarte la vista para que te sientas atacado y vulnerado por todos los frentes hasta que decidas esconderte en un rincón rogando que nadie te encuentre así, tan desprotegido. O peor: van a enfrentarte a todo lo que vos no creas correcto, todo lo que no juzgues adecuado. Con uñas y garras. Van a hacer que grites, patalees y golpees, pero nunca que debatas. Puede que hasta termines matando por miedo. Porque es absolutamente terrorífico el paisaje apocalíptico en el que tus verdades pueden cuestionarse.

 Lo bueno es que quien cuida tu celda sos vos. Vos tenés el poder de escupir en la cara de cada uno de los miedos. Del miedo nadie zafa... pero muchos lo superan. Se ponen por delante, se escapan. Todo lo grande que pueda esperarnos está fuera de lo que llaman "zona de confort". ¿Es linda? ¿Segura? Sí, muy. Muy vacía también. Pensá un segundo en todo lo que superaste, cada miedo y cada traba hasta ahora. Todo lo que conseguiste que no hubieras conseguido. Llegaste hasta acá, celebrá tu existencia. Venciste muchas cosas para ser quien sos hoy, y todavía estás en camino de quién podés ser. Y el miedo siempre va a estar ahí, gritándote en la oreja. Queda decidir qué tanto vas a escuchar.

 De mi vieja aprendí que lo contrario del amor no es el odio, sino el miedo: el amor te mueve y el miedo te frena. El amor hace que rompas las barreras que el miedo puso: te pone a prueba constantemente, te invita a ser mejor (y para eso, de forma indefectible hay que arriesgar). Además, analizándolo un poco más a fondo, amor y odio pueden ir de la mano y el odio a veces es sólo el hijo iracundo del miedo. Hay odios, como la xenofobia y la homofobia, que son hijos del miedo y la ignorancia. Y la cura es el conocimiento: aprender y leer, conocer lugares y gente. Salir de uno mismo da a veces menos miedo que entrar. Y ambos son necesarios. Después de todo... no hay nada más terrorífico que terminar pensando en todos los "¿Qué hubiera pasado si... ?".

martes, 25 de agosto de 2015

Soy sólo esto, barro nomás

 Hace algunas semanas tuve la suerte de poder entrevistar a Sebastián Rojas (productor del Maipo) acerca de su proyecto, Acá Estoy. Los resultados están en esta nota. No pude evitar que el proyecto me identifique y me llene de ganas de gritar también Acá Estoy. Principalmente porque creo que este espacio en sí se basa en decir “Acá estoy, estas son mis ideas”. Ya en el primer post hablé de mis ganas de compartir algunas cosas para las que Twitter me quedaba chico con sus 140 caracteres. Faltó agregar, en ese momento, que Facebook me resulta impersonal y masificado como para darle algo de identidad a lo que escribiera. No sé a quién pueda importarle una sola de las líneas –exceptuando a mis amigos, que al menos me leen por cariño-, pero francamente espero que a alguien le sirvan. Creo que ayuda preguntarse lo que acá contesto (¿Quién soy?, ¿Cuál es mi sueño?, ¿Cómo ves al mundo? y ¿Por qué gritás “Acá Estoy”?). Y por eso hago esto también, para invitarte a gritar conmigo Acá Estoy.

 ¿Quién soy? Me gustaría saberlo. Al menos saberlo en su totalidad, cosa que dudo que algún día pase. De todas formas, lo que sé de mí ya no entraría en las 600, 700, 800 o 1000 palabras que suelen tener mis posts. ¿Puede alguien ser definido? ¿Más aún, puede definirse alguien a sí mismo? ¿Bajo qué criterios? Son todas preguntas sin respuestas, pero que vale la pena hacerse. Puedo optar por hacer lo que el protagonista de Breve descripción de mi persona (canción del Cuarteto de Nos donde se le pide a un postulante una breve descripción personal debajo de la solicitud) y empezar a relatar datos aparentemente inconexos, mezclando la profundidad con la banalidad. Digo “aparentemente” por mi gusto por lo críptico, por lo que no se ve a simple vista sino que hay que entender que hay algo más allá. Soy un amante de la música, un junta-palabras (porque “escritor” me queda enorme), un periodista en proceso. Soy de los que intentan aplicar eso de “ser como te gustaría que fueran con vos”, aunque consciente de que no todos son así y muchas veces espero de más. Soy el que le pedís la mano y capaz te da el codo o capaz no te da bola. Según. Pero es raro que te dé sólo la mano. Soy el que, a pesar de que la RAE no lo recomienda, prefiere diferenciar “sólo” de “solo”. Soy el que era tímido y logró superarse. Soy el que se cayó y se levantó lleno de lastimaduras. Pero se levantó.

 Los sueños están directamente ligados a quiénes somos. Considero que es más fácil contestar uno teniendo bien claro el otro. Lamentablemente, no tengo claro ninguno de los dos. A nivel individual lo tengo más claro: mi sueño es ser artista. No importa el medio, porque el arte es algo que surge de adentro, importa el poder generar. Lo increíble, lo heroico, es generar en alguien lo que en mí generó Antoine de Saint-Exupéry, que todavía me abre la cabeza. Lo que en mí generó Alejandro Casona, que me llenó el alma de ganas de seguir leyendo. Lo que me generó Led Zeppelin, que me llevó a lugares de mi cabeza que no conocía. Lo que me generaron Szifrón, D’Elía,Peretti, Fiore y Seefeld o Bays, Thomas, Radnor, Segel, Hannigan, Smulders y Harris, que jugaron con mis emociones llevándome de la risa a conmoverme o sentir tensión. Aunque todas esas sensaciones en realidad se resumen en un cosquilleo en la panza que sube hasta el pecho. El día que pueda generar algo así voy a haber conocido eso que suele llamarse “éxito”. A nivel global… “paz mundial” me suena muy barato y trillado. Supongo que podría resumir mi sueño en lo que dijo mi héroe... que las personas se amen.

 Es difícil describir el mundo en el que vivimos. Creo que aplica un poco lo que dije sobre mí mismo: no alcanzarían caracteres para una descripción concreta ni un único enfoque posible. No obstante, vale soltar algunas ideas. Lo veo como el tiempo de las potencialidades: salvar al mundo en cualquiera de los niveles está más al alcance de lo que haya estado nunca. Hoy es posible educar, generar infraestructuras, alimentar a la población o mejorar el medio ambiente de formas con las que antes no contábamos. El problema lo veo en la gente. Los que tienen a mano las herramientas parecen no estar dispuestos a usarlas y los que parecen querer lograr un cambio no consideran tener las herramientas. Sin embargo, el acceso a la información con el que contamos ahora es una herramienta que ninguna otra generación tuvo hasta ahora y es lo que puede marcar la diferencia de forma definitiva y contundente. Es el momento de tomar conciencia. Un mundo mejor no es fácil, pero es posible.

 Yo grito Acá Estoy porque no me queda otra. Porque me sale de adentro, me quema la necesidad de hacerlo. Porque creo, como Ernesto Sábato, que una vida más humana está al alcance de nuestras manos. Porque somos considerados una generación estúpida por la generación que tanto daño le hizo al planeta, a la nación y a la sociedad en la que vivimos. Porque tenemos las chances que nadie tuvo antes que nosotros: un acceso a la información que hubieran envidiado todos los grandes científicos de la historia. Un chico de 10 años tiene la oportunidad de aprender el triple que en el colegio con un aparato que le entra entre los dedos. Porque no tolero que le hayan metido en la cabeza a tantas generaciones el odio a uno mismo, llevarlos al extremo de que perder un par de kilos importa muchísimo más que haber leído un par de libros. No tolero que nos quieran implantar la tristeza, y que nos quieran hacer creer que la felicidad está en el consumo y en el vacío de que nada ni nadie nos importe. Grito Acá Estoy para liberarme y ser parte de la libertad de otros, hacerme cargo. Porque creo que si todos demostramos que acá estamos, y estamos dispuestos a cambiar la realidad… la realidad va a ser otra. Hay esperanza. All will be well.

Sé de dónde vengo, sé dónde voy,
por eso sé dónde estoy, no me avergüenza lo que soy.
Sé cuál es mi lugar y a dónde pertenezco,
lo que no me corresponde y lo que merezco.
Soy sangre de mi sangre y soy mi costumbre,
soy mis hábitos y códigos, y mis incertidumbres.
Soy mis decisiones y mis elecciones,
soy mis acciones, solo y en la muchedumbre.
Soy mis creencias y mis carencias,
soy mi materia y mi esencia,
soy mi presencia y mi ausencia,
mi conciencia y mi apariencia.
Soy mi procedencia.
Soy mi herencia y mi experiencia,
soy mi pasado y mi vigencia.
Y esa vivencia es la referencia
que con otros me une y me diferencia.

martes, 18 de agosto de 2015

Poder decir adiós es crecer

 Creo que uno de los “clicks” más importantes del paso a la adolescencia es el descubrir que la vida no es pura alegría, felicidad y algodón de azúcar. De hecho toda la adolescencia se ve marcada con esto: primero una gran frustración al descubrir falibles a nuestros padres –que eran nuestros modelos- y al descubrirnos vulnerables a nosotros mismos. Después con esto viene la rebeldía, la resistencia a un mundo hostil e inseguro. Y es en la adolescencia, generalmente, cuando empezamos a tener decepciones con las personas. Descubrimos, también, que no sólo las demás personas no actúan como nosotros o como a nosotros nos gustaría, sino que algunos parecen empeñarse en hacer exactamente lo contrario a lo que nuestra moral nos indica. ¿Por maldad? No. Bueno, a priori la respuesta sería que no, que nadie se pondría a contrariarnos por mero gusto... aunque en realidad eso es algo que en lo que YO no gastaría mi tiempo. 

 ¿Hacemos bien en esperar algo del otro? Si. No. Tal vez, depende. Cuando uno entabla cualquier tipo de relación por elección -hablando de amistad y pareja, no de familia-, lo hace basándose en la confianza. Confianza en que no va a ser traicionado, confianza en que el otro no va a aprovechar nuestras confidencias para hacernos daño, confianza en que el otro va a apoyarnos, confianza en que el otro va a hacer cosas para vernos bien. ¿Está mal esperar eso? Depende. Partamos de una base: no se puede esperar de un burro más que una patada. Por otro lado, la gente es lo que es, independientemente de nosotros. Entonces, la otra persona puede actuar de forma distinta a la que yo querría, actuaría o incluso llegara a pensar. Eso no está mal: somos personas libres y cada uno hace lo que le viene en gana. Recordemos que nuestra Constitución nos permite hacer todo lo que la ley no prohíbe. ¿Tenemos que dejar, entonces, que nos pisoteen, que se caguen en nosotros y nos destrocen? No. Ahí entra en juego nuestra libertad: nosotros podemos elegir no soportar esas situaciones. 

 Por motivos prácticos suelo elegir ejemplos exagerados para explicarme. Persona X tiene una manía: habla de los defectos físicos de la gente que tiene alrededor. Él/ella argumenta -con razón, quizás- que él/ella es así, que es su forma de ser y no tiene por qué cambiarla, que nada le impide ser así. ¿Tenemos, entonces, la obligación de relacionarnos con él/ella? No, para nada, jamás. Nos relacionamos, al fin y al cabo, con gente que nos es afín. Y eso es bueno, porque potencia nuestras habilidades, nos relaja, nos cuida, nos hace más felices. Hace un tiempo pensé que, si hay alguien que elegiste que esté en tu vida, debería ayudarte a ser mejor persona. En cualquiera de los sentidos que ello implique. No porque alguien deba "sernos útil", sino porque si no es así, esa persona nos está sacando la energía, nos está lastimando. Y en base a eso me surgió, hace algunos años, lo que me gusta llamar "la Teoría de la Tostada". 

 La Teoría de la Tostada nació en un momento particular de mi vida. Fue un día de la madre, algunos años atrás, cuando yo decidí hacerle el desayuno a mi mamá y se me quemaron las tostadas. ¿Qué hace alguien que saca tarde del fuego unas tostadas? Las raspa, para sacarles lo quemado. En ese momento había una persona que, por distintos motivos, me había lastimado más de lo que me hubiera gustado. Y ahí entendí todo. El gusto a quemado es particularmente invasivo: si no raspás a conciencia la tostada corrés el riesgo de que lo que quede quemado arruine el gusto de toda la tostada. Comparé entonces a mi vida con un pan: lo había dejado mucho tiempo al fuego –dolor- y ya estaba quemado… y lo quemado tenía que rasparlo. Iba a doler, lo sabía… pero cualquier vestigio que dejase iba a arruinarme el sabor de cada momento. Hay gente que, queriendo o no, en nuestra vida hace demasiado daño. Y en algún momento, por amor propio, hay que decir “hasta acá” y frenar. Y a veces hay que eliminar todo tipo de relación y todo tipo de vestigio. Esto implica también dejar de hablar de esa persona: criticarla equivaldría a seguir masticando lo mismo. Entonces, aunque duela, hay que “raspar” a esa persona tanto como se pueda de nuestra existencia. Sacarla de nuestro sistema como si de una enfermedad se tratara. El resto… que el tiempo se encargue de curar. 

Soltar no es decir adiós, es decir gracias 

martes, 30 de junio de 2015

Vamos con paso firme, no nos quedamos

 Puede que alguna vez sientas que algo de lo que pasó no debería haber pasado. Pero el mundo sigue girando. Puede que alguna vez sientas que todo a tu alrededor se desmorona. Pero el mundo sigue girando. Puede que realmente sientas que todo terminó, que nada tiene sentido. Pero el mundo sigue girando. Y vos estás en él. Y estando en el baile... toca bailar.

 Podés intentar esquivar responsabilidades y hechos durante toda tu existencia, pero lo cierto es que eso sería morirse por dentro. No se puede vivir huyendo, no se puede ser cobarde siempre. Llega el momento, ese bendito o maldito momento de hacerse cargo de lo que no se eligió ni se tuvo participación. Tocó. Fortuitamente, de golpe. Ni lo esperabas ni lo generaste ni tenés la culpa. Pero la tenés que pagar igual. Podés frenarte a llorar por los rincones o podés hacer algo al respecto. Ojalá siempre elija lo segundo.

 Si algo aprendió mi viejo, que era de esos que les gusta tener todo bajo control, es que no podía controlar qué pasaba sin él. Lo aprendió al fin del camino, como no podía ser de otra forma, y quizás un poco tarde. Y el mundo siguió girando, y nosotros avanzamos. Así de complejo y así de simple. Quiero ser claro cuando sostengo que, sin duda, no hay otra opción posible. Quedarse en las lamentaciones y en autocompadecerse es lo más venenoso que puede haber para una persona.

 Siendo realistas, para la inmensa mayoría de la humanidad sos un número. Más aún, para las corporaciones sos un cliente. Y no sólo no les interesa que no prosperes ni avances, sino que les interesa que estés lo más hundido posible en la miseria. ¿Por qué? Porque el más miserable es el mejor cliente. Según Will Rogers (comediante norteamericano), "la publicidad es el arte de convencer a la gente para que gaste el dinero que no tiene en cosas que no necesita". Te convencen de que una gaseosa es lo que te va a hacer más feliz, que ese yogur te va a hacer más flaca (y que no ser flaca es ser infeliz) y que quererte más es sinónimo de comprarte esa crema tan cara. Y en realidad, quererte más es sinónimo de rebelión, de salir del barro donde les conviene que te mantengas hundido y les dés un puñetazo en la cara.

 Como diría Iorio… “ya sé, dirás ‘muy duro es avanzar’, mas quien avanza es el que existe”. No, no es fácil. Nadie dijo que lo sea, nadie dijo que tenga que serlo. Lo fácil es que la culpa de todos tus males la tengan tus papás, tus amigos, tus exs y las respectivas putas que parieron a cada uno. O, más fácil aún, la culpa es del destino. Culpa “del destino” es haber nacido negro en Alabama a principios del siglo XX, y así y todo muchos pusieron la cara frente a eso y lograron el cambio. Pudieron flaquear, pudieron dar marcha atrás, pudieron abandonar su lucha, pero no lo hicieron. No lo hicieron ni frente a lo irracional de los argumentos enemigos ni ante la ferocidad de sus garrotes. Y solamente dando un ejemplo de luchadores, que en la historia hay miles. La gran mayoría, en las peores condiciones posibles. Lo difícil es darse cuenta lo que es y no es culpa de uno, y enfrentarse a solucionar lo que no es culpa de uno también. Y al final podés llorar, gritar y patalear. Podés clamar a los cielos preguntando el por qué de tu infortunio o insultando por él. O podés levantar la cabeza y hacer algo al respecto. Lo único que te pido, en cualquiera de los dos casos, es que te hagas cargo de tu decisión.


Más allá de la noche que me cubre,
negra como el abismo insondable,
agradezco a los dioses, si existen,
por mi alma invicta.
Caído en las garras de la circunstancia
nadie me vio llorar ni pestañear
bajo los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el horror de la sombra,
la amenaza de los años me encuentra
y me encontrará sin miedo
No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino.
Soy el capitán de mi alma.

miércoles, 24 de junio de 2015

En un café se vieron por casualidad

 ¿Dónde estás? Geográfica y temporalmente… ¿Por qué acá y no en otro tiempo y espacio? ¿Por qué tus amigos son esos y no otros?

 Pensá un minuto en todo lo que tuvo que pasar para que estés ahí. Una mudanza, un cambio de colegio, un cambio de carrera, una enfermedad, un trabajo… todo eso pudo repercutir directamente en que tu historia hoy sea otra. Elegir un colegio, una universidad o que te hayan contratado en ese lugar hizo que conozcas a un determinado grupo de personas con las que te relacionaste cuya probabilidad de que conozcas de otra forma seguramente era muy baja. Más aún, cualquier actividad que hayas decidido realizar que incluya otras personas seguramente hizo que conozcas gente. Incluso el lugar donde vivís hace que te relaciones con determinadas personas. ¿Qué influencia tiene esto?

 Tus amigos, esos que saben todo de vos, salieron de ahí. Cualquier amigo que tengas “del colegio” está íntimamente relacionado con el hecho de haber ido a dicho colegio. Y así con todo. Y haber ido a ese colegio pudo ser el resultado estadístico más probable o una casualidad. El hecho de que te relaciones con unas personas y no con otras depende de decisiones que tomaron tus padres o tomaste vos basándote en mil vectores distintos. La cuestión es… ¿sos consciente de la cantidad de cosas que tuvieron que pasar para que seas la persona que sos?

 ¿Cómo se conocieron tus viejos? ¿Tus abuelos? ¿Tus bisabuelos? Según los datos de mi blog, 75% de las veces que pasaron por acá fueron desde Argentina. Los argentinos somos en un 51% descendientes de italianos solamente. Nuestros antepasados vinieron al país escapando de la guerra… por lo cual sin guerra no hubiéramos nacido. A eso van mis primeras preguntas… ¿qué tantas cosas ajenas a la decisión de nuestros antepasados interfirieron directamente sobre nuestra propia existencia? Si mañana te casaras con tu pareja actual o cualquier persona que ya conocés de cualquier ámbito, ¿qué tanto tuvo que ver la casualidad con que se hayan conocido?

 Cualquier vínculo que tengas no solamente tiene que ver con el hecho estadísticamente improbable de que hayas nacido (estadísticamente improbable por la acumulación de casualidades que tuvo que haber para que se conozcan y tengan hijos todos tus antepasados) y que hayas estado exactamente en ese lugar y tiempo en el mismo lugar que esa otra persona. También depende de que esa serie de casualidades se hayan acumulado para que la otra persona coincida con vos en ese lugar y momento y la última casualidad que haya hecho que establezcan una primera conversación. Esto se potencia muchísimo si no se trata de algo común como alguien que conociste en el colegio, sino que se trata de alguien que conociste en una parada de colectivo o en una fiesta. Estuviste exactamente ahí y pudiste no haber estado por cientos de buenos motivos.

 O quizás… quizás estoy desvariando. Quizás es cierto eso del hilo rojo, y que estamos destinados a encontrarnos. Me parecen igualmente románticas ambas ideas. Quizás somos el resultado matemático de una infinidad de coincidencias de todo tipo, la respuesta estadística improbable y única entre millones. Quizás somos héroes trágicos, e incluso cuando pretendemos alejarnos del destino que nos es propio nos enfrentamos a él cara a cara. Quizás con esto se piense en un mundo rosado donde el amor une como una telaraña a las personas… pero no es mi visión. Estando destinados a encontrarnos o siendo casualidad, también nos encontramos con gente que nos lastime y nos agobia. Sin embargo… tal vez todos esos hilos (o esas casualidades) nos lleven irremediablemente a la encrucijada de crecer o perecer.

Y debo decir que confío plenamente en la casualidad de haberte conocido. (...) Que no fuiste el amor de mi vida, ni de mis días, ni de mi momento. Pero que te quise, y que te quiero, aunque estemos destinados a no ser.

miércoles, 17 de junio de 2015

Recuerdo que juntos pasamos muy duros momentos

 Amigo... qué palabra. En línea general detesto pronunciarla. Supongo que porque en lo referente a las relaciones hace algunos años siento aversión por los títulos. "Amigo", "mejor amigo", etc. También me pasa con los títulos en la pareja, pero creo que de eso voy a hablar en otro momento.

 ¿Qué es un amigo? Es una pregunta de mierda, porque nadie puede sacar el diccionario del bolsillo (o de la biblioteca) y decir "es esto, esto y esto". A lo sumo podemos acercarnos a una definición pensando en qué tienen en común todas esas personas a las que consideramos amigos. Esa gente que nos es "afín", que sentimos que podemos compartir determinadas cosas.

 Cuando éramos chicos, cualquiera con el que pudiéramos jugar un rato era nuestro amigo: ahí estaba toda la coincidencia que necesitábamos, satisfacía nuestras necesidades. A medida que fuimos creciendo empezamos a escuchar de los grandes eso de que "amigos se cuentan con los dedos de una mano". Probablemente no lo entendimos, porque cualquiera podía ser nuestro amigo, aunque diferenciábamos una relación más cercana con uno o dos, a ese le decíamos "mejor amigo". Hay gente que conserva el mismo desde los 2 años y gente que lo pierde por un motivo u otro, o que gana un hermano de la noche a la mañana por un evento fortuito. Socialmente parece que los años pesaran bastante, ya que también se escucha que "las amistades se construyen con los años". En lo personal creo que en lo referente a las relaciones humanas vale poco el tiempo en relación a las experiencias: una experiencia lo suficientemente fuerte acompañado puede pesar mucho más que años de tibias trivialidades compartidas. Un gesto sincero puede pesar más que unas cuantas bromas durante meses.

 La amistad, como toda relación, creo que se basa en la confianza. ¿Qué clase de amigo es ese en el que no podés confiar? ¿Qué clase de amigo es alguien con quien no podés darte la libertad de ser vos mismo? Si no se confía nada se puede construir, porque no vale la pena construir nada; todo tiene la estabilidad de un castillo de naipes, ante cualquier dificultad por mínima que sea todo se vendría abajo. Será por eso que hay “códigos” establecidos. Mi viejo decía “códigos tienen los mafiosos, los decentes tienen valores”. Algo de razón tendría, porque en esta sociedad que dejó los valores guardados en la guantera solamente de códigos se habla.

 ¿Por qué códigos? Quizás porque en la postmodernidad en la que vivimos, donde todo parece superficial y vago, parecemos no notar qué es lo que puede molestar al otro. Hay cosas que uno creería que no merecen ser aclaradas, pero las pruebas empíricas demuestran lo contrario. Los hombres ya no tienen honor ni palabra, o al menos uno nunca puede fiarse de eso (o quizás soy yo el desconfiado al que le cagaron la cabeza). Los códigos a los que aludimos de forma mecánica tienen que ver con las cosas que pensamos o sabemos que pueden molestar a ese amigo. Amigo al que se supone que queremos, y que no queremos ni molestar ni lastimar.

 Sin embargo, (y tratando de sacudirle la tristeza a mis párrafos) hay quienes no necesitan ni códigos ni aclaraciones, que comparten nuestra felicidad y nuestra angustia con la misma fidelidad. Hay quienes con pocas palabras o con ninguna, con señales de humo o con el mínimo gesto están ahí y entienden qué nos pasa. Hay quienes, aún desde su imposibilidad de sostenerse a sí mismos, prestan el hombro para sostenerlo a uno. Hay quienes realmente sufren cuando no encuentran la forma de calmar nuestro dolor. Quizás se trate un poco de todo eso, quizás sea algo mucho más profundo. En cualquier caso, agradezco que estén ahí.


Es bueno haber tenido un amigo, aún si vamos a morir.

martes, 26 de mayo de 2015

El maldito amor que tanto miedo da

 Sería difícil incluso calcular cuántas veces pude haber oído o leído que el amor nos hace idiotas, que el hecho de enamorarse hace que nos pongamos tontos. Yo no sé si nos hace idiotas o no, pero, al menos al principio, nos hace mentirosos. No de forma consciente (la mayor parte del tiempo) pero sí sistemática, no sólo a la persona que nos atrae sino también al resto, y hasta a nosotros mismos.

 Conocemos a alguien (o al menos eso creemos) que de pronto, por un motivo u otro, llama nuestra atención. Destaca entre el resto por tener esas características que tanto nos gustan, que tanto nos conmueven, que tanto nos atrapan. Características que no son tan comunes de ver en conjunto (o viviríamos enamorados de todo lo que se mueve). Averiguamos lo que podemos sobre los gustos de esa persona para descubrir que tenemos muchas cosas en común o bien que no son tantas. Esto es en gran medida indistinto, puesto que nuestra psicología muchas veces anula el pensamiento emergente de “no es para vos” porque, nos guste reconocerlo o no, enamorarse o al menos “engancharse” es un sentimiento agradable.

 Comienza una carrera entonces para intentar generar en esa persona lo que nos generó a nosotros. Y ahí es donde empiezan las mentiras exactamente (hacia el resto, porque hacia uno ya empezaron hace rato). En ese momento alterás de forma consciente o inconsciente tu forma de actuar, de hablar y de ser con respecto a esa persona. Incluso te mentís de nuevo pensando que no tiene relación una cosa con la otra, y que te hubieras comportado de la misma forma si no te gustara. Tirás por la ventana todas las veces que dijiste a tus amigos que tenían que ser ellos mismos, porque vos dejás de serlo. Empezás a hacer todo en función de seducir a la persona que te llamó tanto la atención.

 Somos contradictorios: por un lado pretendemos que nos quieran como somos, sentirnos apreciados en nuestras virtudes y defectos, sentirnos libres de ser nosotros mismos y por el otro pretendemos ser alguien más para agradarle a otra persona. Persona que a su vez ansiamos querer también con sus virtudes y defectos, y que queremos que con nosotros se sienta libre de ser exactamente quien quiere ser. Porque si el amor existe está ahí, en la libertad de ser débiles y la confianza de que el otro no se aproveche de esa debilidad. Entonces… ¿por qué tanto miedo? ¿Por qué pensamos que esa persona que tenemos enfrente debe ser la indicada si no pensamos que pueda querernos con nuestros ángeles y nuestros demonios?

 A todo esto sumémosle el cóctel de nuestros traumas. Esas relaciones pasadas que no funcionaron por distintos motivos. Algunos muy puntuales y otros bastante comunes. Algunos de los que aprendimos y otros que quizás después de un tiempo todavía no entendimos bien qué pasó. Esto, independientemente de que a veces nos pone tristes, también contribuye a la serie de miedos que te afectan cuando querés impresionar a la otra persona. La propia inseguridad que hace querer aparentar ser alguien “más perfecto” es la misma que nos perturba cada vez que algo no sale como esperamos. Y la que posteriormente se transforma en celos. Pero no te engañes, los celos no son culpa de lo que hace la otra persona, son culpa de tu inseguridad. Se supone que, como mínimo, si querés a alguien confiás. Si no confiás… si no podés confiar… ¿qué sentido tiene? ¿Qué amor hay ahí? Amor no es poseer, como si de un muñeco se tratara. Lo peor es la profecía autocumplida: esa misma inseguridad de pensar que la relación se va a acabar por un motivo hace que se derrumbe como un castillo de naipes por otro. Si no podés confiar en que la persona que tenés al lado se va a quedar aunque pestañees un segundo… ¿cuánto amor confiás que tiene? ¿Está con vos porque vos te ocupás de retener en vez de estar por propia voluntad?

 Animarse a amar, e incluso a querer, es animarse a darle a alguien más la posibilidad de que te rompa. Y lo sabés bien, porque más de una vez terminaste roto. Pero lo volvés a intentar, nuevamente… con la esperanza de que alguna vez valga la pena (o más bien valga la alegría).


Don't be afraid, it's only love. Love is simple.